Lo primero que pensé fue: Soy una idiota. Desde que mi jefe dijo eso, y yo había salido de su oficina, la culpa se había adherido a mi cual sanguijuela. Llevaba veinte minutos esperándolo para poder conversar, y por primera vez en mucho tiempo, pedirle disculpas a alguien por mi comportamiento. Pero como le debía muchas cosas a la vida, el karma me castigaba haciendo que Camilo se demorara demasiado. Al medio día ya estaba inquieta. Gracias a los chismes de oficina, principalmente de todas las secretarias del cuartel, me enteré de que Camilo no vendría a trabajar. Entonces, cuando me di cuenta de que no tenía qué hacer en las cuatro paredes de nuestra oficina, me levanté, tomé mis cosas y me marché, pidiéndole a Carmen que me cubriera en cualquier caso. Estaba cansada, por lo que sól

