Era 3 de diciembre y el reloj marcaba ya las 7:00 de la mañana, el viento corría de 45 a 52 kilómetros por hora (45-52 km/h). Estábamos a -17° de temperatura y aunque el frío era atroz, mi cuerpo se sentía relajado y caliente, como si flotara sobre una cálida nube. Me desperté de forma lenta, como si con eso estuviera matando el tiempo. Me quedé unos veinte minutos el viendo gigantesco ventanal del quinto piso del hotel más lujoso de Aberdeen, y debo reconocer que la mayor parte de ese tiempo fue intentando reconocer la habitación, pues aunque mis ojos estaban abiertos, mi memoria seguía un poco dormida. No fue hasta que escuché unas voces en el corredor, que tomé el valor de sentarme poco a poco en la cama, encontrándome por completo sola en aquella fina cama, en la lujosa habitación de

