Bárbara decidió terminar la llamada con Connor porque no quería que él se quedara hablando con ella. No quería escucharlo ni un segundo más. No quería hablar con nadie en realidad. Su corazón estaba hecho trizas, como si cada palabra pronunciada por él fuese un cuchillo que se clavaba más hondo en sus entrañas.
Dejó caer el teléfono entre sus manos temblorosas. Sus lágrimas, ardientes y pesadas, corrían por su rostro sin descanso. Se sentía prisionera en una tormenta emocional que no tenía fin. No sabía qué pensar. No sabía si debía creer en las palabras de Connor. ¿Era capaz de semejante bajeza? ¿De entregarla así, de exponerla a una humillación pública?
La lógica le decía que no. Lo conocía demasiado bien, y no lo creería tan cruel como para hacer algo tan calculado. Pero la ironía de aquel pensamiento la hizo reír amargamente en medio de su llanto. Claro que Connor era capaz de eso. Connor era capaz de eso y de mucho más.
El sonido de su teléfono vibrando la sacó de sus pensamientos. El nombre en la pantalla le heló la sangre por un instante: Marcos. Su amigo. Su hermano de corazón. La única persona que siempre había estado ahí. Pero no contestó. Amaba a Marcos como a un hermano, pero en aquel instante no podía hablar con nadie, ni siquiera con él. El peso de lo que estaba viviendo la aplastaba demasiado como para articular palabra alguna.
Alguien estaba detrás de todo esto.
Alguien quería hacerle daño.
No un daño cualquiera, sino el peor.
Ese dinero había sido robado, escondido y luego presentado como si ella misma lo hubiera colocado allí. Todo había sido planeado con detalle, con saña. La idea de que alguien pudiese odiarla tanto le resultaba insoportable. La pregunta martillaba en su cabeza una y otra vez:
¿Quién podía odiarla hasta ese extremo?
El teléfono volvió a sonar. Esta vez era un número desconocido. Dudó en responder, pero la insistencia del timbre la obligó. Temblorosa, contestó.
—¿Quién me habla?
—Mi nombre es Donald, del departamento de policía. Se le solicita el día de hoy para una entrevista urgente.
El mundo de Bárbara se detuvo. La voz autoritaria, fría, seca. Se quedó helada.
—Son las seis de la tarde, yo no…
—No es su decisión —interrumpió él con un tono cortante—. Se le solicita con urgencia. Si yo fuera usted, no permitiría que esto escale a mayores, porque lo siguiente que haremos será ir a su casa y romper la puerta para buscarla.
Bárbara tragó saliva con fuerza. La amenaza era clara, cruel, y la llenaba de impotencia. Todos eran así con ella. El mundo parecía haberse confabulado para ser despiadado con su existencia.
—De acuerdo… —murmuró entre lágrimas, con la voz rota—. Ahí estaré.
Colgó. El silencio posterior le retumbó en el alma como un eco interminable.
Connor, por su parte, suspiró con furia cuando Bárbara le colgó. Era evidente que ella creía que él estaba detrás de todo. Y eso lo destruía. No había nada más alejado de la realidad. Él, de hecho, no tenía la menor idea de quién era el responsable de semejante jugada.
—Connor.
Connor Anderson frenó en seco al escuchar esa voz que le resultaba cada vez más insoportable.
—No ahora —murmuró, sin girar siquiera.
—¿Conoces a esa mujer? —insistió Matthew.
Connor apretó los dientes.
—¿A qué mujer? —preguntó de mala gana.
—¿La de las noticias? ¿Bárbara?
El corazón de Connor dio un salto. Matthew nunca preguntaba nada sin un motivo oscuro detrás.
—Sí, ella. ¿La conoces?
Los labios de Matthew se curvaron en una sonrisa malévola.
—¿A ti qué te importa? —escupió Connor, y se giró con furia para subir las escaleras.
Matthew lo observó marcharse, frustrado, cargando en sus ojos verdes esa chispa venenosa que lo hacía tan peligroso.
…
La sala de interrogatorios estaba iluminada por una luz blanca que hería los ojos. Bárbara estaba allí, sentada frente a una mesa metálica que parecía más fría que el invierno. Los oficiales la rodeaban, mirándola con desconfianza, como si cada respiración suya fuera una mentira.
—¡Ya le he dicho que no fui quien robó el dinero! —gritó Bárbara, golpeando la mesa con sus puños. El sonido retumbó por toda la sala—. ¡¿Por qué diablos robaría el dinero y luego me incriminaría a mí misma?! ¡¿Acaso no lo entienden?! ¡Alguien está intentando incriminarme!
Su voz quebrada reverberó con furia. Los oficiales permanecieron imperturbables, como estatuas de piedra.
—¡Necesitamos que nos diga la verdad! —espetó uno de ellos, con un tono severo que la hacía hervir por dentro.
Bárbara sintió que la sangre le ardía en las venas. La furia que la consumía era tan grande que, de no ser porque aquellos hombres eran gigantes uniformados, habría querido lanzarse contra todos.
—¡Estoy diciendo la verdad! ¡Yo…!
De pronto, la puerta se abrió con brusquedad. Un policía entró sin permiso, rompiendo la tensión como un hachazo.
—Jeff, te he dicho que no me interrumpas así —gruñó Donald, visiblemente molesto.
—Lo siento, señor, pero esto no puede esperar.
Donald suspiró, cansado.
—¿Qué sucedió ahora?
El oficial lo miró directo a los ojos.
—El dinero encontrado.
Las pupilas de Bárbara se dilataron.
—¿Qué pasó con el dinero encontrado? —preguntó, con la voz apenas audible.
El silencio duró unos segundos eternos.
—Es falso.
La palabra cayó como un relámpago en medio de la tormenta.
La sala entera se congeló. Nadie respiró, nadie se movió. Solo Bárbara, con los ojos abiertos de par en par, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones, como si acabara de recibir una sentencia invisible.
—¿Qué?
—El dinero encontrado es falso. Alguien nos tendió una trampa.