Narra Dominic
No tengo muchos amigos, realmente no tengo a una persona a quien contarle mis cosas, aparte me daría vergüenza porque es una mierda de vida y no es agradable que todos te vean con la lástima que normalmente lo hacen, prefiero no mirar a las personas a la cara porque es evidente lo que piensan. Así que uso mi agenda donde escribo mis recetas como diario, a este cuaderno de portada amarilla con puntos negros y blancos, es a quien le cuento mí día a día.
Tomo mi lapicero de tinta color rosa e inicio con mi redacción, es una charla conmigo misma.
- Hoy vamos a cocinar una rica salsa napolitana al estilo del chef Luciano, no conseguí el tomate fresco pero puedo lograr una buena salsa con el que he comprado, solo espero que no se haya dañado un poco porque creo que casi aplasto las bolsas del miedo que tenía hace unos minutos.
La receta es fácil, así de fácil espero que sea mi triste vida algún día:
Paso número uno: cortar los rojos tomates en cruz en la parte inferior, luego hervirlos en una olla por cuatro minutos, luego de hervirlos los pelamos.
Paso numero dos: freímos unos cuatro dientes de ajo
Paso número tres: pasamos los tomates por un procesador, pero como no tengo lo hacemos de forma manual, cuando el intento de triturado quede, lo agregamos a los ajos, allí echamos azúcar hasta que consigamos un sabor neutro de acidez.
Por ultimo agregamos la albahaca, sal y pimienta al gusto
Posdata: espero no haber olvidado el sabor de la receta original.
Sirvo en un plato semi hondo las pastas que había cocinado con anticipación, encima de ellas esparzo la salsa y decoro con una hojita de albahaca fresca, le tomo una fotografía en mi teléfono celular y es hora de degustar; tomo mi tenedor y le doy un par de vueltas, respiro hondo esperando que tengan el sabor que quiero, abro la boca y no dejo ni un poco de comida en mi tenedor, ¡Dios! Esto es delicioso, creo que es mejor que la que prepara el ogro Giordano.
Vuelvo a toma mi lapicero y escribo debajo de la receta
- Querido diario, creo que me puedan dar una estrella Michelin, esto es delicioso.
Sigo degustando mi comida con aquella sabrosura que se me ha olvidado por un instante todo lo que me ha pasado, es cierto que la comida es medicinal, cada vez que llevo el tenedor a mi boca creo que el sabor es mucho mejor, me preparo para el ultimo bocado pero soy interrumpida por el timbre, alguien llama a la puerta, ¡rayos! Dejo el tenedor con la pasta enrollada a su alrededor en el plato porque espero comerlo en paz y armonía; me pongo de pie y voy hasta la puerta.
- Señorita Dominic, espero no interrumpir su cena – dice el casero parado frente a mí con una agenda y un bolígrafo
- No, señor Morales – menciono limpiando mi boca con la mano
- Bien, me imagino que ya sabe por qué he venido, ya estamos a veinticinco, lo que quiere decir que es día de pago
Miro el reloj y es muy tarde, este hombre no conoce de horas prudentes pero no puedo decirle nada, no estoy en condiciones.
- Claro señor Morales, lo sé pero… pero aun no tengo el dinero, ya pronto me van a pagar en el restaurante
- Ya tenemos cuatro meses de arriendo atrasados, sus abonos no son suficiente
- Lo sé y lamento eso, pero le prometo que en unos días le voy a pagar, solo deme unos días
- Está bien, pero solo unos días, de lo contrario sabes que debo buscar otro inquilino
- Eso no será necesario, le daré el dinero
El hombre apunta algo en su agenda y con su mala cara se retira, me da pena con el pero no puedo ganar más, Dunga me está absorbiendo en vida.
Observo mi alrededor y me da tristeza la forma en la que vivo, estas cuatro paredes ya deben estar aburridas de mí, tomo el plato con el ultimo bocado de las pastas y lo tiro a la basura, estoy segura que si lo como me va a saber a amargo, lavo lo que ensucié con poca agua para no desperdiciar y luego es hora de darme una ducha, preparar mi bolso para mañana y nuevamente empezar con mi pesadilla, saco mi uniforme del bolso, el delantal del restaurante y encuentro el pedazo de tarta que la señora de la lavandería me ha dado, sonrío levemente y recuerdo la última vez que comí uno de estos, fue en mi cumpleaños número ocho, mi madre lo prepara conmigo, ella me dejaba ayudarla; mis ojos se nublan cuando saboreo el primer trozo de tarta, se me forma un nudo en la garganta que no me deja tragar, los recuerdos de ella me invaden la cabeza, como la extraño; estoy segura que mi vida hubiera sido diferente si aún estuviera conmigo, inhalo suficiente aire para llenar mi pecho y botarlo con lentitud para calmarme, elevo mis ojos al cielo reteniendo las lágrimas que están por salir.
- Lamento no tener la vida feliz que siempre deseaste para mí, te he decepcionado mamá.
Mi madre y mi padre fallecieron en un accidente hace muchos años, solo quedamos mi hermano y yo al cuidado de mis abuelos, pero con el tiempo nos dimos cuenta que nuestro lugar no era allí, siempre éramos excluidos del resto, de mis primos, tíos y toda esa gente que no nos ayudó en nada, algunas veces escuchamos decir que mis padres se habían ido y dejado una carga para los demás; ellos no eran adinerados por lo que no habían muchas cosas por heredar, por eso siempre nos reprochaban y nos tiraban en cara lo que hacían por nosotros, por lo que ambos decidimos un día marcharnos, llegamos a Los Ángeles en busca de una mejor vida, lastimosamente a mi hermano le quedó grande la ciudad, todo se puso patas arriba, ahora mirándome aquí lo que puedo notar es fracaso, esto no se parece en nada a lo que tenía en mi mente.