Luego de haberme tomado varias copas de vino, encontré las fuerzas para responder a Bryan José. Descubrí en el celular tres mensajes suyos con rimas bastantes cutres. Aunque él se esforzase, poeta jamás sería. De ese modo, descubrí que mi perfecto pretendiente también tenía trazas de imperfección.
Llamé a un camarero para que ayudase a responderle. Tal como andaba mi dismetría, confundiría la S con la M y vería la X doble.
Esa noche quedamos a las ocho en punto en el bar Paradise or Hell. Iríamos a uno de los centros nocturnos más famosos de la ciudad aunque me fuese necesario utilizar diez caretas antiCOVID. ¿Por qué no? Como diría mi madre, la peor gestión es la que no se hace.
Faltas de ortografías no hubo gracias a la gran propina que se ganó el camarero. Romanticismo tampoco. No me fingiría enamorada de una foto virtual con un párrafo adosado. Eso era cuánto conocía de Bryan José, así que andaría con cautela.
Pronto recibí un gran emoji con corazones rosados voladores. Justo lo que se esperaría de un idiota cursi, pero estaba tan bueno, que se me hacía la boca agua. Al parecer, Cupido se había acordado de mi existencia.
Mucho antes de la hora señalada, comencé con los preparativos. Componer mi pelo nunca ha sido un negocio sencillo. Quiso el destino que me tocase en la ruleta de la suerte una variedad de soga gruesa que precisaba queratina, planchado y hasta lo no imaginado. Luego, fue el turno de hacerme las uñas. Me costó decidirme entre dos tonos de color rojo aparentemente iguales, pero yo sabía que en el cuidado de las pequeñeces radica la sublime perfección.
Terminé justo a las 7:52 minutos. Apenas había tenido tiempo para pensar, y lo prefería así. Nunca me ha agradado llenar mi cabeza de pájaros.
Encendí un cigarrillo y lo apagué sin aspirarlo. Ir con tufo a nicotina a la primera cita no me pareció adecuado. Recordaba haberme presentado a la aplicación como una persona ecuánime, no fumadora y puntual. No quería echarlo a perder.
Deslicé mi mano dentro de la cartera; una, dos, tres veces antes de lanzar un chillido considerable. ¿Y la llave de mi auto?
─Por Dios, piensa Diana ─Me espeté en alta voz.
Los locos siempre han andado sueltos por las calles de esta ciudad. Yo era uno de ellos.
¿En qué sitio habría puesto ese diminuto artefacto llamado llavero? Eché una rápida ojeada a la mesa del recibidor, a las encimeras de la cocina y bajo la cama. Cuando se me agotaron los lugares lógicos, busqué en el interior del congelador y dentro de la lavadora, que por casualidad estaba vacía. Creí que mi parentela, para variar, había respetado mi ordenanza, pero otra vez me equivoqué. Solo mudaron la ropa sucia al interior del horno. Sí, también busqué en ese sitio. No hay razones para asombrarse. Ya he dicho que estoy algo desquiciada.
─¡Mi llave! ─vociferé en lenguas espectrales.
No podía ser posible que, tras tanto batallar contra el destino, me quedase sin mi cita.
─Deberías calmarte, los infartos están de moda ─dijo mi prima.
¡Por supuesto que sí! Habitábamos en un mundo de obesos sedentarios. En ese sentido, ella vivía despreocupada. ¡Cómo ni engordaba una libra tras zamparse una ballena! La naturaleza le había dado el don de ser un fideo con apetito de leona.
Después de bufar al estilo toro del ruedo, tiré a un lado mis responsos y continué buscando en los lugares más inadmisibles aunque ya sin esperanzas.
─Ahora recuerdo que el tío Andrés te anduvo en la cartera luego de que regresaste del restaurante. Deberías cerciorarte de que tu automóvil esté parqueado en el garaje antes de perder más tiempo.
La imperturbabilidad de María Rosa me perturbó. ¿Comprenden el juego de palabras? Yo sí, pero no me pareció gracioso.
En efecto, descubrí que mi medio de transporte había desaparecido a solo cinco minutos de la cita programada. Con buena suerte, gastaría el salario de una semana en un viaje en taxi. Tan pronto como me recuperé de la conmoción, volé a la puerta a una velocidad supersónica que daría envidia a un corredor de cien metros planos y también a uno de carrera con obstáculos; porque en el trayecto salté las dos butacas, el sofá y el cesto vacío de la ropa sucia, que por razones incomprensibles se hallaba en el salón.
Ya en la puerta principal, descorrí los seguros e intenté abrir la cerradura. Claro que para eso necesitaba ese objeto no identificado que volaba ausente alrededor de mi cabeza: la llave.
─Ese idiota nos ha dejado trancadas. No hay manera de salir a la calle ─me ratificó María Rosa─. Lo he intentado antes.
Mi ira escaló los niveles permisibles y se acomodó más allá de las nubes.
─¡AHHHG!
En vano vociferé en letras mayúsculas, utilicé las malas palabras y ofendí a mi abuela por haber parido a un imbécil con patas y sin cerebro.
─Berrear no te ayudará a resolver los problemas.
María Rosa empleó su tono de voz pasivo. Sentí pena por sus futuros pacientes y por mí, que me la tenía que zumbar por la eternidad.
─¿Es que no te interesa mi sufrimiento?
─Por supuesto que sí, pero no más que comer un pote de helado de chocolate. Hay en el congelador. ¿Te traigo uno?
Me dejó boquiabierta. ¿Por qué se iba? ¡Siquiera fingía empatía y se hacía llamar psicóloga! Tiempo no tenía, pero me sobraba para vengarme.
Con velocidad supersónica, me desplacé hacia el refrigerador. Cogí los tres potes de helado que allí había, los abrí y los tiré al fregadero. Disfruté ver cómo el agua los diluyó hasta convertirlos en un fango poco apetitoso.
─Listo. Los he comprado yo, y son para mí o mis amigos. Basta ya de hacer el tonto. Si quieres vivir de gorrona, consigue tus cosas.
Al fin, el karma me sonreía, ¡a las ocho y diez! Me despedí de Bryan José mentalmente. Él nunca me daría una segunda oportunidad. Se avizoraba otra noche aburrida y, lo peor, sin tomar helado de chocolate.