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1194 Words
Connor se sentó en el borde de su cama, hundido en un silencio que no lograba espantar. La habitación era un templo de lujo: perfumes alineados en estantes de mármol, relojes de colección, trajes confeccionados por los sastres más exclusivos de Europa. La cama misma costaba casi veinte mil dólares, diseñada para dar la ilusión de descanso perfecto. Todo estaba ahí, un mundo construido sobre el dinero y la opulencia, pero aun así, el vacío lo consumía. ¿Por qué se sentía como un c*****r en vida? La respuesta siempre terminaba siendo la misma. Ella. Bárbara. Su rostro aparecía en cada espejo, en cada rincón de su mente, en cada silencio nocturno. No importaba cuánto intentara negarlo: lo que lo destrozaba no era la falta de compañía, ni la rutina vacía de sus negocios, sino la ausencia de aquella mujer. Se vistió sin cuidado, como si las prendas de diseñador fueran harapos cualesquiera. No había ganas, no había propósito. Abrió la puerta de su cuarto, y allí estaba su madre, esperándolo con la mirada cargada de preocupación. Ella lo conocía demasiado bien; podía notar las sombras que se deslizaban en los ojos de su hijo. —Sabes que puedes hablarme de todo lo que te pasa —dijo con suavidad, intentando tenderle un puente. Connor apretó la mandíbula. —Estoy bien, mamá. Antes de que ella replicara, la sirvienta de la casa apareció, casi corriendo. —Señor Anderson, alguien lo busca. Connor frunció el ceño. No esperaba a nadie. No tenía reuniones de negocios en casa, y mucho menos visitas imprevistas. —¿Quién? —No me dijo su nombre, pero se ve desesperada. El primer rostro que le vino a la mente fue el de su ex, Stephani. Un espectro del pasado que se negaba a desaparecer. —¿Se trata de Stephani? —No, es otra mujer. Connor arqueó una ceja, pensativo. —¿Qué otra mujer? —murmuró en voz alta. El historial de mujeres despechadas que había dejado atrás era extenso. Podría ser cualquiera. Pero entonces la sirvienta lo dijo: —Es la de las noticias. Sus sentidos se agudizaron de inmediato. —¿Bárbara? —No sé su nombre… creo que sí, señor. No necesitaba más confirmación. Connor bajó las escaleras con una rapidez desesperada, como si cada peldaño lo acercara al único motivo de su vida. —¡Hijo, espera! —gritó su madre, siguiéndolo con pasos nerviosos. Ella sabía lo que aquella mujer significaba para él, sabía la obsesión malsana que lo devoraba desde hacía años. Connor abrió la puerta, y allí estaba. Bárbara. De pie, con la mirada encendida, hermosa y peligrosa como un puñal. El corazón le latió con fuerza, rebosante de esperanza. ¿Habría aceptado su propuesta? ¿Había dejado a su novio? ¿Estaría dispuesta a amarlo de nuevo? Pero no hubo ternura en aquel encuentro. Bárbara levantó la mano y lo abofeteó con tal fuerza que casi lo derribó. El sonido seco del golpe resonó como un disparo. —¡Aléjate de mi familia, Connor Anderson! Él la miró aturdido, con la mejilla ardiendo. —Bárbara… —¡¿En serio caíste tan bajo como para decirle a la prensa que mi padre está involucrado en esto?! Las palabras le cayeron como piedras en el pecho. Entonces lo entendió: se había enterado. —¡Lo lamento, no estaba pensando en ese momento! Otra bofetada lo sacudió, más fuerte, más hiriente que la primera. —¡Mi padre sufre del corazón! ¡Tus malditos impulsos, tu estúpido ego y tus ganas de siempre ganar pueden quitarme lo único que tengo! ¡Y te juro que si eso pasa, te haré sufrir, Connor Anderson! Él extendió las manos, suplicante. —Bárbara, escúchame, llamaré a la prensa y… —¡Cierra la maldita boca! —lo interrumpió con un grito cargado de furia—. ¡Solo vas a empeorarlo todo, inútil! ¡¿Todo esto para qué?! ¿Para que me acueste contigo? —¡Bárbara, perdóname! —exclamó, cayendo de rodillas frente a ella—. ¡Por favor! —¡Púdrete! Su madre, que observaba la escena desde lo alto de la escalera, quedó helada. Nunca había visto a su hijo humillarse así. Connor Anderson, el hombre que nunca se inclinaba ante nadie, estaba de rodillas ante aquella mujer. —¡No, espera, por favor! —rogó él, tratando de detenerla cuando Bárbara giró sobre sus talones. Pero ella corrió hacia un taxi que la esperaba, se subió de inmediato y desapareció en cuestión de segundos. Connor quedó en la entrada, roto, viendo cómo la perdía otra vez. El dolor era insoportable, porque en el fondo sabía que ella tenía razón. Su ego, sus impulsos, su necesidad absurda de control podían arrebatarle lo único que le quedaba a Bárbara: su padre. Y si eso pasaba, nunca se lo perdonaría. Mientras tanto, en el taxi, Bárbara lloraba en silencio. Las lágrimas corrían sin freno, la respiración se le volvía densa, pesada, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones. El corazón se le desgarraba, pero no podía detenerse. El sonido de una llamada interrumpió su llanto. Número desconocido. Dudó unos segundos antes de contestar. —¿Quién me habla? La voz que escuchó la paralizó. No era Connor. Era él. —Bárbara, soy yo. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. —No me llames más. Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. —Mi amor, por favor. —¡No! ¡No me llames más! Colgó con las manos temblorosas. El corazón le latía desbocado. Pero el teléfono sonó de nuevo. —Bárbara, necesito verte. Ella cerró los ojos con fuerza. —Lo nuestro terminó hace años. La voz al otro lado se volvió más intensa, más peligrosa. —¿Lo hizo? Las palabras la hicieron estremecer. Esa voz era un fantasma que había intentado enterrar, pero volvía con más fuerza. —No puedo verme contigo, no tengo… —Necesito hablar contigo. —Lo que hubo entre nosotros estuvo mal y si él se entera… —No me importa que se entere. —Fue un error. —Lo quiero repetir. —No… no. —Sé quién se robó el dinero. Bárbara abrió los ojos de golpe, el cuerpo entero se le paralizó. —¿Qué? ¿Quién? —Te lo diré… solo si te ves conmigo esta noche. El silencio se volvió insoportable. Su respiración era un jadeo entrecortado. —¿A dónde? —preguntó al fin, derrotada por la desesperación. —En aquel lugar de siempre. Bárbara suspiró, rendida. —De acuerdo —murmuró, apenas audible. Colgó y dejó caer el teléfono sobre sus piernas. Sintió un sabor amargo en la boca, como si hubiese tragado veneno. El pasado siempre regresaba en el peor momento, como una herida mal cerrada que se abre de nuevo con más violencia. Sabía que ese hombre no era bueno. Nunca lo había sido. Pero podía tener la clave para sacarla de la situación en la que estaba atrapada. El problema era que él no quería dinero, ni joyas, ni promesas. Quería algo más. La quería a ella. De nuevo.
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