Confiar o no confiar. Ahí radicaba el dilema al estilo shakesperiano. A medida que trascurría el tiempo sin tomar una decisión, el tic tac del reloj de pared repiqueteaba en el interior de mi cerebro. Apenas lograba conciliar el sueño. Un leve crujido de la cama me recordó lo pesado que se tornaba mi cuerpo. En poco tiempo, dejaría de bajar las escaleras y me quedaría enclaustrada en mi habitación, como le sucedió a la difunta tía Petra. Igual que ella, portaba en mi ADN los genes de la gordura crónica.
Me levanté a las dos de la madrugada y releí el correo de Bryan José unas veinte veces. La tentación me turbaba. «Di que sí», resonó una voz en mi cabeza. Mordisqueé mis labios con rudeza, sin contemplaciones. Estaba consciente de que si no aceptaba de inmediato, el estrés me produciría una úlcera.
Me acerqué a la ventana y abrí los cerrojos para inhalar una bocanada de aire puro. El sereno de la noche se coló en el interior de mi habitación y, con él, una presencia que me sobrecogió. De vez en vez, la sombra distorsionada de un pájaro alado se dibujaba en el suelo. A pesar de que intentaba convencerme de que debía ser una lechuza en proceso de cacería, me apresuré a encerrarme. Prefería respirar una atmósfera viciada antes de batallar contra mis miedos.
─Los fantasmas no existen ─Me repetí en alta voz para acallar mis nervios.
Estaba hipersensible. Lo más mínimo me llevaba del llanto a la risa y de la risa al llanto. Nada que no se curase con un enamoramiento exprés.
Tal como me enseñó mi madre, algunos años atrás, tomé mi bolígrafo color rosa para realizar una lista de pros y contras.
Cosas a favor de aceptar una cita con Bryan José:
-El encierro me mata. El día que se va, no regresa. Las oportunidades son calvas con un solo pelo.
Comprendí que desarrollaba una misma idea con diferentes vertientes. Ya no soportaba la soledad. Si continuaba conviviendo con el tío Andrés y la prima María Rosa, moriría de aburrimiento.
Pasé a un segundo punto para no dar de largas al asunto.
-Él estaba hecho a la medida, como plátano para sinsonte.
-Y… Bueno, porque me daba la gana.
Los contras los dejé en manos de María Rosa. Ella era el ácido acético de la familia. Con razón, a los treinta años de edad, nunca había tenido un novio formal. Aunque algo de lógica albergaba su explicación, yo preferí tapar el sol con un dedo.
─Iré a pesar de que se me vaya la vida en el intento. No terminaré igual a la tía Petra, envuelta en grasa. Me buscaré un novio hoy mismo. ─Mi imagen en el espejo se tragó mis gritos.
Caí exhausta en la cama, como una piedra. Supongo que mis ronquidos removieron los cimientos de la edificación; pero descansé hasta que me despertó el sonido de un portazo distante. Mi familia no me permitía ser feliz. Además de que se me habían acoplado en la casa que heredé de mis padres, se empeñaban en comerse mis alimentos y tronchar los ratos de ocio.
El mal genio me impulsó escaleras abajo y el olfato me alejó de los calderos ¿Qué estarían cocinando esos dos buenos para nada a las doce del mediodía? ¿Carne de cerdo, arroz moro y yuca con mojo? No, demasiado trabajo. El fogón bostezaba de aburrimiento. Si no lo prendía yo, almorzaríamos chucherías hasta reventarnos.
─Aquí no huele a comida ─refunfuñé sin dejar de mirarles con el ceño fruncido.
Sin embargo, ellos no se intimidaban con facilidad.
─Es que recién llego. El trabajo me ha mantenido liado. Ha surgido un imprevisto.
Las excusas de mi tío eran inadmisibles. Él ha estado en el paro desde que tengo uso de razón. Apostaría todo mi dinero a que ese «imprevisto» tenía unos senos de película.
Si algún día asesino a mi familia, espero que la narración de estos hechos me sirva de atenuante. Pocas personas, luego de tantos percances, mantendrían la cordura.
─Entonces, espero que aportes una buena cantidad de dinero. Estamos a fin de mes y ya no puedo mantener los gastos de la casa sin ayuda.
Extendí la mano aunque siempre he sabido que con él no vale la pena ilusionarse. A pesar de que desde hace mucho tiempo es un adulto, actuaba como un crío egoísta. Se suponía que cuando mis padres murieron en un accidente automovilístico, él se mudaría a mi casa para colaborar con mi estabilidad psíquica y mi educación; pero las cosas nunca salen como se planifican. Su compañía solo me aportaba dolores de cabeza y descalabros en el bolsillo.
─Me pagarán cuando el trato se haya firmado. Ya sabes cómo son las trasnacionales. Lo de ellos va primero, segundo y tercero. Luego, se ocupan de los empleados. No sé si te he explicado…
Dijo una sarta de sandeces que ni él se creía, un blablablá incoherente repleto de errores de fechas y cifras estadísticas. Cualquier niño de teta le hubiese descubierto la mentira. Yo me callé, para no meterme en una larga longaniza de explicaciones sin un final a la vista. Protestase o no lo hiciese, él siempre ganaba.
─Aún usas la misma ropa de anoche. ─María Rosa se le acercó para borrarle del cuello de la camisa una mancha rojiza.─ ¡Madre del Verbo, si es carmín de labios! Al parecer, te topaste con unas empresarias muy cariñosas.
¡Desvergonzado! ¡Cómo se atrevía a mirarnos a la cara e inventar toda clase de embustes! Cuando abrí la boca para soltar una palabrota, me entró un mensaje de texto.
─¡A callar! ─Mi incertidumbre excedió mi raciocinio.
Casi sin pretenderlo me introduje la uña postiza de uno de mis índices en la boca. Mordisquearla era relajante y peligroso. El acrílico me hizo una rajadura en la lengua.
Grité en inglés, francés y hasta en ruso. Si de protestar se trataba, yo era políglota.
─Ni me cuentes. El chico del nombre falso te ha mandado su foto real. ¿A qué es calvo, cincuentón y le faltan dos dientes? ─A María Rosa se le salió una carcajada.
─¿Qué tiene de malo ser calvo? ─tartamudeó tío Andrés.
Cualquier parecido con la descripción no era coincidencia. María Rosa le había hecho un retrato hablado.
Por más que mi prima tratase de desvirtuar a mi admirador, esta vez no dio en el blanco. No recibí una foto de un compañero de estudios de mi bisabuelo ni la confesión de un asesino en serie, sino una nueva invitación romántica.
Si doy el alma en un beso, ¿será un alma, o será un beso?
Bryan José
Muy oronda, la leí en alta voz, con perfecta dicción.
─Psicópata romántico con pintas de asesino en serie. Por concepto, regresamos al tema de la muerte. ¡Qué reiterativo! Si él entregara el alma, dejará de vivir.
¡Válgame con la cantaleta! Dios, si nazco de nuevo, permíteme ser huérfana de parientes.
Disfruté el momento hasta que la lengua de María Rosa lo hizo trizas. Siquiera pidió permiso para expresar su opinión. La dijo de ramplón, sin darme tiempo a callarle con un sopapo.
─Di que sí a ese friki y pon el almuerzo. Estoy reventado del cansancio, pero me muero de hambre.─ Con un hondo suspiro, tío Andrés colocó el punto final a la conversación
Tiró un mordisco al aire, con tan mala suerte que fue a parar al lateral de mi brazo izquierdo. Chillé, no solo a causa del dolor, sino porque el moretón me haría usar ropa de manga larga durante unos días.
─¡Carnívoro insensible! Entérate de que esto que tienes parado en frente es una persona.
Se notaba más turbado que de costumbre. ¿La cita de la noche anterior habría tocado su corazón o sería a causa de la hipoglucemia?
─El almuerzo, please ─María Rosa giró los ojos hasta ponerlos en blanco.
Odiaba escuchar las palabras en otros idiomas que ella utilizaba para hacerse la sabionda. Por muy psicóloga que fuese, igual no conseguía trabajo.
─Pues arréglenselas como puedan, que esta idiota se va a un restaurante ─Mis ojos desprendieron fuego a pesar de que intenté regular mi mímica facial. Fui mala y lo reconozco, pero estaba harta de mantener a dos vagos. Con la mayor sonrisa fingida del mundo, agarré mi cartera y me aproximé a la puerta. ─Cuando regrese, quiero encontrarme la ropa limpia y doblada encima de la cama. Hace más de un año que ninguno de ustedes pone la lavadora. Dentro de ella hay gusanos del tamaño de dinosaurios.
─¡No puedes irte! ─Las palabras de Andrés chocaron con la madera de la puerta. ─Afuera hay COVID-19. Te infectarás.
Otra gran verdad que funcionaba en un solo sentido. Él salía noche tras noche y deslizaba sus labios sobre los sitios más impúdicos de su amante de turno. Su vida libertina nos exponía a todos. Tampoco consideraba peligroso que yo estuviese en la escuela ocho horas diarias en frente de mis alumnos si conseguía dinero y colocaba tres platos sobre la mesa.
La áspera sacudida de su egocentrismo hizo vibrar mi pecho. Sin voltear la cabeza, corrí a la calle. Hubiese debido alegrarme. En cambio, mi corazón peleó contra mi conciencia y alcanzó la victoria. Por más que me llenaba la boca para declarar mi casa libre de okupas sinvergüenzas y vagos, en el fondo les amaba.
Cada suculento manjar que tragué tropezó con las espinas de mi garganta. Agarré una botella de vino francés y llené mi copa hasta el borde. Era preferible atiborrar mi cabeza de mosto que continuar tropezando con mi incertidumbre y el cargo de consciencia.