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1147 Words
Más de veinte llamadas perdidas. Una cascada incesante de notificaciones brillaba en la pantalla del teléfono, como un coro de lamentos que imploraban su atención. Había mensajes cargados de súplicas, voces de su familia que le rogaban desesperadamente una señal de vida, una mínima respuesta, una palabra que confirmara que seguía allí, que aún estaba respirando en algún rincón del mundo. Pero a él no podía importarle menos. Nada de eso tenía peso. Nada, salvo ella. La obsesión lo consumía como un veneno. El paradero de Bárbara era la única coordenada de su existencia, lo único que aún justificaba el latido frenético de su corazón. Desde la noche anterior, Connor se había transformado en un espectro errante. Sus pasos lo habían llevado por cada rincón donde una vez compartieron risas y promesas, recorriendo como un penitente las huellas fantasmales de un pasado que ya no existía. Vagó por las calles que antes recorrían tomados de la mano, entró en los cafés donde el eco de su risa todavía parecía flotar entre las tazas abandonadas, volvió al parque en el que, con voz quebrada, le había jurado amor eterno. Pero todo estaba vacío. Todo era polvo y ausencia. Solo quedaba el eco de lo perdido. La certeza cruel de lo irrecuperable. Aquello era lo que más le dolía: no solo la pérdida, sino el saber que podía ser reemplazado, que en el mundo de Bárbara su ausencia no significaba un cataclismo, que ella podía seguir respirando mientras él se asfixiaba. Ese pensamiento lo atravesaba como una estaca, pero aun así, se negaba a rendirse. Ciego de obstinación, se instaló en la puerta de su casa, sentado en el umbral como un perro abandonado que aguarda el regreso de su dueño. Se convencía de que ella no podría resistir dormir lejos de su cama, de que no era posible que pasara una noche entera afuera sin dar aviso. Tarde o temprano, debía regresar. «En algún momento va a volver», se repetía, tantas veces y con tanta fe, que llegó a creérselo. La noche se fue desangrando en silencio. El amanecer lo encontró allí, con los ojos enrojecidos, el cuerpo entumecido y el alma hecha jirones. El frío había calado hasta sus huesos, pero la esperanza seguía incandescente en su pecho, cruel y obstinada. El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando, tras horas de lucha contra el cansancio, sus pestañas empezaron a pesarle como cadenas de plomo. Un timbre interrumpió su letargo. El corazón le dio un vuelco, estallando con violencia dentro de su pecho. ¿Sería ella? ¿Al fin? Pero no. Era su madre. La misma que lo había llamado una y otra vez, sin descanso, durante toda la noche. La que debía estar al borde de la desesperación. Connor se humedeció los labios agrietados y contestó, con la voz quebrada como cristal. —Mamá… —¡Connor! ¡¿Dónde estás?! ¡Estaba a punto de llamar a la policía! —No te preocupes, mamá. —¿Cómo me vas a decir que no me preocupe? ¡Te desapareciste! ¡Estás completamente fuera de ti! —Estoy bien. Solo… estoy esperando a alguien. —Connor, ¿en dónde estás? —Te lo acabo de decir. Estoy esperando a alguien. —¿A quién? El silencio se hizo un instante, pesado, doloroso. —A una persona que tiene mucho que explicarme. Y colgó. Sin más. Dejó que el teléfono se apagara en su bolsillo, como si aquello cerrara también cualquier lazo con el mundo que lo reclamaba. Se abrazó a sí mismo, temblando, tratando de protegerse del frío de la mañana. El sueño le mordía los párpados, un enemigo insistente que lo quería arrastrar al olvido, pero su terquedad era más poderosa. O eso creyó. «Solo cerraré los ojos un instante... solo un instante, en lo que ella regresa.» Pero el instante se convirtió en un letargo profundo. Pero el instante se convirtió en un letargo profundo. ……… —Párese donde pueda, por favor —pidió Bárbara al taxista, con una voz teñida de nerviosismo. El hombre obedeció sin hacer preguntas. Ella y Marcos descendieron del auto. La entrevista con la policía había sido una tortura. Un desfile de preguntas incisivas que no parecían tener fin. Había salido con un sabor metálico en la boca, como si cada palabra le arrancara un pedazo de su estabilidad ya quebrada. —Tengo que actuar rápido —murmuró, con los dientes apretados, casi para sí misma, aunque sabía que su amigo la escuchaba—. Me van a interrogar otra vez esta tarde. —Todo saldrá bien —respondió Marcos, con un tono suave, una calidez que contrastaba con la tempestad que ella cargaba dentro. Mientras hablaba, le tomó la mano, entrelazando sus dedos como si quisiera prestarle algo de su calma. Avanzaron juntos hacia la entrada de la casa, y entonces ocurrió. El golpe seco en el alma. La imagen que la detuvo en seco. —¿Connor? Su voz fue un cuchillo que atravesó el sueño de él. Connor abrió los ojos con un espasmo, como si le hubiesen arrancado el aire. La vio. Allí estaba. Bárbara. La mujer que había esperado con la fe de un condenado. Pero no estaba sola. Venía tomada del brazo de otro. La furia y la decepción se desbordaron en su pecho como lava. —¿Quién diablos eres tú? —escupió Connor, tambaleándose al ponerse de pie, los ojos ardiendo—. ¿Quién carajos es este, Bárbara? Ella lo miró con sorpresa, casi con horror, viendo el deterioro físico y mental marcado en sus facciones. —¿Pasaste la noche aquí...? —preguntó, con un hilo de voz que oscilaba entre la preocupación y la incredulidad. —Eso no importa. Lo que importa es quién es este tipo. ¿Me cambiaste por esto? —Vete de aquí, Connor —le ordenó ella, con una voz tensa, desgarrada entre firmeza y fragilidad. —¡¿Por él fue que me cambiaste?! —rugió Connor, la voz quebrándose entre la rabia y el dolor. —¡Llamaré a la policía si no te vas! —¡No me importa! ¡Respóndeme! —exigió, con el desespero marcado en cada sílaba—. ¿Por esto fue que me cambiaste? Bárbara tragó saliva, como si esa confesión fuese veneno. Lo miró fijamente, el corazón en un caos frenético. —Sí —mintió, aferrándose aún más al brazo de Marcos—. Este es mi nuevo novio. Connor sintió cómo se desgarraba algo profundo en su interior. —No... no... —balbuceó, con la voz temblorosa, los ojos abiertos de par en par—. ¡No, no! Y en un arrebato irracional, dominado por la desesperación, se lanzó contra Marcos, dispuesto a reducirlo a golpes, a destrozar con sus puños todo lo que le robaba lo único que aún lo mantenía vivo.
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