Todos en aquella habitación se quedaron en un silencio extremo. El aire era denso, casi irrespirable, como si de pronto se hubiese convertido en plomo. Las miradas cayeron de inmediato sobre ella. Bárbara sintió aquellas pupilas atravesándole la piel, diseccionando su alma, acusándola con un peso insoportable. Su respiración se volvió entrecortada, y lo único que logró hacer fue negar con la cabeza, una y otra vez, como una niña indefensa que trataba de escapar de un castigo injusto.
—¡Díganos dónde está el dinero!
El rugido del oficial retumbó en la sala. Sus palabras, cargadas de dureza, se estrellaron contra Bárbara como un martillo invisible.
—¡¿Acaso es estúpido?! ¡Es evidente que se trata de otra persona tendiéndome una trampa!
La voz de Bárbara se quebró en rabia. Sus puños golpearon con fuerza la mesa metálica, que devolvió un eco seco, como si la sala misma se burlara de ella. El oficial negó con la cabeza, implacable.
—¡De aquí no se va hasta que nos diga dónde está el dinero de verdad!
Bárbara tragó saliva. Sus labios temblaban y sus ojos se llenaban de lágrimas que luchaba por contener. El hombre frente a ella era demasiado serio, demasiado seguro de lo que decía, y eso la asustaba. Era como si ya la hubieran condenado.
—Necesito hacer una llamada.
—¿A quién va a llamar? ¿A su cómplice?
—Tengo derecho a hacer una llamada.
El oficial golpeó la mesa con el puño.
—Usted…
—¡Yo tengo derecho a hacer una llamada, no estoy bajo arresto! —chilló, histérica, con la garganta desgarrada—. ¡Ahora, iré a hacer una llamada!
El eco de su voz retumbó contra las paredes. Bárbara salió rápidamente de la sala de interrogatorios, sus pasos resonaban como disparos en el suelo frío.
—Persíguela —ordenó el oficial con tono seco.
Un par de agentes se levantaron de inmediato, aunque no corrieron tras ella. Sabían que no podía escapar. El edificio entero estaba rodeado de puertas cerradas, pasillos vigilados, y sobre todo, de miradas inquisidoras.
Bárbara caminó con el rostro endurecido, con el mentón en alto, mientras atravesaba aquel pasillo interminable. Podía sentir cómo todos los que la observaban la juzgaban en silencio. Los rostros que encontraba a su paso parecían cargados de desprecio, como si su sola presencia manchara el aire.
Cuando finalmente estuvo afuera de la sala, sus fuerzas la abandonaron. Se permitió liberar un río de lágrimas, gruesas y ardientes, que le corrieron por las mejillas sin control.
Con las manos temblorosas, sacó su teléfono. Marcó un número, el único que se le ocurrió en medio de la desesperación. Dudó en presionar el icono de llamada. ¿Era correcto? ¿Acaso no era él el último hombre al que debía pedirle ayuda? Pero no tenía más que hacer. Estaba sola, y lo sabía.
Del otro lado de la ciudad, Connor recibió la llamada. El nombre en la pantalla lo atravesó como un rayo, y contestó con prisa, con un tono que intentaba sonar calmo pero que estaba lleno de ansiedad.
—Te juro que no fui yo, Bárbara…
Ella lloraba tan fuerte que apenas podía sostener el teléfono.
—Connor, ven a buscarme —le imploró, con la voz hecha pedazos.
Él se irguió de golpe.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Por favor, ven a buscarme. Estoy en la estación 22, calle Broadway.
Connor asintió, como si ella pudiera verlo, como si sus gestos pudieran atravesar la distancia.
—Ahí voy, Barbie.
Un destello de felicidad cruzó por su pecho, una sensación que no experimentaba desde hacía años. Aquella chispa primitiva que había sentido cuando ella era suya, cuando aún lo miraba con amor, volvió a encenderse.
Bárbara colgó de inmediato. No le gustaba sentir que dependía de nadie, y mucho menos de Connor. Pero en ese momento no conocía a nadie más con auto, ni a nadie con el poder suficiente para sacarla de aquel infierno.
—Debe regresar a la sala de interrogatorio.
La voz autoritaria detrás de ella la hizo tensarse. Secó sus lágrimas con rapidez, intentando recomponer un rostro que ya estaba roto.
—No puedo —murmuró, con un hilo de voz que apenas se escuchó.
—No tiene opción.
Ella lo miró con un asco profundo. Ese oficial se burlaba de ella con sus gestos, con su tono, con su presencia. Todos lo hacían. El mundo entero parecía haberse puesto en su contra.
Rendida, dio media vuelta y regresó a la sala de interrogatorios. Allí la esperaban más preguntas, esta vez mucho más violentas, mucho más hirientes, como si cada palabra quisiera clavarle un cuchillo en la piel.
—Si usted no nos dice la verdad, tendremos que llamar a su padre para cuestionamiento.
El corazón de Bárbara se rompió en mil pedazos.
—¿Mi padre? ¡Mi padre sufre del corazón! —chilló, desesperada, con los ojos encendidos de furia y dolor. Quiso abofetear al oficial estúpido que había pronunciado esas palabras. Sus uñas se clavaron en sus propias palmas—. ¡Si le pasa algo será culpa de todos ustedes!
—La culpa será suya por haberse robado el dinero y habernos tendido una trampa.
—¡No me robé el dinero, no les tendí una trampa!
El oficial la observó con un gesto implacable.
—La prensa revelará que el dinero era falso y todos la mirarán con mucho más asco.
La frase cayó como un martillo en el aire. Bárbara abrió la boca para contestar, pero en ese momento su teléfono vibró en su bolsillo. Su corazón dio un vuelco.
—Deje el teléfono allá afuera —le ordenó el oficial con voz firme.
Pero antes de que ella pudiera decir palabra alguna, la puerta se abrió. Una mujer policía entró con apuro, interrumpiendo la tensión.
—Señor, lamento interrumpir… pero hay alguien buscando a la señorita Smith.
El oficial frunció el ceño, molesto.
—¿Y eso qué importa? ¡Diles que está siendo interrogada!
La mujer no se movió.
—Creo que usted querrá ver a la persona…
El murmullo quedó suspendido en la sala. Y antes de que nadie pudiera añadir nada más, la figura de Connor Anderson apareció en la puerta.
Los presentes quedaron helados. El hombre entró con paso firme, su sola presencia imponía respeto.
—Connor Anderson… —murmuró el oficial, sin palabras, como si hubiese visto a una leyenda de carne y hueso.
Todos admiraban a Connor Anderson. Todos lo amaban. Era el magnate, el empresario intocable, el hombre que parecía sostener media ciudad con sus negocios. Todos, excepto la mujer que él amaba. Excepto la única persona cuya admiración él anhelaba. Bárbara, la única que siempre había sido capaz de mirarlo a los ojos y verlo como un hombre, no como un dios.
Connor alzó la voz, firme, decidido, sin dejar espacio para que alguien intentara negarle lo que pedía.
—He venido a llevarme a Bárbara Smith.
El eco de sus palabras quedó suspendido en la sala como un veredicto al que nadie podía llevarle la contraria.