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1193 Words
Era como ver a un fantasma. Y no cualquier fantasma, sino uno malvado, uno que regresaba no para traer paz ni nostalgia, sino para abrir heridas que jamás habían cerrado. La aparición de Matthew frente a su puerta era un presagio oscuro. Si de por sí su regreso después de tantos años resultaba incomprensible, que lo hiciera justo en medio del escándalo con Bárbara era algo que a Connor no le daba buena espina. Siete años. Habían pasado siete años desde la última vez que lo había visto. Y ahora, sin aviso, sin una carta, sin un mensaje, sin una llamada… Matthew había decidido simplemente aparecer. No era normal. No era un gesto inocente. Había algo más detrás, y Connor lo sabía. Solo que aún no podía descifrar qué. —¿Me dejarás pasar? —preguntó Matthew, con ese tono cargado de sarcasmo que siempre lo había caracterizado. Connor se mantuvo firme. Él era un hombre directo, nunca se había molestado en complacer caprichos ajenos ni en seguir reglas que no consideraba suyas. En su mundo, solo existía lo que él creía correcto. Y en este caso, lo correcto era mantener a Matthew lejos de su casa, de su madre, de todo. Negó con la cabeza, sin pensarlo demasiado. —Vete antes de que mamá se dé cuenta de que estás aquí. Ella te ha perdonado por lo que hiciste, pero yo no. ¡Largo de aquí! Los ojos verdes de Matthew brillaron con diversión maliciosa. —Pues vine a verla a ella, no a ti. —¡Esta es mi casa! —Pero mamá vive aquí, y por eso vine. No me importas tú, ni lo que pienses de mí. La sangre de Connor hervía con cada palabra que salía de la boca de su hermano. La sola presencia de Matthew era un veneno que recorría sus venas, una irritación que lo consumía desde lo más hondo. —¡He dicho que te largues de aquí! —le gritó, parándose firme frente a él. Sabía que Matthew no lo intimidaba. Eran dos hombres adultos, fuertes, pero Connor no retrocedía ni un centímetro. —¿O qué? —lo retó Matthew con una sonrisa ladeada—. ¿Qué vas a hacer si no me voy? Los puños de Connor se cerraron con fuerza. La tensión era insoportable. La violencia estaba a un paso de desatarse. A kilómetros de allí, en otra escena completamente distinta, una persona anónima caminaba con cautela hacia el interior de una estación de policía. Sus pasos eran medidos, casi imperceptibles, como los de una sombra que no quería ser vista. En las manos llevaba un sobre. Al llegar a uno de los escritorios, lo dejó con cuidado, de manera tan discreta que nadie notó el gesto. Y luego se marchó, desvaneciéndose como si nunca hubiese estado allí. Minutos después, una secretaria regresó de su descanso. Sus ojos se posaron en el sobre. No tenía remitente ni destinatario. Solo había un nombre escrito con tinta roja, en mayúsculas: “BARBARA SMITH”. Intrigada, lo abrió de inmediato. En su interior encontró una carta escrita a mano. El mensaje era inquietante: confesiones, acusaciones directas, palabras que parecían llenas de rabia y resentimiento. Pero no era solo eso. Había también una fotografía de Bárbara, tomada cerca de una cafetería. La mujer frunció el ceño, incapaz de entender al principio. Pero al terminar de leer, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se levantó de inmediato, llevando la carta hacia el oficial de guardia. El hombre, al leerla, no dudó en sujetar su transmisor portátil. Su voz grave y urgente resonó en la frecuencia: —Solicito una patrulla en la dirección indicada. Repito, patrulla inmediata. En cuestión de minutos, el destino de Bárbara se torcía aún más. De regreso en la mansión Anderson, la tensión estaba a punto de explotar. —Matthew, no me hagas golpearte —advirtió Connor, con la voz cargada de amenaza. Matthew soltó una carcajada que reverberó en las paredes, burlándose de él en su propia casa. —Me gustaría ver que lo intentes. Connor dio dos pasos firmes hacia delante, los ojos encendidos, los músculos tensos, dispuesto a lanzarse contra él. Pero una tercera voz interrumpió la inminente pelea. —¿Qué está pasando aquí? La madre de ambos apareció en la escena, con los ojos abiertos de par en par. Sus labios temblaron al reconocer al hijo que había estado ausente por tanto tiempo. —¿Matthew? ¡Matthew! Sin dudarlo, corrió hacia él. Lo abrazó con fuerza, como si ese gesto pudiera borrar los años de ausencia, los errores cometidos, los pecados que lo habían separado de la familia. El amor de madre era así: capaz de perdonar lo imperdonable, de cegar lo evidente. Pero Connor no compartía ese sentimiento. El amor de hermano era distinto. Para él, Matthew no era más que un gusano que se había infiltrado en aquella casa, un traidor que no merecía regresar. Por eso lo odiaba. Lo miró con rabia contenida y, con voz dura, le advirtió: —No te permitiré que atentes contra nosotros de nuevo, te lo juro. Sin más, se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras. Su respiración era pesada, su corazón golpeaba con violencia en el pecho. Y entonces lo escuchó. La enorme televisión en la sala transmitía un noticiero. La voz del presentador resonó en el aire como un trueno: “Última hora. La policía ha informado el hallazgo del dinero relacionado con el caso de Barbara Smith. Según el reporte oficial, el dinero fue encontrado en una cafetería ubicada a escasos treinta minutos del lugar donde la acusada trabajaba. Fuentes policiales aseguran que el hallazgo se logró gracias a una carta anónima recibida en la estación, la cual señalaba directamente a Smith como responsable. Este nuevo descubrimiento complica aún más la situación legal de la joven, que continúa bajo investigación. Seguiremos ampliando esta noticia en el transcurso de la jornada”. Connor se detuvo en seco. Sus manos comenzaron a temblar. El mundo entero pareció derrumbarse sobre él. El timbre de su teléfono lo sobresaltó. Contestó de inmediato, con los nervios a flor de piel. —¿Fuiste tú? La voz del otro lado lo dejó sin aliento. Era Bárbara. Una voz rota, destruida, desgarrada por el dolor. —No, te lo juro que no fui yo. —Connor… —¡Bárbara, te lo juro! Ella sollozaba al otro lado de la línea. Cada lágrima podía escucharse en el quiebre de su voz. —¿Y entonces quién fue? El silencio se hizo insoportable. Connor sabía que había una respuesta, alguien detrás de todo aquello. Y aunque no podía verlo, podía sentirlo. Matthew sonrió desde el sofá, mientras su madre aún lo abrazaba. Sus ojos verdes lo observaban todo, con una calma siniestra. Y Connor entendió, en lo más hondo de su ser, que el verdadero fantasma de esa familia acababa de volver para arrasar con todo. Pero… si el culpable era realmente él… ¿por qué? ¿Por qué su hermano que jamás había siquiera interactuado con Barbara querría destruirla? O… ¿había algo que Connor aún no sabía?
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