CINCO

2312 Words
Al siguiente día, Ryeo abre sus ojos siendo recibida por la cálida luz del día que le molesta los ojos, se despereza sobre aquel colchón arruinado y aparta la manta vieja, llena de manchas de su cuerpo delgado. Se sienta en el filo pensando en las actividades que va a desarrollar en el día, para su suerte ese día Dal Sam ha decidido dárselo, así que debe aprovechar para hacer ciertas labores importantes porque no pensaba repetirlo. Perder un día de clientes significa perder dinero y eso es lo que necesitaba. Talla sus ojos con un poco de pereza y con su cuello adolorido. Acomoda la cabellera castaña que cae por su espalda con una mueca de molestia, y se resigna a mantenerla alborotada, en cualquier momento puede llegar el doctor y lo último que desea son sorpresas. Soba la zona adolorida de su cuello queriendo darse alivio y sale de la habitación con pasos silenciosos para no molestar a su hermana, va a la cocina y se sirve un vaso de agua sin dejar de pensar, últimamente es a lo único que se dedica.  El reciente encuentro con Yi Jeong le desconcierta, duele en una manera que no recuerda le hubiese sucedido antes. Verlo a los ojos es sentir esa mezcla de  odio y amor que lleva creciendo por años, siempre se repite en sus adentros que no puede permitirse esas emociones, que lo ocurrido con su madre es culpa de él y toda su familia. Le había conocido con un objetivo y de esa manera iba permanecer.  Se dirige de nuevo a la habitación y busca el hanbok que vestía el día anterior, entre las telas impregnadas de su aroma mueves sus manos hasta hallar el pequeño papel que le había entregado Dal Sam como paga de Joon Goo. Lo abre y sonríe con alegría al ver la suma allí escrita. Debe ir al banco a cambiarlo. Deja el papel sobre una mesa con un sentimiento de amargura. Siente un profunda tristeza, por ella, por el modo de conseguirlo, los motivos y lo que es peor: aún no es suficiente. Saca unas hierbas de la nevera y las pone a hervir en un poco de agua, hay poco de pan y unas frutas con las que puede improvisar algo para el desayuno. No puede darse muchos lujos, ninguna kisaeng puede hacerlo. Quiere maldecir a todos por su condición, por haber nacido un desgraciado día y ser hijo de un hombre que... era mejor olvidarlo. Sale y se dirige a la habitación de su hermana, la hermosa castaña está incorporada con un aspecto cansado. Se acerca y se sienta junto a ella mientras acaricias su mano, espera que pronto se recupere para que pueda levantarse de esa maldita cama andrajosa.  — ¿Cómo amaneciste hoy? — Mucho mejor— Responde con una medio sonrisa. Detalla su aspecto, hace una mueca y acomoda sus cabellos similares a los de ella. Todavía esa imagen no encaja en su mente. Ryeo apenas sonríe, era en esos momentos cuando sentía una infinita paz en su interior. Desea lo mejor para ella, para ambos. Quiere conocer un mundo nuevo donde no existan esas malditas clases sociales, huir lejos de esas ataduras y construir una vida donde pueda ser quien es realmente. — Tae-Hwa no tarda en llegar para tu chequeo. Así que mientras él te revisa voy al banco a cambiar un cheque que me ha dado Dal Sam. —Dal Sam es un buen amigo. Ryeo asiente. — Cualquier otro hojan* quitaría mi dinero e impediría hacer lo que hacemos. Jung-Suh le mira con preocupación. — ¿Qué haremos para este chequeo, Ryeo? Ellos vendrán de nuevo y no quiero...— Sus ojos se cristalizan. Ryeo se acerca y la abraza negando con insistencia. Ejerce un poco de fuerza, tiene tanto miedo como ella. —No te preocupes, no va a suceder. Dal Sam vendrá con ellos, así que solamente tenemos que fingir, tú trabajas normalmente, pagas tus cuotas y tienes un gibun que responde por ti— La mira a los ojos animada— Ryeo no existe, ¿entiendes?  Ella asiente poco convencida. No podrían mantener esa mentira por mucho tiempo. En cualquier momento podrían ser descubiertos, Ryeo podría ser forzada a estar con su gibun o alguno de sus señor y entonces, en ese momento, todo se vendría abajo. Toma fuerte la mano ajena. — ¿Cómo te fue ayer?—Quiere dispersar esos pensamientos. — Bien. Joon Goo me ha dado una gran suma, con lo que obtenga de Jun Pyo y Yi Jeong podré pagar tu libertad— Sus ojos brillaron—. Serás libre y podremos irnos de aquí. Jung-Suh hace una mueca. — Debes olvidarte de ese hombre, de esa... familia—No quiere decir esa palabra—. De nada sirve revivir un pasado que ya no existe. — No— Ataca— ¿Acaso olvidas lo que hicieron a mamá y a ti?— Se puso tensa— Ellos merecen sufrir, saber que sufrimos por su causa. — Pero... ese hombre no tiene la culpa. Ryeo frunce sus labios. — La tiene— Dice segura. El ambiente se pone tenso. Ninguno dice nada, simplemente se miran luchando por olvidar esos recuerdos tan dolorosos. La puerta suena dando alivio a sus almas. Ryeo se pone en pie un poco molesta y se dirige a la puerta. Allí está él.   — Hola, Tae-Hwa. El hombre alto, de cabellos cafés sonríe amablemente. Sostiene un maletín en su mano izquierda y viste un traje formal de color gris. — Hola—Da un paso adentrándose— ¿Cómo está tu hermana? — Un poco mejor—Asegura, cierra la puerta tras el doctor—Ha estado tomando los medicamentos con disciplina. Me he asegurado de ello. —Eres una buena hermana— Mira hacia la habitación de la castaña, logra verla—Iré a verla. La joven hace una reverencia para dejarle marchar. Con prisa va al baño donde apenas pasa un paño húmedo por su cuerpo, no puede darse el lujo de pagar bastante agua y tiene que ahorrar. Rebusca entre su pequeño armario hasta hallar un modesto hanbok rosado, es sencillo, de los que utiliza para su vida diaria. Se viste rápido, echa una última ojeada al doctor y a su hermana quienes charlan animadamente, sonríe mientras toma el papel sobre la mesa y sale de allí para dirigirse al banco. Debe compra un poco más de medicamento. Al caminar por la calle, no puede sentirse tranquila. Varias mujeres que pasan por su lado la miran con asco y rabia, como si tuviera la culpa de su condición. Entre todas las cosas que quiere, lo que más desea es su paz. Con la frente en alto camina hasta el banco. Allí cambia el papel por efectivo, guarda una pequeña parte entre las sedas de sus senos y la otra la consigna en una cuenta que no pertenece a ella ni a su hermana, de esa manera puede proteger el dinero de las manos del estado. Con tranquilidad sale de allí y se encamina por las calles mirando  los escaparates sin mucho interés realmente. Sólo quiere distraerse un poco, pensar en algo. Camina sin prestar atención a su dirección, sin mirar ni fijarse en dónde pone el pie. Choca con alguien. A veces podía llegar a ser torpe, pero en ese momento se molesta en demasía consigo misma por serlo. Sus ojos se encontraron con unos negros que le hicieron temblar. Se ruboriza de inmediato por lo repentino del encuentro, el hombre al frente esboza una sonrisa de manera natural, con cierta alegría por tener esa dicha. Ninguno dice nada, Ryeo por un momento quiere huir pero no lo hace, había aceptado a Yi Jeong como su señor y ahora debía también obedecerle. Las maldiciones de una kisaeng. —Señor Kim— Hace una reverencia. Yi Jeong no para de mirarla, no está tan ataviada como se ha acostumbrado a verla y admite que se ve extrañamente hermosa. —Es extraño hallar en las calles. —He tenido que hacer una diligencia, Dal Sam me ha concedido el día así que lo aprovecho. Yi Jeong asiente. Vacila un poco acerca de si es o no conveniente hacerle una pequeña invitación. Realmente iba de camino a la oficina, se había escapado un momento para comer en su restaurante favorito y ahora, para suerte, la hallaba a ella. —¿Vives cerca? — No realmente. No suena convencida, pero prefiere no presionar. —¿Gustaría tomar un té conmigo? La castaña niega de inmediato. — Señor, no visto las ropas adecuadas para aceptar una invitación. Yi Jeong niega. — No importa, solamente vamos a una casa de té que hay cerca y nos marchamos. No es nada del otro mundo, olvídate que soy tu cliente, piénsalo más bien como una salida de amigos.      Ella se escandaliza. — La gente podría malinterpretar nuestra compañía, y sinceramente no quiero inconvenientes.  Él extiende su mano a ella con gesto conciliador. — Nadie va a decir nada porque no vamos a hacer nada malo, ¿cierto? Se ruboriza y él sonríe. Mira la mano que le extiende y después de meditar varios segundos la toma levemente, apenas con un roce. Se encaminan un par de manzanas hacia abajo hasta llegar a una pequeña casa de té protegida tras una reja, apenas hay un pequeño jardín en la entrada y la fachada es de madera lisa. Al ver al hombre detalle su emoción por su compañía, no puede evitar sonreír al saber que le necesita. Eso es lo que quiere lograr. Toman asiento el uno frente al otro, con sus rodillas dobladas disfrutando del ambiente ligero. Piden un simple té con unas galletas para acompañar, se miran por unos segundos como si ese fuera el mejor idioma para ambos. —Debería dejar de verme todo el tiempo— Dice ella un poco tímida. — ¿Le incómoda? Asiente, observa la taza humeante. — Más bien me hace sentir un poco incómoda— Le mira— Ya sabe, como si pensara muchas cosas mientras lo hace. Él sonríe como tuviera razón en sus palabras. Ninguno dice nada, ella se pregunta por qué las conversaciones entre ellos no existen, no fluyen y se siente incapaz de ser una compañía locuaz. Se supone que está preparada para enamorarlo, pero simplemente las palabras se quedaban en su garganta. — ¿Por qué sales con ese hombre? Alza la mirada a su voz, detalla la pequeña arruga sobre su nariz y sus dientes apretados que se vislumbran entre sus labios medio abiertos. En su interior sabía que lo iba a preguntar. — Es mi gibun— Contesta. —Tú esposo.   — No del todo— Corta, Yi Jeong le sigue mirando— Sólo responde por mí económicamente y me proporciona dinero para mis gastos, nada más. —Tú debes darle algo a cambio, ¿no?    Ella muestra sus dientes molesta y le mira con resentimiento. —No me he acostado con él, yo no... — Prestas servicios sexuales— Termina él. Ryeo asiente. —¿Por qué no lo haces? Ella suspira. — Fui educada en una buena escuela de artes, me enseñaron a entretener reyes y terratenientes con mi arte, no necesito acostarme con ellos— Dice seria— Además, tampoco te incumbe. Yi Jeong escucha atentamente. Ryeo empieza a sentirse incómoda, molesta por sus conclusiones. — Tú debes acceder a la petición de tus señores—Dice lentamente. —Sí, pero también tengo mis condiciones. Hay orgullo en sus palabras, y eso atrae poderosamente al pelinegro. No deja de admirar su hermosura y sencillez.   — Yo también puedo ser tu gibun. Ryeo por un momento se sorprende pero niega. — Lo siento mucho, pero Jun Pyo responde bien por mí. Yi Jeong suspira. — Ryeo. — Yi Jeong, por ahora es necesario—Ataja. Le ha llamado por su nombre y quiere borrar lo que recién ha dicho. El hombre al frente suyo sonríe con satisfacción, como si hubiese logrado algo muy grande. — ¿Te gusta él? — No— Responde. —¿Entonces? — Yo no escojo a mi gibun— Sus hombros caen— Ellos pagan por mí.   —Si yo pago por ti, ¿cómo te sentirías? Aquella pregunta se le había ocurrido en el momento, quería intentar ser para ella algo más que un cliente, una fuente de dinero. Escuchar su realidad era triste, de cierta manera, sentía pena por ella. Ryeo por un lado se halla emboscada ¡Si supiera todo lo que siente por él! Odio, amor, resentimiento, cariño, admiración, desprecio.   —Te respetaría como mi gibun. Ve cierta indignación en el rostro de Yi Jeong  pero le resta importancia. No puede arrojarse a sus brazos, necesita que sea él quien caiga en los suyos. Necesitaba tejer esa red sabiamente.  —¿Y si te digo que me gustas?—Insistió.   —Te respondería que es mentira. Yi Jeong sonríe. — ¿Por qué? — Porque no te gusto yo realmente, dices que soy hermosa, pero no ves más que mi aspecto. No sabes quién soy... — Lo veo en tu mirada— La detiene—. Eres físicamente atractiva pero tus ojos desbordan sentimientos. Eres como la ciudad en la noche, sólo puedes amarla cuando admiras algo más que los edificios. Ella se desconcierta por sus palabras, su corazón late y su vientre cosquillea con fuerza. — Apenas me conoce. — Lo haré con el tiempo— Dice tranquilo— Y estoy seguro que me sentiré todavía más maravillado.  Se pone en pie bruscamente, alterada por sus palabras, con su corazón acongojado y una ola de nervios atacándole. Sentía muchas cosquillas. Ganas de llorar, gritar de felicidad y maldecirse por lo que estaba pensando. —Con permiso, tengo que marcharme. Hace una rápida reverencia pero Yi Jeong la toma de la mano. —Puedo acompañarte. Se suelta bruscamente y da un par de pasos hacia atrás. — Gracias, Señor Kim. No le da tiempo de nada y sale espantada de allí. Con lágrima en sus ojos, con su corazón latiendo violentamente. Quería arrancarse el corazón para no sentir nada, para hacer lo que debía hacer tranquilamente. Al regresar al apartamento se encierra en su habitación sin saludar a su hermana. Con miedo se observa en el espejo que mantiene allí para cuidar su aspecto, el único objeto de valor. "Una vulgar y sucia kisaeng" Detalla su silueta femenina, sus labios sonrosados y los cabellos castaños que enmarcan su rostro. Sus ojos liberan las lágrimas de tristeza mientras aparta su mirada avergonzada del reflejo, no quiere ver a esa horrible mujer que tiene en frente. Aquella que no deseó nunca ser. "Eres hermosa" Hermosa. No era hermosa. Se mira las manos húmedas, tiembla al recordar las palabras de Yi Jeong. Conocerla. No podía ser posible. Yi Jeong tenía razón, era una vulgar y sucia. Nada más que eso. No podía pensar diferente, sentirse especial o algo que se le pareciera. Se siente débil, cansada. Se acuesta en la cama sollozando. Quiero olvidarse de todos.    
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