REINA PERVERSA.

2061 Words
Narrador. El esclavo hechicero avanzó detrás de Angelina, quien se unió a Anaga, que la esperaba más adelante; al salir de las catacumbas, entraron a la mansión a lo que serían de ahora en adelante las habitaciones de Anaga, contando con una antecámara y un cuarto entero para que utilice como almacén para todo lo que necesite encontrar para hacer los hechizos. —No es mucho el poder de este chico, pero quiero que se lo suprimas —ordenó Angelina y Anaga hizo un mohín con los labios ante la orden, pero se abstuvo de decir algo para no desautorizar a la Reina. Anaga se adelantó al muchacho, se veía bastante joven y estaba limpio, ya que la reina lo había pedido preparar, ella debía tocar sus manos para sentir su poder ancestral, ese que nace con cada brujo y se queda acentuado con el rito de iniciación, al tomar sus manos entre las de ella, el joven la miró a los ojos y Anaga vio el destello de su futuro, ella no quería ver el futuro del joven hechicero, mucho menos el de ella, pero claramente pudo verse mirando esos ojos verdes en otro escenario y compartiendo una sonrisa. Así que Anaga dio un paso atrás soltando sus manos. —¿Pasa algo, Anaga? —preguntó Angelina, preocupada por su amiga, ya que es la primera vez que algo la sorprende, pero Anaga negó con la cabeza, sin tomar las manos del hombre, lo miró de nuevo a los ojos, y sí, estos eran los ojos verdes de su premonición actual, ella negó con la cabeza. —Es poderoso, ¿estás segura, no deseas aprovecharlo?, puede ser un excelente aliado. —Yo no quiero esclavos aliados, deseo súbditos, demando obediencia, no comparto poder, aunque ciertamente puedo aprovecharlo —dijo Angelina acariciando la espalda del joven con el dorso de la mano y trayéndola hasta el pecho mientras Anaga apretaba los puños reprimiendo la no grata sensación que le hacía sentir que Angelina paseara su mano por el cuerpo del brujo —; debo reconocer que William se lució con estos tres esclavos que me ha regalado, son fuertes y bastante apetecibles, a excepción del humano, a ese lo voy a doblegar, — el brujo mantenía la mirada gacha y muy pocas veces la levantaba para mirar a Anaga—. Mírame, puedes verme—, pidió Angelina y el hombre la miró, en su mirada había miedo, eran unos lindos ojos avellanados, pero no despertaron nada, no como la mirada descarada que vio en Luigi, aun cuando su espalda estaba destrozada, él la miraba diferente a cualquier humano o ser sobrenatural que hubiera visto antes, y tras no encontrar nada agradable Angelina desvió la mirada del hombre. —Lo tendré después de que le hayas quitado los poderes, si quieres diviértete con él, te doy el honor de probarlo primero—le dijo a Anaga sin siquiera mirarla y se retiró a paso rápido a sus propios aposentos. —No me interesa —susurró Anaga. —¿Te doy asco? —preguntó el joven brujo. —Cállate, no me hables. —Le ordenó tosca. —Supongo que te doy asco, no entiendo como siendo hechicera ayudas a quien ha diezmado nuestros aquelarres y nos hace esclavos a todos. —¡He dicho que te calles!, —Anaga le dio una cachetada y de nuevo pudo verse tocando la mejilla del dueño de esos ojos que eran tan nítidos en sus visiones, así como su risa—. Si la reina te oye morirás, sírvele en lo que te ordene y al menos podrás vivir sin la maldición de tu herencia. —¿Reniegas de lo que somos? —dijo él con lástima negando con la cabeza. —Tú no sabes nada de mí. Anaga agarró sus ataduras, poniendo atención en no tocar su piel y lo amarró a una argolla en la pared, fue a su nueva y surtida despensa y preparó las hierbas necesarias para suprimir la magia que él heredó y que aún no se ha manifestado en ningún don especial; luego de que preparó el brebaje regresó con él y se lo ofreció. —No me hagas beberlo, por favor, yo no daré problemas, no tengo el poder para derrotar a nadie, mucho menos a la reina. —Suplicaba temeroso, si había algo que le causaba orgullo era ser quien era y llevar en su sangre el poder heredado por sus padres. —Tómalo, es mejor que estar muerto —le dijo ella sin mirarlo. —Por favor —imploró él a punto de llorar—, es lo que soy, no me mutiles. Anaga no tenía tiempo y mucho menos ganas de sentir lástima por alguien, se acercó y tomó sus mejillas apretándolas para obligarlo a abrir la boca citando un hechizo de fuerza para someterlo y otra visión de él utilizando un hechizo de manipulación de los elementos inundó su mente y Anaga dejó caer la mezcla entre ambos, le dio la espalda respirando con dificultad y supo que era necesario que él no perdiera su poder, aunque aún no sabía por qué, todo era confuso y extraño, pero no le gustaba lo que le hacía sentir. —No te quitaré tu energía —le dijo sin mirarlo—, pero ten presente que no tienes fuerza para pelear contra mí, mucho menos contra la reina. —Le advirtió a medida que pensaba en cómo se lo diría a Angelina. —¿Por qué le sirves? —preguntó el brujo y Anaga lo miró sonriendo. —No has estado con ella, por eso no lo entiendes, ¿acaso no viste cómo se comportan los esclavos?, todos desean servirle. —Quiso jugar con su mente, y se relamía los labios para desviarlo. —Tú no le sirves como ellos. —Dijo firme el esclavo. —¿Cómo lo sabes? —preguntó ella con inquietud e interesada en saber qué piensa el chico. —Entre ustedes hay cariño, no miedo, mucho menos lujuria, —Anaga rió moviendo su cabeza en negación. —Eres un brujo, puedes percibir más que un humano y de manera diferente que cualquier sobrenatural, ¿cómo te llamas? —Aidam —respondió el brujo mirándola y elevó una comisura de sus labios antes de inquirir —¿cómo te llamas tú? —No es tu problema —respondió ella de mala gana—, ¿cómo se llama tu aquelarre? —No te lo diré —dijo él dolido por no haber escuchado su nombre. —Solo necesito tocar tu corazón y veré cada pensamiento o recuerdo que has tenido. —Hazlo entonces —dijo el retador. —No lo haré porque de todos modos no me importas —le contestó ella y le dio la espalda, muy furiosa con su actitud ridícula de niño astuto, —te sugiero, no te pases de listo, baja la cabeza y haz todo lo que te ordene la reina, si no quieres morir. —No te preocupes, mi instinto de supervivencia es fuerte, soy esclavo, no traidor. —Naciste entre traidores, niño —le respondió alejándose de él, dejó la puerta abierta y ordenó a un sirviente que lo devolvieran a las catacumbas de los esclavos. Anaga se encontró con Angelina, no había llegado aún a sus aposentos. —¿Mi reina? —dijo Anaga viendo a los ejecutores y sintiendo miedo por lo que haría Angelina con Aidam porque ella no quiso quitarle su poder. —¿Puedes creer que olvidé las ejecuciones y castigos pendientes? —preguntó Angelina y se echó a reír. —¿A quién ejecutarás? —preguntó de repente Anaga nerviosa «¿Qué me pasa?, no debe morir ese esclavo, pero tampoco debe importarme» —¿Acaso agregaste una poción del olvido a esos asquerosos tés que preparas? — Aunque lo de Angelina era una burla, claramente sabía que Anaga podía lograrlo, porque ella la hizo saber alguna vez quién era y lo que buscaba en la tierra. —Hoy no he preparado ningún té para nosotras. — Contraataco Anaga poniendo un dedo bajo su barbilla sopesando la idea de seguir con su aprendizaje de té y Angelina le aterró ver que había alentado a su amiga a seguir experimentando con hojas que saben horribles. —O lo olvidamos, —Angelina se echó a reír, estaba muy alegre, haría una de sus actividades favoritas para lograr el miedo de todo aquel que la rodeaba, demostrando que ella es invencible. —Busquen a los guardias dormilones —ordenó ahora muy seria y erguida, los ejecutores buscaron a los dos guardias, los ubicaron delante de todos los esclavos y que le servían en la mansión, encima de una tarima, Luigi, también estaba entre los esclavos encorvados y con cara de sufrimiento, que, por supuesto fingía, de hecho, él tenía el lugar de honor adelante. Angelina subió las escaleras de madera y quedó frente a todos —En el mundo entero se hace una sola voluntad, la mía, cuando no se acata, el castigo es la muerte—, Angelina se adelantó y tomó del cabello de cada guardia en cada mano y los decapitó en un segundo. Luigi abrió los ojos como platos, estaba impresionado, nunca presenció una ejecución tan rápida y hecha por una mujer mucho menos, pero vaya que le pareció algo hermoso, él era un poderoso, que adoraba el poder, como no parecerle algo admirable, ella fijó en él sus ojos y él quiso enfrentarse a ella cuerpo a cuerpo, pero desnudos, esa mujer era fuego abrasador, ella lo miró con ira y él recordó bajar la cara «Necesito mi cabeza para lucir la corona de rey» pensó con ironía. —¿Quién ayudó a escapar al humano del pozo? Reinó el silencio —Angelina miró a sus castigadores, por supuesto ellos no ayudarían a un esclavo, ellos les tenían asco, se veían como los empleados de la reina, se consideraban superiores a ellos y ninguno se arriesgaría por ningún esclavo que no eran más que escoria desechable—. Veinte latigazos a cada uno, moviendo, dijo con elegancia, sus caderas luciendo como la verdadera emperatriz que es. —Queridos míos, saben que odio que no cumplan a la perfección mis pedidos y estos dos inútiles, —señaló ahora a los dos guardias que custodiaban las catacumbas la noche que Luigi escapó y que él pasó por su lado sin ser detectado a su velocidad de lobo—, aquí verdaderamente está sobrando la guardia, no sirven ni para fingir que me cuidan, porque realmente aquí nadie se iguala a mí en poder, —Luigi resolló, pero apenas audible y Angelina lo miró, cada vez que lo miraba un escalofrío recorría todo su ser, salió de su ensoñación y continuó, — esta ejecución va como una advertencia para todos los que osen llevarme la contraria y de paso, luego que vean dicho espectáculo, quiero que todos reciban un regalo solicitado por su nuevo y rebelde compañero Luigi. Angelina hizo un movimiento con la cabeza y los guardias fueron colocados bajo dos guillotinas, colocando muy bien sus cabezas, luego sostuvieron las cuerdas esperando a que Angelina diera la orden de ejecución. Angelina caminó hacia los guardias temerosos que temblaban sabiendo que ya no había vuelta atrás y maldecían a Luigi en sus adentro, desde que él llegó a ese castillo había alterado el orden, puesto que nunca un esclavo había sido tan conflictivo. Angelina se agachó a la altura de sus cabezas y mostrando una sonrisa angelical, pero maliciosa a la vez les dijo. —Si van al infierno, les pasan mis saludos a mis hermanos—, tras decir eso, levantó una mano y los ejecutores que sostenían las cuerdas las soltaron, dejando que las cuchillas filosas cortaran sus cabezas y varias gotas de sangre salpicaron el rostro de Angelina. Ella tocó con gesto burlón y creaba unos sonidos que a los ejecutores les provocaba risa. «La cosita aparte de diminuta es una sádica» pensó antes de ver cómo otros ejecutores salieron con varios látigos en las manos. —Ahora, queridos míos, reciban el regalo patrocinado por Luigi— acabando de decir eso, sus sirvientes empezaron a pegarles a los esclavos, menos al elfo y a Luigi, a quién Angelina miraba con perversidad, levantando la comisura de sus labios.
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