La desaparición

1241 Words
  Comenzaron a surgir rumores relativos a la extraña desaparición de Caína. Barrikä no daba muestras de querer hablar con nadie, pero ya su gente manejaba todo tipo de versiones. Unos eran de la opinión que los navegantes se habían llevado a Caína con ellos; otros, sobre todo las muchachas, apoyaban la idea de que la hija de Barrikä había seguido al hombre ojos de jaguar; tenían fe en que el hombre la hubiere hecho cruzar el Delta donde todos los ríos se juntan con el mar. Mientras tanto, las ancianas decían que se la había tragado “el Salto Kamá”. Tenamai-tesen, suabuela, más bien pensaba que los dioses de los tepuyes tarde o temprano se la llevarían, y que había llegado el momento de hacerla suya.  Se escuchaba toda clase de desenlaces y destinos, inclusouno en que la Gran Serpiente, la madre de todas las anacondasque vive en el gran río, en la base de La Morada de Dios llamado Roraima, se la había tragado en castigo por enamorarse de un hombre con ojos azules. Hasta eso se decía. ¿Dónde estaba la hija del cacique? Conforme pasaban los días, la angustia cubría el corazón de los aldeanos. Pensaban que la desaparición de su princesa solo podría traer desgracia. Era ella quien se comunicaba con Dios y garantizaba la abundancia. Los tepuyes, que siempre gobernaron silenciosos en el paisaje, esta vez se mostraban más herméticos. Era como si, de alguna forma, la selva se hubiere cerrado. Y no solo la selva: también el cielo y los ríos. La naturaleza había suspendido su lenguaje. Incluso las estrellas, eso que los pobladores llamaban chïrikiton, desaparecieron del firmamento por tres días detrás de nubarrones tan grandes como tepuyes celestes. En vista de que su padre no daba muestras de salir de su desolación, su amai, Tenamai-tesen, mandó a buscarla con Auyan al «pozo donde se reúnen los peces». —Ve al Tapay, al final de la cuenca —le ordenó. Pero Auyan regresó como se fue: solo. No hubo rastros de Caína por ningún lado. Tampoco de peces. No vio peces, ni panteras, ni monos, ni guacamayas. —Enkupay eday Auyantepuyponá —dijo el indio Auyan a la anciana, inspirado en una rotunda determinación. Desde luego que no. Eso equivalía a días de travesía. Las montañas se cierran en la medida en que más se penetran, y el gran tepuy se mueve en la medida en que más se avanza hacia él. Era peligroso. La mujer, que no sabía que su nieta desde niña transitaba el camino a la gran cascada, respondió: —No. Caína no conoce esa ruta. Esperemos. Y era cierto. La ruta a lo alto de la morada de Dios podía representar un peligro al cual Caína no sabría cómo hacer frente, contando además con que llegar hasta allá significaba caminar durante días. Pero era justo a donde el corazón de Caína la había llevado.      Caína transitó durante tres días la ruta a la gran catarata Kerepakupai Vená. Fue una expedición personal que había prometido hacer cuando era apenas una niña. La ruta se abrió ante ella; solo tenía que seguir su intuición. Atravesó la selva sin que la densidad de su vegetación le fuera extraña. Se sentía en casa, el Auyantepuy era su casa. Sus pies, de alguna forma, conocían el sendero.  Una tras otra iban apareciendo montañas de piedra escarpada, rociadas por montones de arenisca y cuarzo. Chillaban monos, siseaban culebras. De día la guiaban las kauchik. De noche la acompañaba la kapüy. La travesía de Caína hacia el corazón de la selva significaba su luto, su dolor, y su sanación. En aquella inmensidad de las montañas podía escuchar el inmenso río trepanar los bordes de selváticos. Allí moraba la gran anaconda, su hermana, como unespíritu cauteloso y vigilante, celoso de las aguas. Sí, el Auyantepuy era su casa, pero todo en esos montes bullía una gran preocupación. Todas las especies hablaban un solo lenguaje, un lenguaje en alerta, como si pronosticaran un suceso definitivo y maligno.  Caína lloró. Se vació del dolor. Había entregado su cuerpo, su amor y su saber ancestral a un hombre que nada tenía que ver con su mundo. Sintió que aunque estuviere protegida por los montes, algo inmanente atormentaría a su pueblo.      Al tercer día, Caína Libertad, llegaba a la cima de la gran catarata. Su rostro recibió la dulzura de todos los vientos que se reunían en aquel vértice, en la morada de Dios. ¡Estaba en la cima del mundo! Lo había logrado.  Se deslizó con pasos cautelosos por las rocasresbaladizas, y se detuvo justo donde se acababa el gran tepuy. Lo que vio entonces la dejó sin palabras. A casi mil metros de la superficie de la tierra, la inmensa sabana se extendía a sus pies, imponente, como forrada de musgo milenario. La imagen la arrebató. Desde abajo, desde la sabana, se puede imaginar la grandeza de esas cumbres. Pero en verdad la realidad superaba su imaginación:era un paisaje absolutamente rotundo que narraba un poder mayor, la destreza del tiempo que había tallado el espacio; el tiempo infinito esculpiendo sobre la roca la belleza y la creación divina. Era pisar la casa del universo. Era presenciar la grandeza de Dios.  Caína se arrodilló, cayó vencida por la humildad de su servicio ante la grandeza de los tepuyes. La aplastó una fuerza mayor: lo increado, lo que no tenía principio ni fin. Ella era solo una achimikö, una diminuta hormiga frente al universo. —Ye´se. Ka' poy yepü —dijo. Que significa: «Mi nombre es mi nombre. Vengo del firmamento, del cielo infinito».     Cuando finalmente llegaron a oídos de su padre el rumor de que Caína había muerto, que la gran Anaconda la había tragado, que los forasteros la habían secuestrado, y que la sabana reclamó sus huesos, la salud delviejo Barrikä empeoró. No pudo evitar caer presa de calenturas, y de pesadillas. Aunque en el fondo, su corazón decía otra cosa. Él sabía que su hija estaba viva,pero atravesaba el portal de un gran sufrimiento.  —E´nepe inna man —le murmuró Barrikä a Tenemai-tesen. Intentaba bajar la fiebre de su hijo bañándolo con agua fresca. —Todo se resuelve siempre —era lo que respondía la madre, ayudada por cuidadoras. Cuando retomaba fuerzas, Barrikä ocupaba un rincón de su cámara donde pasaba las horas meditando y afilando lanzas, untando el filo con el mortal veneno de algunas ranas. «Guardando absoluto silencio se comunica mejor el futuro», pensaba.  Sencillamente se había retirado a sus aposentos. Abandonó la selva, la sala de ceremonias, la asamblea, el río. Confiaba en su criterio y no permitía que la desesperación de su gente permearan su fe. Era precisamente la fe que tenía en el retorno de su hija lo que lo mantenía vivo.   “No repitas nunca un chisme, y no sufrirás ningún daño.”  (Siracides19,7)   “En la boca del insensato está la vara o el castigo de su soberbia; mas a los sabios le sirve de guarda la modestia de sus labios.”  (Proverbios 14,3)   “No andes difamando entre los tuyos; no demandes contra la vida de tu prójimo. Yo, Yahveh.”  (Levítico19,16)   “Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.”  (Santiago 3,6)  
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