Todos me miraban. Seguía odiando ser el centro de atención, pero Mariano había insistido en invitar a nuestra boda a unos accionistas de la empresa, a unos que según sus palabras, eran los más importantes. Tragué saliva y tomé el brazo de mi padre, quien hasta ese minuto se había mantenido callado, mirándome analítico. Desde que le informé de mi compromiso, sólo me había preguntado cómo estaba, y qué debía hacer él para colaborar. -¿Todo bien, mi niña?- Otra vez la misma pregunta. -Sí, papá.- Otra vez la misma respuesta. -Entonces vamos allá.- Me quedé pegada al suelo, por lo que mi padre tuvo que casi empujarme a caminar. Sonreí, tal como había ensayado desde pequeña, aunque tenía la sensación de que precisamente hoy no era muy creíble. A cada paso que daba, más miradas se centrab

