Capítulo Las notas que atan al pasado
El estudio se sentía diferente esa tarde. Quizás era la tensión contenida en el aire, o tal vez el eco de la conversación que Marina y Lucas habían tenido esa mañana seguía vibrando entre las paredes insonorizadas. Desde que Lucas la había escuchado cantar, desde que él mismo le había dicho que su voz tenía algo especial, Marina se sentía expuesta.
Era una sensación incómoda, pero también inquietantemente familiar. Había pasado años escondiéndose tras las partituras, tras las historias que escribía para otros. Y ahora Lucas le pedía que cantara con él. No como una compositora en la sombra, sino como una artista, como su igual.
No sé si puedo hacer eso.
Marina dejó su bolso junto al piano y miró a Lucas, quien estaba sentado en el sofá, con la guitarra descansando sobre su regazo. Se veía distraído, casi ausente, hasta que su teléfono vibró en la mesa.
Ella lo observó tomar el dispositivo, mirar la pantalla por un segundo y luego girarlo boca abajo sin decir nada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Marina. No es de mi incumbencia, se dijo. Pero la sensación de que algo no estaba bien se quedó con ella, arraigada en lo más profundo de su pecho.
—¿Algo importante? —preguntó, intentando sonar casual.
Lucas levantó la vista y sonrió de forma automática, pero había algo en su mirada que delataba incomodidad.
—Nada que no pueda esperar.
Marina no insistió. Se sentó en el banco del piano y repasó la letra de la canción. Aquella que Lucas había escrito cuando tenía quince años. Aquella que no se había atrevido a cantar en público.
—Es increíble cómo esta canción sigue teniendo tanto significado después de tanto tiempo —murmuró, sus dedos deslizándose por las teclas.
Lucas la observó en silencio antes de responder.
—Tal vez porque nunca la dejé ir.
Había algo en su tono que la hizo levantar la mirada.
—¿Por qué nunca la grabaste antes?
Lucas suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás en el sofá.
—Porque esta canción era demasiado real para la imagen que querían que tuviera. Siempre fui el chico del pop pegajoso, el que cantaba letras que otros escribían. Nadie quería que mostrara lo que realmente sentía.
Marina entendía ese sentimiento mejor que nadie.
—Entonces hagámoslo ahora. Pero esta vez, que sea solo nuestra.
Lucas la miró con sorpresa.
—¿Nuestra?
—Sí. Podemos grabarla aquí, solo nosotros dos. Sin productores, sin managers, sin la disquera. Solo la música.
Lucas tragó saliva. Era la primera vez en su carrera que alguien le ofrecía hacer música sin una agenda oculta.
—Está bien. Pero hay una condición.
Marina arqueó una ceja.
—¿Cuál?
Lucas se inclinó hacia ella con una sonrisa juguetona.
—Quiero que la cantes conmigo.
El estómago de Marina se encogió.
—Lucas, ya hablamos de esto…
—No, hablamos de que tienes miedo —la interrumpió suavemente—. Pero dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que cantaste algo que realmente significara algo para ti?
Marina abrió la boca para responder, pero se quedó en silencio. No lo recordaba.
Lucas tomó su guitarra y comenzó a tocar la introducción de la canción. Su voz entró con suavidad, rasposa y sincera.
—"Perdí la música cuando olvidé escuchar..."
Marina cerró los ojos, sintiendo cada palabra. Sin darse cuenta, comenzó a tararear la melodía. Su voz se mezcló con la de Lucas, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió disfrutarlo.
Cuando terminaron, el silencio fue ensordecedor. Marina sintió un nudo en la garganta. Lucas la miraba con esa intensidad que la desarmaba.
—¿Ves? —susurró—. No solo compones canciones, Marina. También las vives.
Ella apartó la mirada, sintiendo su corazón desbocado.
—Vamos a grabarla antes de que cambie de opinión —murmuró, levantándose.
Lucas sonrió, triunfante.
Horas después...
El estudio estaba en penumbra cuando terminaron de grabar. La canción había quedado perfecta, capturando cada emoción que habían puesto en ella. Marina se recostó contra la pared, exhausta pero feliz.
Lucas la observaba con una mezcla de admiración y algo más que aún no se atrevía a nombrar.
—Gracias —dijo de repente.
Marina frunció el ceño.
—¿Por qué?
Lucas se encogió de hombros.
—Por hacerme recordar por qué empecé en esto.
Marina sonrió, pero su expresión se tornó seria.
—No dejes que nadie te haga olvidar de nuevo.
Lucas la miró fijamente.
—No lo haré.
Y por primera vez, lo decía en serio.
Pero justo cuando el momento parecía perfecto, el teléfono de Lucas sonó.
Frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla.
Isabella.
Marina sintió su estómago contraerse.
—¿No vas a contestar?
Lucas negó con la cabeza y apagó el teléfono.
—No ahora.
Pero el nudo en el estómago de Marina no desapareció.
Algo le decía que la calma no duraría mucho tiempo.
Los fantasmas del pasado aparecerían sin llamarlos .
El estudio estaba en penumbras, iluminado solo por la tenue luz de las lámparas que reflejaban las partituras dispersas sobre el piano. La canción que Marina y Lucas habían grabado aún vibraba en el aire, impregnando el espacio con la energía de algo que, aunque inacabado, ya era suyo. Marina debería sentirse satisfecha. Debería sentirse eufórica, incluso. Pero no podía. No cuando aún sentía el peso de la mirada de Lucas sobre ella, como si estuviera esperando algo más.
—Gracias —susurró él de repente.
Ella giró la cabeza, observándolo con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Por qué?
Lucas dejó la guitarra a un lado y la miró con una sinceridad que la hizo encogerse internamente.
—Por hacerme recordar por qué empecé en esto.
Marina bajó la mirada al piano, sintiendo cómo su pecho se apretaba.
Quiso decirle que no debía olvidar nunca por qué hacía música. Que no debía permitir que nadie, ni siquiera la industria, le arrebatara su esencia. Pero en su lugar, se obligó a sonreír, a fingir que esas palabras no la afectaban más de lo que deberían.
Y entonces, el teléfono de Lucas vibró sobre la mesa.
Fue un sonido casi imperceptible, pero Marina lo notó.
Vio cómo él lo miró de reojo, cómo su mandíbula se tensó levemente antes de girar el celular boca abajo y deslizarlo dentro de su bolsillo.
Marina sintió un escalofrío recorrer le la espalda.
—¿No vas a contestar? —preguntó con fingida despreocupación.
Lucas negó con la cabeza y se pasó una mano por el cabello.
—No ahora.
Pero solo unos minutos después, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez, Lucas no lo ignoró. Lo tomó rápidamente y se levantó del sofá.
—Voy a salir un momento. Es importante.
Marina lo observó cruzar la habitación y salir sin mirarla a los ojos. Sin una explicación.
Y en ese instante, todo volvió a ella.
Como una marea oscura arrastrándola al pasado.
(Flashback)
—Marina, terminaremos este tema hoy. Tengo que presentarlo mañana en la disquera.
La voz de su novio resonó en el pequeño departamento que compartían, con la emoción vibrando en cada palabra. Marina, sentada en el suelo con su libreta abierta, sonrió mientras ajustaba un verso.
—Creo que la armonía del estribillo necesita un cambio. Si bajamos la tonalidad aquí, hará que la transición sea más natural.
Él la miró con admiración y le acarició la mejilla.
—Me encanta cómo piensas en la música.
Marina sintió que su pecho se llenaba de calidez. Siempre había soñado con un amor así, con alguien que compartiera su pasión, que la entendiera.
Él besó su frente con ternura y luego su teléfono sonó.
Ella no se preocupó cuando vio fruncir el ceño. No se preocupó cuando se levantó y dijo:
—Voy a atender esto afuera. Es importante.
Marina siguió revisando la melodía mientras él salía al balcón. Se permitió imaginar el futuro que estaban construyendo juntos. Un contrato con la disquera, un álbum en el que compartirían créditos, conciertos, una vida juntos.
Pero al día siguiente, la ilusión se hizo trizas.
Se despertó con un mensaje de una amiga:
"Enciende la televisión. Ya salió la entrevista de él."
Marina, aún adormilada, tomó el control remoto y subió el volumen justo cuando la conductora decía:
—"Estos son mis temas más personales. Cada palabra, cada nota, cada emoción es parte de mí. Este disco es lo más sincero que he hecho."
Marina se quedó inmóvil.
Él estaba ahí, en la pantalla, sonriendo con esa misma expresión encantadora que usaba para convencerla de todo.
Pero en los créditos del álbum no estaba su nombre.
No había una sola mención a ella.
Se llevó la mano a la boca, sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos.
Había confiado en él. Había compartido su alma en cada una de esas canciones. Y él, sin remordimiento alguno, se había llevado todo.
La música.
Los sueños.
Su amor.
Y la había dejado con nada.
(Fin de Flashback)
Marina parpadeó, de regreso en el estudio, con un escalofrío recorriéndole la piel.
Se levantó de golpe, su respiración acelerada, sintiendo el mismo pánico que aquella mañana cuando vio la entrevista.
Lucas aún no había vuelto.
Marina se pasó una mano por el rostro y trató de calmarse.
No es lo mismo. No puede ser lo mismo.
Pero entonces la puerta del estudio se abrió, y ahí estaba él.
Con la misma sonrisa despreocupada con la que su ex había regresado al departamento aquella noche.
—¿Todo bien? —preguntó Lucas, dejándose caer en el sofá, como si nada hubiera pasado.
Marina sintió un nudo en el estómago.
—Sí —mintió.
Pero en su interior, algo había cambiado.
La sombra del pasado se instaló entre ellos, enredándose en su pecho como una advertencia.
Si Lucas la traicionaba, si de alguna manera le hacía lo mismo que su ex…
No lo perdonaría.
***
(Desde el punto de vista de Lucas )
Lucas miró la pantalla de su celular, sintiendo cómo la frustración le quemaba el pecho. Los mensajes de la disquera seguían llegando uno tras otro, cada vez más insistentes.
Ortega: "Tienes que ir a la cena, Lucas. Es parte del contrato. No puedes seguir desapareciendo cuando te da la gana."
Víctor: "No hagas locuras, Lucas. Si sigues con esta actitud, te vas a quedar sin nada. La canción es importante, pero no puedes desafiar a la disquera así. Yo voy a hablar con ellos, pero haz lo que te toca. Preséntate esta noche. La prensa tiene que verte."
Ortega: "Isabela también estará allí. Es lo que el público espera. La pareja perfecta en pantalla. No arruines la imagen que construimos para ti."
Lucas apretó la mandíbula. No quería estar en esa cena. No quería estar rodeado de ejecutivos falsos, de cámaras buscando la foto perfecta, ni mucho menos de su exnovia, que seguramente aprovecharía cada segundo para mostrarse cariñosa con él.
Pero si no asistía, la disquera haría su vida imposible. Y lo peor es que sabían que lo tenían atrapado.
—Carajo… —murmuró, pasándose una mano por el cabello.
Víctor: "Lucas, te lo pido por favor. Solo es una cena. Haz tu parte, sonríe, brinden y ya. Después puedes hacer lo que quieras con tu disco."
Lucas dejó caer el teléfono sobre la mesa y cerró los ojos por un momento.
Ojalá pudiera contarle esto a Marina.
Ella lo entendería, ¿no? Ella sabría que él no quería estar ahí, que lo estaban obligando a interpretar un papel que nunca le había gustado.
Pero Marina no tenía por qué soportar esto. No era justo para ella.
Y por eso, no le dijo nada.
Porque aunque no tenían nada, aunque su relación solo giraba en torno a la música, ella significaba demasiado.
Lucas llegó al restaurante de lujo con una sensación de incomodidad clavada en el pecho. Los flashes de las cámaras explotaron en cuanto bajó del auto.
—¡Lucas! ¡Por aquí!
—¿Es cierto que estás trabajando en un nuevo disco?
—¡Isabela ya llegó! ¡Van a posar juntos?
Lucas ignoró las preguntas y avanzó con paso firme hacia la entrada. Solo tenía que sobrevivir unas horas.
Cuando entró al salón, ahí estaba ella.
Isabella.
Su exnovia, la estrella pop fabricada por la disquera, la imagen perfecta de lo que se esperaba de él.
Se veía espectacular, como siempre. Vestido ajustado, sonrisa ensayada, ojos brillantes que sabían dónde posar para cada cámara. Pero Lucas ya no la veía como antes.
Ella se acercó con la seguridad de quien sabe que tiene la atención de todos.
—Lucas —dijo con una sonrisa coqueta—. Qué gusto verte otra vez.
Lucas solo asintió, sin ánimos de fingir más de lo necesario.
—Isabella.
Ella se inclinó levemente y le tocó el brazo con demasiada familiaridad.
—Hace tiempo que no coincidimos, ¿no crees? Extraño nuestra química.
Lucas sintió un escalofrío de incomodidad.
—Solo estamos aquí por la disquera —respondió en voz baja, sin devolver el gesto.
Isabella soltó una risa suave y se inclinó un poco más cerca.
—¿Y qué tiene de malo aprovechar la noche? Vamos, Calderón, diviértete un poco.
Lucas apretó los dientes.
Sabía lo que estaba haciendo.
Sabía que las cámaras estaban grabando cada gesto, cada mirada, cada maldita copa de vino que él tocara.
Y entonces, ocurrió lo inevitable.
El sonido de los flashes y el murmullo de los periodistas se intensificó cuando un camarero sirvió dos copas de champán en la mesa principal.
Isabella tomó una y alzó su copa hacia Lucas.
—Vamos, brindemos. Por los viejos tiempos.
Lucas tragó saliva. No tenía opción.
Si no brindaba con ella, los titulares al día siguiente serían sobre su supuesta arrogancia, sobre cómo se estaba volviendo "problemático".
Si lo hacía… Marina lo vería.
Y lo va a malinterpretar seguro .
Lucas apretó la copa con fuerza, sintiendo cómo el estómago se le retorcía.
La imagen de Marina apareció en su mente en ese instante.
Su expresión al leer los titulares, su decepción, su rabia al pensar que él le había ocultado todo.
Porque eso era lo peor. No quería mentirle a Marina.
Ella era la única persona en ese mundo de mentiras con la que no quería fingir.
Pero ya era tarde.
Sonrió para las cámaras, levantó su copa y brindó.
Por la disquera.
Por la imagen falsa.
Por la mentira que estaba a punto de lastimar a la única persona que realmente importaba.