Una vez que el fuego se apagó, que los pueblerinos restauraron las casas, limpiaron los patios, sanaron los heridos, sacaron los pedazos del dios de Yarimba, y fueron recogidos los restos que había dejado la violencia, Caína se detuvo a observar la ruina. «Esespantosa», decía en sus adentros. Era imposible dejar de comparar aquella aldea rica,marcada por la abundancia de personas de corazones nobles, que compartían sus riquezas sin mezquindad, la aldea abierta para todos aquellos indígenas que llegaban a buscar refugio huyendo de sus tierras donde no eran tan afortunados, la aldea de su padre, con la que ahora tenía ante sus ojos.
Al ver todo aquel panorama de destrucción, Caína comenzó a llorar amargamente en el centro del patio, en el mismo lugar que ella había escogido para adorar aquella estatua donde le rendía culto, involucrando a su gente entre rituales y prácticas.
Pero en aquel dolor del luto más grande de su historia, estaba frente a ella el indio que había sido la mano derecha de su padre, aquel que aunque tuviere los años encima, se encontraba fuerte y sólido. Su mirada reflejaba todo el verdor de la selva. En silencio la observaba llorar; recordaba a Maya: su profecía se había cumplido; él estaba allí como testigo de la desgracia que había caído en aquella tierra, así como la llamó aquel líder de la expedición cuando por primera vez puso un pie en aquel paraíso terrenal. «El edén perdido de Dios», exclamó, habiendo leído las sagradas escrituras, deslumbrado por la cantidad de riquezas naturales, viendo cómo aquellas aguas a tamaña altura descendían por las riberas de oro, pupilas para muchos que ambicionaban riquezas. En aquel patio estaba su niña, la niña de su padre, de su hermano; su origen, su tierra, llorando las lágrimas amargas que mojaban aquel suelo haciendo surcos, y por allí corrían hacia el río, y luego desembocaban al mar que les rodeaba. Y al evaporarse, se formaban nubes grises preñadas del llanto de su gente, y al llover en otros lugares, caían al suelo pidiendo auxilio por su esclavitud.
Caína, en medio de aquel dolor, observó a Auyan. Se levantó y le estiró su mano para que recibiera su lanza, heredada de su padre, aquella lanza de punta de oro, y con las palabras envueltas en quejidos le dijo:
—Vigila la cuenca e impide que nuevos extranjeros pisen a Kavec. Busca a Amanon Wiriki y solicítale mi perdón y compasión, pues esta guerrera ha caído.
Y dando la espalda fijó su mirada frente a la gran sabana. Su cuerpo se revestía de derrota porque había visto los ojos de odio en la mirada de Yarimba. Había visto los ojos a la traición en la mirada dulce y azul Tadeo. Había visto los ojos del coraje en la mirada de su gente. Había visto los ojos de la mansedumbre en su corazón. Impulsada por aquel dolor subió a la montaña; sentía la necesidad de volver de nuevo aquel lugar. «Para sanar cualquier fracaso se debe volver de nuevo al lugar naciente», pensaba. Y ella había nacido allá. Volver a las aguas sanadoras de espíritus tristes y tomar de nuevo sus aguas. Esa sería la reconciliación de su ser con Dios y con ella misma. Si no se amaba ella, ¿cómo podría amar a los demás?
Caína subió a una curiara; atravesó el río en soledad. La recibió la selva. Mucho rato estuvo atenta a los sonidos de las montañas, en mitad de un río aparentemente sereno —porque producía sonidos cuando chocaba con las piedras, como coros de voces—. Sentía que eran los indígenas jóvenes que murieron en la lucha por ella. Amparada sobre la curiara, sentada allí, cerró los ojos para escucharlos mejor. Sentía su nombre repetirse varias veces por cada sonido chocante: Caína, Caína, Caína Libertad. Y se entregó a un sentimiento de profunda humildad.
Pidió perdón a Dios y a sus padres. Escuchó el viento. Escuchó al kaikuse rugir monte adentro. Escuchó a los loros, a las serpientes. Al maikuri respirar detrás de los troncos. Escuchó a las cascadas caer estrepitosamente sobre las rocas lavadas. Escuchó el chillido de los monos. Y sintió, por debajo de las aguas, escurrirse a la gran anaconda.
Dios estaba en todo eso. Siempre había estado ahí. Solo que Caína se había movido de lugar.
Cuando se hubo conectado con la selva, cuando supo que volvía a entender su lenguaje, Caína desembarcó y pisó tierra firme. Pidió permiso para entrar. Se internó de nuevo en ella y siguió el camino a la gran catarata.
Dos días le tomó llegar a la cumbre. Y sin embargo, nada se comparaba con el tiempo que le había tomado despertar de su obsesión.
Transitó los farallones y en cada paso que daba, depuraba su alma, dejando sus huellas marcadas en el barro mojado para recordar el camino de regreso cuando su corazón ya fueralimpiado. A lo lejos, vio la morada de Yarimba. Reconoció el camino a la cima del tepuy. Arriba, la gran cascada caía como un gigantesco vestido de garzas. Hasta su rostro llegaba el rocío.
Los pies de Caína tocaron la meseta al amanecer. Ante ella, Dios desvelaba la belleza de la sabana, como también su belleza. En ese lugar le regaló un ángel que decoraba aún más su hermosura; jugaba con su cabellera larga y lisa, que dejaba caer y se confundía con las aguas de la cascada más alta del mundo. Allí dejaba sus rezos, y en cada llovizna que salpicaba aquel lugar, invitaba a su pueblo que pidiera perdón junto con ella.
Oró por su padre. Por sus parientes. Por sus amigos. Oró por las indias que habían quedado embarazadas de los agresores. Por las mujeres que habían sido contagiadas de enfermedades. Estaba rendida. Su corazón ya no ardía de obcecación. Al contrario, había vuelto a él una vieja mansedumbre. Ahora que había visto las consecuencias de su ceguera, pedía perdón al Creador de todo. Pidió por la unidad de su pueblo. Y pidió sabiduría para hacer reverdecer una tierra quemada y desolada.
Allí, sobre la base del mundo, sobre la morada de Dios, estuvo Caína durante días, sin comer, ni beber. Entregada a la oración, entregada al encuentro de la renovación de su alma, cosiendo aquella relación que había roto con la selva y con todo lo que la habitaba.
Mientras tanto, los aldeanos no podían apartar la mirada de la gran montaña, a su gran caída de agua. Ese pueblo estaba unido a ella. Decían que allí estaba su esencia, su nombre, pero que también estaba una mujer pariendo con lamentos y culpa.
Ese sentimiento los fortalecía. Decían que no había mejor cosa que el arrepentimiento, y aquella fe puesta en lo que sentían —pero no veían— les trajo lo que esperaban.
Un gran estruendo removió esa tierra de norte a sur. De aquel lugar salieron miles de demonios que fueron atraídos por la fuerza de aquellas prácticas abominables de su gobernante y su ayudante, demonios que habían esclavizado a un pueblo con sed de libertad. Vieron cómo estos se desintegraban en el vacío de aquel horizonte, y ya, no quedando ninguno de ellos, se sintió una gran paz que trascendía los sentidos.
Fue entonces cuando presenciaron la forma en que aquella cascada se abría como naciendo algo de nuevo. Los aldeanos vieron tocar la tierra de Kavec a una mujer rodeada de luz de varios colores, la misma que permanece al pie de aquella cascada como si fuera un pacto, quizá el de no separarse jamás de Dios. Aquella mujer de cabellera lisa, más hermosa que antes, que iba a encontrarse con su pueblo,caminaba sobre una alfombra de orquídeas. A cada pisada se abrían grandes abanicos amarillos en forma de araguaney. Estos se abrían para soplar una brisa cálida, haciendo el momento aún más feliz, y muchas aves de distintos colores volaban sobre ella lanzándole las flores que traían en sus picos. Fue hermoso cómo los pájaros cubrían de pétalos su larga melena. Los turpiales entonaban cantos melodiosos; los loros verdes, unidos en filas, repetían su nombre marcado en aquella historia de lo que fue y lo que sería luego.
Ella venía con su corazón renovado, con la convicción de que haría reverdecer de nuevo aquella tierra y a su gente diezmada por la pobreza y la desolación.
Tomó un tajo de tierra con las manos y dijo:
—Sobre la tierra quemada construiremos un nuevo tiempo, amparados en la misericordia de Dios.
«Ya no habrá más hambre, ni desolación —dijo—. Aquí llegará de nuevo la abundancia y la paz. Todos podrán vivir seguros en su propia tierra porque Dios no es de cárcel ni sufrimiento. Ni de enfermedad. Tomados de la mano de Dios, reconstruiremos todo de nuevo».
Y así fue.
Cuentan que sobre aquellas tierras secas, surcadas por la herida de la m*****a, cayó una copiosa lluvia.
Llovió durante días. Las cuencas de los ríos volvieron a crecer. Brotes verdes salían de la tierra. Animales se acercaban. Las flores se abrían en los bucares como sellando un nuevo pacto. Se notaba en su fauna y flora, en sus ríos copiosos, en sus valles, llanos, lagos, montañas. Todos hablaban cuando recobraban vida. Todo renacía de nuevo.
—Caína Libertad —decían algunos— se ha reconciliado con Dios. Y Dios nos ha reconciliado.
Fueron tiempos de renovación. A la lluvia la sucedió la siembra, la reconstrucción de nuevas casas, corrales, pastizales y asentamientos de seguridad. Los yacimientos de minerales y aquel oro brillante, fue custodiado por ángeles guerreros para no permitir de nuevo su robo.
La voz de que Caína, con sus propias manos y las manos de la gente que se alió a ella, reconstruía la aldea, se corrió por todas las comarcas. Comenzaron a retornar familias de aldeanos, niños, mujeres y hombres cruzaban el río y pisaban de nuevo sus tierras.
—¡Amanon! —gritó un día Caína. La vio regresar, junto a otro grupo de personas.
El abrazo fue largo y compasivo.
—Has vuelto —dijo Caína sollozante.
—No. Tú has vuelto —respondió Amanon—. Entonces yo te acompaño.
Fue así como de un pueblo destruido nació otro. Bajo los techos reformados parían mujeres una nueva generación. Una nueva casta, mezclada con las facciones de sus padres agresores y sus madres.
No descansó Caína un día hasta que cada metro de tierra, cada árbol, cada mujer, cada hombre, recuperaba su viejo esplendor. La hija de Barrikä y la hermosa Maya, consolidaba la fe de sus ancestros e infundaba el respeto a un pueblo que veía la forma en que sacaba vida de lo que había sido destruido.
No lo hizo sola.
—De la mano de Dios todo será bendecido de nuevo —decía Caína al grupo de personas que en las noches se reunían a escuchar sus palabras. Tenemai-tesen la escuchaba, llena de gratitud. «La felicidad no enseña lo que enseña la tragedia», pensaba la anciana. «Ya está hecho. El destino de Caína Libertad se ha cumplido».
—Cuanto más te alejes de Dios —le dijo un día la anciana a Caína mientras caminaban por la ribera del río—, más te alejas de ti misma.
—Ahora lo sé, Ko´wai —le dijo.
En eso miraron hacia el horizonte. Una flota de curiaras tocaba las tierras anaranjadas de Kavec. Entendieron que se trataba de distintas castas de indios. Venían cargados de animales, de flores, de frutas. Venían a apoyar la época de restauración.
En eso se aproximó Auyan: había comprendido que su tiempo estaba completo. Le devolvió su lanza y dijo: recibe tu lanza guerrera; tú y tu pueblo seguirán siendo la aldea más rica del mundo. Así vio Caína despedirse al fiel amigo de su padre. Se internó en la montaña y dejó su alma sepultada dentro de ella. En adelante, aquel pueblo y todos los pueblos del mundo llamarían a aquella meseta Auyantepuy, una estepa gigantesca que relata una historia cuando dejas tus ojos clavado en ella.