La infancia de Caína

1349 Words
Caína, la hermosa, contaba ya seis años. Se la veía corretear por los linderos de la casa, subir a los árboles, perseguir bandadas de ñandúes que hurgaban los arbustos en busca de insectos. Su voz y su risa llenaban cada rincón. Crecía rápidamente ante los ojos de su padre y de los labriegos del pueblo. Era una niña hermosa, difícil de atinar si su piel era dorada o color bronce, cuya textura y color parecían venir del centro de la tierra, dulcemente metalizada. También era vivaz e inquieta; no había algo que no quisiera conocer. Quería saber todo del cielo, del río, los tepuyes. Al amanecer, asomaba el rostro por la ventana y allí se quedaba un rato a mirar la sabana, como si desarrollara un lenguaje interior para comunicarse con cada cosa. Conversaba con las cerbatanas, con las nubes, con la floresta. —Habla sola —decían sus cuidadoras con preocupación. —Habla con todo —respondía Barrikä desde su lugar, severamente. Caína observaba las cuencas donde el río parecía enrollarse y hacerse un lío de estambre. Allí dejaba largo rato la mirada, intensamente complacida. —Ka´poy yepü —escuchaba que murmuraba el río para ella. Luego corría a buscar aBarrikä, que a esa hora pescaba cachamas en la ribera. —Mira, Caína —decía el padre—, nunca ha habido tanta abundancia en estas tierras. Parece que trajiste la bonanza. Ambos reían, pero era cierto. Los aldeanos compartían la opinión que el nacimiento de Caína había traído la fortuna al pueblo. Todo reverdecía con fuerza, los verdes avivaban los paisajes de donde salían frutas enormes y jugosas. Los loros llegaban en bandadas. Los monos capuchinos, o los iwarka, que siempre fueron indóciles, bajaban de las ramas a divertir a los pequeños. De la nada aparecían especies de animales escurridizos y solitarios, como los armadillos y los osos hormigueros. Cada creatura se comunicaba con Caína a través de un lenguaje soterrado e inconmensurable. Y esta relación era presenciada por los aldeanos.     La hija del cacique vivía una infancia plena de energía. El viejo miraba con orgullo aquella dulce e inquieta princesa que aprendía todo cuanto le enseñaba. La mañana se les iba entre los sembradíos de banano, recolectando lo que la naturaleza ordenadamente producía a borbotones. A veces la llevaba a cazar chigüires; otros días, cuando el río asomaba su abundancia de peces, le enseñaba a pescar. Para ello usaba una lanza afilada.  —Quieta y veloz —le decía—. Quieta para darle confianza los peces y veloz para atraparlos. Caína aprendía de todo. A entramar textiles y a pescar. A tejer cestas y a montar ñandúes. A comer entre los amigos de su padre y a echarse sobre la h****a a pensar. A hablar, y a escuchar. Le gustaba sobre todo escuchar a su anciano padre, un hombre fuerte y sentencioso, en cuya boca siempre había una parábola floreciendo.  —Si trabajas la tierra —decía él—, nunca te faltará alimento. «Así como aquellos árboles grandes y frondosos, capaces de dar su fruto a tiempo —le repetía a su hija—, así debía ser tu vida».  —Procura alimentar tu vida de la gran sabiduría que proviene de lo alto.   “Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará.” (Santiago 1,5)         Pasaban los años. El padre de Caína Libertad y sus cuidadores veían la forma en que aquella niña crecía y daba paso a una hermosa jovencita. La niña que perseguía mariposas en los arroyos de la sabana ya contaba con un metro sesenta de estatura y dieciséis años.  Hermosa, su piel morena resplandecía entre los bejucos, bajo las nubes y entre losmaizales. Una frondosa cabellera marcaba su andar de piernas ágiles y seguras. Era bello escucharla entonar canciones dedicadas a la montaña, a las flores, a los ríos.  Caína Podía tenerlo todo,hacer todo cuanto quisiese, salvo una cosa: subir sola al gran tepuy.  Su padre, y todos los aldeanos, decían que allí moraban los espíritus. Aquellas tupidas montañas caladas de piedras milenarias parecían hablar entre ellas a ciertas horas del día. Estaban hechas de algo muyviejo, sembradas en la Gran Sabana desde el inicio del mundo. —Desde aquí puedo escuchar lo que dicen las anacondas —le decía a su abuela. Su abuela, a quienes los aldeanos le llamaban Tenamai-Tesen, que en lengua originaria significa honestidad, solía peinar el cabello de Caína y escuchar sus cuentos. Era una mujer gruesa y de tez lozana, como esas ancianas a quienes solo las canas acusan la edad. Sin embargo, Caína desoía las órdenes de Barrikä. En esas montañas boscosas e imponentes solo podía estar Dios.  La embrujaban las montañas. Su corazón se conectaba con ellas y podía escuchar su llamado. Había allí algo mágico brotando del centro de la selva.  —Si Dios vive en algún lado —decía Caína—, tiene que ser en esos tepuyes. A escondidas de su padre y desus cuidadoras, Caína se las arreglaba para escaparse. Trepaba las rocas y subía a lo alto de las cumbres más accesibles. Algún día llegaría al gran Merú, la cuenca de la cascada más alta de todo el universo. Pero ese trayecto tomaba días. Por lo pronto, se conformaba con desobedecer a medias; bordeaba la selva y buscaba la gran roca a la que llamaban “la almohada del cielo”.  Caína era hija de esa montaña, era hija de la sabana y del río. Acostada allí, de cara a esa extraordinaria grandeza, expresaba su amor mediante un sutil y rendido llanto. Sentía que los pájaros le cantaban a Dios. Le cantaban a la vida en todas sus formas. Los pájaros, el río lavando las piedras, los bichitos en el monte, todo hacía una orquesta sobre la que Caína imponía su voz y entonaba dulces cantos, para que llegaran a oídos del dueño del universo. Echada sobre “la almohada del cielo” podía sentir su cuerpo trasformado, volando a ras del horizonte.  Con los ojos cerrados, se unía a la tierra, podía sentir que todos los animales, plantas y ríos bullían en su nombre, como si susurraran «Caína Libertad».  A veces se quedaba dormida. Cuando despertaba, lo hacía embriagada de paz y sumisión, de alegría y beatitud, entonces confirmaba su lealtad a Dios. Pero, ¿no sería aquella montaña una puerta al cielo? ¿No sería la misma que vio Jacob cuando realizó aquel pacto conDios?   “Jacob salió de Berseba y fue a Jarán. Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Yahveh estaba sobreella, y que le dijo: «Yo soyYahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia” (Génesis 28,10-13)   Allí pasaba las horas. Se apacentaba en la fuente de la cascada menor. Untaba su cuerpocon barro, mezclilla de hojas, miel, leche de coco. Lo mismo ponía en su cabello, hidratado con aceites vegetales y la sabia de algunas plantas. Venir a hermosearse bajo las frondas de los árboles, cruzar el río para cantar y quedar cubierta de barro. Luego, como un pez de bronce, entrar al agua. El agua cristalina caía sobre su cabeza firme, bendiciéndola. Agradecía su vida, su cuerpo, su belleza. Y antes de regresar perfumaba su cuerpo. —Por ahí debe estar Caína —decían algunas mujeres—. Deja los caminos perfumados a canela. De modo que recorriendo los montes, armando coronas de flores para su cabeza y la cabeza de su padre, cantando a las orillas del río, Caína llegó a la edad de diecisiete años.
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