Nyxara llevaba varios minutos pasando las páginas con delicadeza, deteniéndose en dibujos antiguos, letras casi borradas por el tiempo… cuando algo llamó su atención.
Un susurro visual, por así decirlo.
Una página que parecía más gastada que las demás, como si muchas manos la hubieran tocado antes.
Las letras estaban escritas con tinta oscura, y el borde tenía un símbolo: una espiral que terminaba en un rayo dorado.
Nyxara sintió un escalofrío.
No sabía por qué, pero ese símbolo le resultaba inquietantemente familiar.
Con cuidado, comenzó a leer.
La frase estaba en una lengua antigua…
pero su mente la entendió sin necesidad de traducirla.
“Cuando un dragón cae del cielo, su alma queda dividida.
Y sin memoria, vaga entre mortales como un corazón incompleto.”
Nyxara sintió que el estómago se le apretaba.
Siguió leyendo, con el pulso acelerado:
“Para regresar, debe encontrar aquello que perdió antes de caer.
Pues sólo el eco que habita en otro corazón
puede despertar su verdadero nombre.”
Su respiración se detuvo.
Sintió el pecho arder, como si esas palabras hubieran despertado algo dormido dentro de ella.
—¿Regresar…?
¿Encontrar… un corazón? —susurró.
El fuego en su interior vibró, leve pero perceptible.
El mundo pareció inclinarse por un segundo.
Como si algo dentro de ella dijera:
Esto eres tú.
Esto fue tu historia.
Esto será tu destino.
Pero no recordaba nada.
Solo fragmentos de su sueño.
La luz dorada.
Una voz sin forma.
Un sentimiento de pérdida.
Un nombre inexistente que le quemaba la lengua.
Una mezcla de miedo y esperanza la atravesó.
—¿Y si… yo…?
Pero no pudo terminar la pregunta.
Las letras del libro parecían moverse, como si la página respirara.
Nyxara lo cerró de golpe, con el corazón desbocado.
No sabía qué significaba exactamente.
No sabía si ese pasaje hablaba de ella.
Pero algo en su pecho vibraba como un tambor antiguo.
“Sólo el eco que habita en otro corazón…”
Y sin querer, su mente pensó en Kael.
En sus manos fuertes.
En su voz cuando la llamaba “Natasha”.
En el beso en la cascada.
En cómo decía que su corazón la extrañaba.
El rubor la incendió por completo.
Elin entró sin tocar, como hacía siempre cuando traía un mensaje urgente. Nyxara pegó un pequeño salto, aún con el libro cerrado entre las manos.
—Mi lady —dijo Elin con una sonrisa leve, casi cómplice—, Lord Kael me pidió que le dijera que la espera en el jardín.
El libro casi se le cayó a Nyxara.
—¿En… el jardín? —preguntó con la voz más suave de lo habitual.
—Así es —dijo Elin, disfrutando cada segundo de la reacción de Nyxara—.
Y dijo que fuera solo usted, que él… quería hablar con usted.
Elin remarcó las últimas palabras, y Nyxara sintió que su corazón daba un vuelco tan fuerte que le temblaron las manos.
Se puso de pie de inmediato.
—¿Cómo… cómo me veo? —preguntó con desesperación adorable.
Elin soltó una risa dulce.
—Mi lady, usted siempre se ve hermosa, pero permítame…
Se acercó y con dedos ágiles le acomodó la trenza, soltando algunos mechones suaves alrededor del rostro.
—Así… parece que la luz la sigue.
Nyxara se sonrojó hasta las orejas.
—¿Crees que… él…? —no pudo terminar la frase por la vergüenza.
Elin, que sabía leer corazones mejor que libros, respondió con ternura:
—Creo que Lord Kael piensa en usted más de lo que se permite admitir.
Nyxara sintió una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo, un calor dulce en el pecho, una emoción que parecía magia.
—Ve, mi lady —sonrió Elin—. No lo hagamos esperar.
Nyxara salió casi corriendo del cuarto, sosteniendo la falda para no tropezar.
Atravesó los pasillos del castillo con los nervios latiéndole en las manos.
Cada paso parecía un latido.
Kael la espera.
Kael pidió verla.
Kael quiere hablar con ella.
Las palabras se repetían como un canto dentro de ella.
Cuando llegó al arco que daba al jardín, se detuvo un segundo, respiró hondo y se tocó el pecho.
La energía que sentía era intensa, vibrante, como si todo su interior respondiera al nombre de Kael.
Avanzó.
El jardín estaba silencioso, bañado por el sol suave de la mañana.
Y ahí, junto a la fuente, con la espada apoyada en la cadera y los brazos cruzados, estaba Kael.
Al verla, su postura rígida se suavizó, como si todo el mundo dejara de presionarlo.
Sus ojos la recorrieron lentamente… y algo en ellos se encendió.
Nyxara sintió que todo el aire abandonaba su cuerpo.
Nyxara avanzó por el sendero del jardín con el corazón latiéndole tan rápido que parecía querer adelantarse a su cuerpo. La luz filtrada por las hojas hacía brillar su piel, y sus pasos eran ligeros… tal vez demasiado.
Porque, en cuanto vio a Kael dar dos pasos hacia ella…
tropezó.
No fue una caída fuerte, solo un pequeño tropiezo adorable, pero suficiente para que un jadeo escapara de sus labios.
Kael reaccionó más rápido que un rayo.
La sujetó de la cintura con ambas manos, firme, segura, como si su cuerpo estuviera hecho para sostenerla.
El contacto fue tan repentino que Nyxara quedó atrapada entre su pecho y su respiración cálida.
—K-Kael… —susurró, sin poder mirar a otro lado que no fueran sus ojos azules.
Él la sostuvo un segundo más, quizás dos, quizás un poco más de lo necesario.
Su mano en su cintura era tan cálida que Nyxara sintió un cosquilleo recorrerle la espalda.
Kael bajó la mirada hacia ella, esa mirada intensa que parecía atravesarla.
—Te dije que no te dejaría caer nunca —murmuró, con una voz que vibraba entre promesa y algo más profundo.
Nyxara sintió que en su interior algo se encendía.
Kael la soltó lentamente, como si su cuerpo no quisiera dejarla ir, y dio un paso atrás con un intento de compostura.
—Ven —dijo aclarando la garganta, intentando recuperar su seriedad habitual—.
Tengo un descanso y… quería pasarlo contigo.
Esas últimas palabras, dichas en voz más baja, hicieron que el estómago de Nyxara se llenara de mariposas.
Ella asintió, incapaz de ocultar la sonrisa que le iluminó el rostro.
Caminaron juntos hacia el kiosko del jardín.
La estructura estaba decorada con cortinas ligeras movidas por la brisa, y sobre una mesa redonda un par de sirvientes habían dejado jarras de jugo fresco, copas de cristal y un plato con fruta cortada.
Kael, que normalmente parecía una estatua de mármol en su rigidez, caminaba a su lado un poco más lento, como si quisiera alargar el momento.
Al llegar, uno de los sirvientes se inclinó.
—Mi lord, todo está listo.
—Gracias. Pueden retirarse —respondió Kael, sin apartar la mirada de Nyxara.
Cuando quedaron solos, el silencio del jardín los envolvió con una intimidad suave.
Kael tomó una jarra y sirvió jugo en dos copas.
Sus manos, tan fuertes en batalla, eran sorprendentemente cuidadosas cuando hacían algo para ella.
Le extendió la copa.
—Para ti.
Sus dedos rozaron los de Nyxara apenas un instante… pero ambos lo sintieron como un trueno en el pecho.