10

1051 Words
Bárbara se puso el vestido más informal que encontró en su armario, no porque le pareciera cómodo, sino porque era el más feo. No quería verse bonita para él. No quería que pensara que aún le importaba. En realidad, ni siquiera quería verlo después de tantos años, pero sabía que ese hombre podía sacarla de aquella situación sofocante en la que se encontraba… o al menos, eso quería creer. El mensaje había sido claro: “El lugar de siempre”. Pero al llegar, descubrió que el “lugar de siempre” ya no existía. Aquél restaurante que solían frecuentar, donde una vez compartieron noches de complicidad y pecado, había sido reemplazado por un hotel elegante, demasiado lujoso para alguien como ella en ese momento, demasiado expuesto para alguien cuya reputación ya colgaba de un hilo. «No me dejarán entrar», pensó, observando las puertas relucientes del edificio. El reflejo de las luces sobre el cristal parecía burlarse de ella. Se sentó en una banca frente al hotel, abrazándose a sí misma. No soportaría la humillación de cruzar ese umbral y ser observada como una intrusa. El problema era que tampoco habían acordado la hora. No había detalles, como siempre ocurría con Matthew: él imponía, ella obedecía o se quebraba. Y aun así, lo conocía demasiado bien. Sabía que él aparecería de noche, como una sombra, porque la oscuridad siempre había sido su escenario preferido. Pero los minutos pasaban, y no había señal de él. El reloj avanzaba con crueldad, y el vacío de la banca se hacía insoportable. El corazón de Bárbara comenzó a latir con fastidio. Lo último que necesitaba era que él la usara como un entretenimiento, que la hiciera sentir como un juguete olvidado que podía manipular a su antojo. Con un suspiro cargado de furia y decepción, se levantó de la banca. Se dirigió hacia la parada de taxis más cercana. La calle que debía cruzar estaba sumida en la penumbra, solitaria, hostil. Caminaba con paso firme, convencida de que nada ni nadie se fijaría en ella. Se sentía tan rota, tan asquerosa, que hasta los ladrones la despreciarían. El eco de sus tacones fue lo único que acompañó su trayecto hasta que una voz cortó el silencio: —No deberías estar por aquí tú sola. Bárbara se detuvo en seco. Su respiración se aceleró. Esa voz no la había olvidado. —Matthew —murmuró, apenas audible, como si pronunciar ese nombre en voz alta pudiera conjurar un demonio. No quiso girar, pero él no le dio opción. Caminó hacia ella con la misma elegancia peligrosa de siempre. Su cabello n***o como un abismo, sus ojos verdes que parecían atravesar el alma, y aquella piel tan pálida que parecía hecha de mármol. Bárbara había tratado de olvidarlo, pero no pudo ignorar lo hermoso que era. Lo detestaba por ello. —Sabía que te sentirías demasiado avergonzada para entrar —dijo él, con una sonrisa ladeada—. Y también sabía que elegirías caminar sola hacia la estación de taxis. Te sientes tan asquerosa que crees que nadie querría robarte. Bárbara tragó saliva. Siempre había sido así: él podía leer sus pensamientos como si fueran un libro abierto. —Dime quién se robó el dinero —exigió ella, su voz tensa. Matthew se acercó con la calma de un depredador, levantando la mano para acariciar su cabello, ese cabello que él había añorado tantas noches. —Si vienes conmigo, te lo diré. Bárbara retrocedió un paso. Su irritación explotó. Ya lo sabía. Todo siempre terminaba en lo mismo con él. —No me acostaré contigo para que me des una respuesta. Le dio la espalda y comenzó a caminar, pero él la sujetó de la mano. —Solo quiero hablar en un lugar más privado. —Solo quieres acostarte conmigo. No te daré el gusto. Se soltó bruscamente, con un gesto cargado de repulsión. Debió haberlo sabido. Aquello no era más que una pérdida de tiempo. Pero entonces, la voz de Matthew se tornó seria: —No fue Connor. Bárbara se detuvo de golpe, girando lentamente hacia él. —¿Entonces quién fue? Matthew entrecerró los ojos. —Alguien que te odia. Ella arqueó una ceja, incrédula. —¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso estás involucrado? —Jamás. —Entonces, ¿cómo lo sabes? —lo acorraló ella, y el silencio de él fue su peor respuesta—. Eres igual que él. Matthew alzó las manos, intentando calmarla. —Espera, por favor. Hablemos en otro lugar. —¡No! ¡No hablaremos en otro lugar! —chilló Bárbara, su voz desgarrada por la frustración—. Mira… no sé cómo seguiste mi número… tampoco sé cómo sabes quién se robó el dinero, pero si crees… si tan solo crees que me acostaré contigo por esa respuesta… Soltó una carcajada sarcástica, fría, que ocultaba el dolor. Se rió en su cara y continuó caminando. Matthew la siguió unos pasos, insistiendo en que se detuviera, pero Bárbara era demasiado terca. No había fuerza que la convenciera una vez decidida. Finalmente, él se rindió. Se quedó en medio de la calle, observándola perderse en el interior de un taxi que partió velozmente. Pensó en seguirla, en obligarla, en repetir los viejos juegos que tanto los habían marcado. Pero desistió. No valía la pena esa noche. Tenía otros lugares donde estar. Matthew se dirigió a su lujoso automóvil, un modelo último año que brillaba bajo las luces tenues de la calle. El rugido del motor rompió el silencio cuando emprendió la marcha. Condujo por rutas conocidas, caminos que había transitado una y otra vez en su juventud, hasta llegar a una casa que no había pisado en más de veinte años. La fachada le resultaba tan familiar como extraña. Tocó la puerta. La sirvienta lo recibió con una expresión de espanto, como si viera a un fantasma. —Llamaré al señor —balbuceó, sin que él se lo pidiera. Pasaron unos minutos eternos. Finalmente, la puerta interior se abrió. Y allí, de pie, apareció Connor. El hombre lo miró como quien contempla un c*****r resucitado. Sus ojos se abrieron de par en par, la incredulidad marcada en cada línea de su rostro. —¿Matthew? Matthew sonrió. Una sonrisa cargada de ironía, de sombras, de secretos. —Hermano mío.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD