El silencio ahondaba en la fría ciudad de Aberdeen. La gente comenzaba a decorar sus casas con hermosas lucecitas verdes y rojas, así como también era costumbre que desde ya todos los amantes de la época decoraran los enormes pinos verdes que crecían con facilidad en sus patios, y en algunas casas ya comenzaban a colocar sus trineos con venados y santas inflables en sus techos. Era de esperarse que no faltaran los muérdagos en la puerta de cada casa, o que en la estación radial del pueblo los villancicos fueran su único repertorio. Ese día, mientras despertaba en la habitación que me había dado Sam, en la casa de papá, pensé mucho en lo que había sucedido el día anterior en el ensayo del baile, o en el corredor por la noche. Diciembre estaba comenzado con bastante nostalgia, energía y prob

