No entendía aquel sentimiento, tenerlo todo y a la ver tener nada. Ni siquiera sabía como aquello era posible.
Connor observó a su tía, felicitándolo por su nuevo logro en la empresa, pero él no podía pensar en nada más que en Barbara, en su Barbie. Le había hecho tanto daño que le parecía raro que ella no quisiera saber nada de él.
—Muchas gracias, tía.
El hombre suspiró, alejándose de la escena en donde él era el centro de atención.
Decenas de mujeres preciosas le habían echado el ojo aquella noche, pero su mente solo podía pensar en una sola. Se sentía enfermo.
Connor negó, de repente casi frenético. No podía durar un día más así, algo debía de pasar.
Y como si la vida lo estuviese escuchando, en la gran televisión de su sala, empezó a reproducirse una noticia acerca de Barbara, se decía que hoy tendría su primera entrevista formal con la policía.
El simple hecho de imaginar a Barbara en la cárcel le resultaba enfermizo.
Quería ayudarla, pero ella no se dejaba.
Por otro lado, Barbara se preparaba para enfrentar a la policía.
Más nerviosa que nunca, apenas podía contener las lágrimas.
Marcos, su amigo, había ido allá para maquillarla, pero ella no dejaba de llorar.
—Así no podemos, Barbara.
—Lo siento, creo que es mejor sin maquillaje.
—Claro que no. Barbara, vas a salir de esta, como una triunfadora.
Marcos era una de las pocas personas que sabía que ella no había cometido aquel crimen, lastima que nadie lo tomaba demasiado en serio por ser homosexual. Aquello le enojaba a Barbara, que se burlaran de su amigo, que lo rechazaran.
—Iré al baño.
Marcos asintió cuando vio a Barbara irse, empezó a recoger sus utensilios cuando de repente vio una llamada en el teléfono de su amiga de toda su vida.
Era de un numero desconocido, pero ambos tenían la suficiente confianza como para tomar las llamadas de otros ya que no había nada que ambos se ocultaran.
—Barbara, necesito hablar contigo. Por favor. No me bloquees de este número.
—Lo siento, ella ahora está ocupada.
Cuando Connor escuchó aquella voz masculina desde el otro lado de la línea de Barbara no dudó en arrojar su teléfono al suelo de manera histérica.
Sus familiares e invitados se asustaron por el cambio tan repentino de humor.
—¡Lo mataré, a quien sea que es ese, lo mataré!
Sin prestar atención a las palabras que nadie decía, decidió correr hasta su auto emprendiendo camino hacia la casa de Barbara.
—¡Ella es mía, mía!
Marcos se encogió de hombros y dejó el teléfono sobre la cama, sin saber el odio que había despertado en el corazón de Connor.
Barbara salió del baño, ya había secado sus lágrimas. Estaba lista para enfrentar a todos aquellos policías.
—El taxi debe de haber llegado —dijo Marcos, a lo que Barbara asintió.
Ambos se montaron en el auto y se fueron, pocos instantes después de aquello, Connor llegó, ebrio de la rabia.
Corrió hacia la casa de Barbara, tocando la puerta descontroladamente, no podía concebir la idea de ella estando con otro hombre. Sabía que no era correcto lo que pensaba, lo que sentía, pero lo hacia sentirse loco el hecho de pensarla con otro.
—¡Ábreme, sé que estás ahí! —Connor seguía insistiendo, casi rompiendo la puerta pero nadie respondía—. ¡No puedes esconderte para siempre! —La voz de Connor se rompía de la rabia—. ¡Te juro que me voy a vengar! ¡Esa es la razón por la que no quisiste intentar conmigo! ¡Por otro hombre!
Por más que tocó, nadie la abrió la puerta.
Connor estaba hiperventilando.
Por más que la quisiera ver feliz, no quería verla siéndolo con otro hombre.
—Eres mía, Barbara. Te lo demostraré las veces que necesites.
Él mismo sabía que aquello era una amenaza.