CAPÍTULO 3. EL REENCUENTRO

1277 Words
Enzo Hayes miraba el reloj digital de su Porsche. Las nueve de la mañana marcaban el inicio del caos cuando el letrero “Bienvenido a Orlando” quedó atrás. Había despertado a las siete, dispuesto a desayunar con sus padres, pero escuchar a Niven hablar de trabajo durante más de cinco minutos era una tortura. Optó por un café y salir directo hacia donde vivía su hermana. —¿Estás seguro de la dirección? —preguntó Niven por tercera vez. —Niven, no es la primera vez que vengo por Eris. Créeme, sé dónde vive. El pelinegro resopló. Había recibido una llamada de su jefe de investigación a mitad de la madrugada: un avance importante, y él no estaba presente. Eso lo tenía de pésimo humor.Y, aunque jamás lo admitiría, también estaba nervioso.Quince años sin verla.¿Estaría a su altura?¿Podría rescindir el contrato si no lo estaba?No. Ese pacto estaba escrito desde antes de que ella naciera. Y había cláusulas que no le permitirían romperlo tan fácilmente. —¿Por qué no vive en los dormitorios de la universidad? —insistió. —Pregúntale a ella. Será una buena forma de conocerse. —La conozco. Zachary me envió una foto de ellos cuando tenían quince. Enzo frunció el ceño. —Ella cumple veintiún años en unos meses. —Dudo que haya cambiado demasiado. —¿Y qué hay de cómo es? Niven lo pensó un segundo. —Es tu hermana. No puede ser tan distinta a ti. Enzo hizo una mueca. Recordaba a la Eris de quince: vestidos pastel, obediente, dulce.Pero la última vez que la vio —hace un año— había organizado una fiesta épica para su mejor amiga. La niña recatada ya no existía. —Por cierto, Enzo —dijo Niven—, ¿cuándo piensas hablar con tus padres sobre la mujer que conociste? —¿Por qué sacas eso ahora? —Quizá desvíe la atención de lo mío. Así podré volver a Zúrich antes de la boda. —Eres un infeliz —rió Enzo mientras estacionaba en el edificio de condominios donde vivía Eris—. No te librarás, Niven. —No lo comprendes. No puedo perder ese proyecto por algo insignificante. —Mi hermana no es insignificante. —No hablo de ella. Hablo de venir meses antes de la boda. Enzo lo ignoró y entraron a la recepción. Marlo, el recepcionista, los saludó. —Joven Hayes, qué gusto verlo. —Buenos días, Marlo. ¿Mi hermana está en el penthouse? —Así es. Llegó hace poco. —¿Hace cuánto? —intervino Niven, frunciendo el ceño. —Unas cuatro horas. Enzo suspiró. Otra noche de fiesta. Otra madrugada sin dormir. —Gracias, Marlo. Subieron al elevador. Enzo sonrió para sí mismo. No le había dicho a Niven que Eris no vivía sola.La reacción del pelinegro prometía ser gloriosa. Tocó el timbre. La puerta se abrió y apareció una joven en pijama ajustada, cabello oscuro y corto. —¿Enzo? —preguntó sorprendida. Niven la examinó. Metro sesenta, cabello corto, mirada despierta.¿Esa era Eris?Se sintió… decepcionado.Aunque atractiva, no coincidía con la imagen que él tenía guardada. —Eris, toma tus cosas. Volveremos a Jacksonville —ordenó. La joven lo miró como si él fuera un extraterrestre. —Oh, cielo. No soy Eris. Soy Emily Floyd. ¿Qué hacen aquí? —Emily, ¿nos dejas pasar? —intervino Enzo antes de que Niven metiera la pata otra vez. —Claro. Justo íbamos a preparar desayuno. Emily abrió la puerta. Le llamó la atención el hombre que acompañaba a Enzo.Un bombón, pensó. —¿Quién era, Ems? —preguntó una voz masculina desde la cocina. Niven frunció el ceño.¿Un hombre?¿A esa hora? —Ven a verlo tú mismo —respondió Emily divertida. Entonces apareció Zachary Lennox, en ropa interior, un mandil y un sartén en la mano. Niven sintió cómo la sangre le hervía. —¿Qué se supone que haces tú aquí? —espetó. —A mí también me da gusto verte, hermano —respondió Zachary con sarcasmo. —Te hice una pregunta. ¿Cuándo aprenderás a responder correctamente? Zachary bufó. —Aquí vivo. —No. Eris vive aquí. —Y yo también —sonrió levantando el sartén. Enzo intervino antes de que Niven explotara. —Niven… son roomies. —¿Roomies? —repitió él, incrédulo—. ¿Desde cuándo? —Dos años, más o menos —respondió Zachary. —Deberías llevar la cuenta. Fue cuando dijiste a papá que tus estudios eran “demasiados”. ¿Sabes lo decepcionante que será para ellos? Zachary chasqueó la lengua.Odiaba cuando Niven jugaba a ser su padre. —¿No deberías estar a miles de kilómetros? ¿Qué haces aquí? —Tu vocabulario deja mucho que desear —respondió Niven, metiendo las manos en los bolsillos—. Vine por Eris. —¿Por qué? —Para llevarla a Jacksonville. Debemos ajustar nuestro contrato de matrimonio. Emily abrió los ojos.¿Ese hombre era el futuro esposo de Eris?Tenía que avisarle. Corrió a la habitación. Encontró a Eris despierta, leyendo en su iPad. A su lado, Patrick Hook dormía boca abajo, solo en boxer. Emily hizo una mueca. —Eris. —¿Ems? ¿Qué pasa? —Malo es que sigas durmiendo con él. Eris rió. —No estoy durmiendo con él. Se quedó platicando y se quedó dormido. —¿Dormiste? —Dos horas, tal vez. —Perfecto. Necesitas ver esto. Ven a la cocina. Antes de que Eris pudiera preguntar, un estruendo las alertó.Salieron corriendo. En la cocina, Zachary estaba furioso, el sartén tirado en el suelo.Eris vio dos espaldas masculinas. —¿Qué ocurre? —preguntó. Zachary se giró, avergonzado. —¿Enzo? —Eris sonrió y corrió a abrazar a su hermano—. ¡Te extrañé! Niven se quedó inmóvil.La joven que apareció no era la de la puerta.Era otra.Cabello castaño, playera gastada de Palm Beach, ojos cálidos.Y algo en su pecho se apretó.Como si su cuerpo la reconociera antes que su mente. Ella lo miró. —¿Niven? Él parpadeó, saliendo de su trance. —¿Quién más voy a ser? —respondió a la defensiva. Y se arrepintió al instante cuando la sonrisa de ella se apagó—. Alista tu maleta y ponte algo decente. Volveremos a Jacksonville. Eris retrocedió un paso. —¿Volver hoy? —Se nota que estudiaron en la misma escuela —murmuró Niven, mirando a Zachary, que le dedicó una seña obscena—. Sí, hoy. Hay que ajustar el contrato de matrimonio. —¿Contrato? —repitió ella. —¿Harás preguntas de todo lo que digo? Eris cruzó los brazos.Lo reconocía por las fotos.Pero jamás imaginó que fuera tan arrogante.No era el reencuentro que había imaginado de niña. —Lo que pasará —dijo con calma helada— es que se irán de mi casa. No iré a Jacksonville hasta la próxima semana. Eris se inclinó para recoger el sartén. —Lo siento —susurró Zachary—. Me hizo enojar. —No te preocupes, baby. Fue un accidente. Niven sintió un latigazo de furia.¿Baby?¿Así se hablaban? Decidió que él mismo haría la maleta.No perdería más tiempo con los caprichos de la castaña. Pero se detuvo en seco cuando un hombre tatuado salió de la habitación, bostezando. Patrick Hook. —¿Por qué tanto ajetreo? —preguntó, rascándose la nuca. Se detuvo al ver a Niven—. ¿Y tú quién eres? Niven lo miró con una frialdad que heló la habitación. —La pregunta es…¿qué haces en la habitación de mi prometida?
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