La siguiente mañana Eider se mantuvo en cama, ya que las lloviznas habían cerrado la biblioteca como diferentes lugares de Galicia, así que su tiempo libre lo gastó en aquella recámara, la cual no era la mejor de todas, el desorden siempre la acogía y parecía ser su única compañía. Esa mañana no fue diferente, después de haber despertado con aquel aroma a pasto húmedo Eider había discutido temas para sí misma. No le importaba la gran tempestad fuera, los estruendos y el sonido de la lluvia, que hasta cierto punto eran escandalosos. Su única preocupación era aquel demonio que había podido colarse en sus pensamientos. —¿Por qué has desaparecido?— cuestionó en voz alta la chica para cerrar los ojos por breves segundos, sentir como las gotas se colaban por su ventana no le animo a levantarse

