La pregunta la dejó helada, como si un balde de agua gélida le hubiese recorrido la espalda. Aunque lo esperaba, aunque sabía en lo más íntimo de sí misma que él sacaría aquel tema tarde o temprano, no dejó de estremecerse al escucharlo. La certeza de que sus labios pronunciarían esas palabras no la preparó para el impacto brutal que le causaron.
—Por favor, no hablemos de eso.
Su súplica sonó quebrada, frágil, como un cristal a punto de resquebrajarse. Pero Connor no era hombre de compasión. Su mirada, dura y fija sobre ella, se convirtió en un filo invisible que cortaba cada resquicio de su resistencia.
—¿Crees que todo esto estuviera pasando si hubieses aceptado a mi primera propuesta?
El corazón de Barbara se agitó con furia. La sangre le subió de golpe, tiñendo sus mejillas de un rubor que no era pudor, sino una mezcla de rabia y humillación. Gruñó, como un animal acorralado, incapaz de contener la indignación que ardía en su pecho.
—¿Te refieres a la primera propuesta en la que me pedías que me acostara contigo por dinero y me tratabas como una zorra?
Su voz explotó en el reducido espacio del auto, cargada de veneno. Cada palabra fue un dardo dirigido a destrozarlo, aunque sabía que él era experto en resistir y hasta disfrutar del dolor ajeno.
—Barbie… —murmuró Connor, en un tono que pretendía suavizar la herida, pero que solo encendió más el fuego.
—¡No me llames así! —escupió ella con una fuerza tan desbordante que el eco pareció quedarse suspendido entre ambos.
Connor suspiró, y en ese suspiro se filtró la frustración, un peso que no lograba liberarse. La mirada que le dedicó estaba cargada de preguntas que nunca pronunció. Cuando la había conocido, todo había sido más simple, más directo. No había tenido que forzar demasiado para encontrar un espacio en su corazón, no había necesitado arrastrarla hasta los límites. Ahora todo era distinto, radicalmente distinto. Y aunque lo negara, lo sabía: las cosas nunca volverían a ser iguales.
—Te quiero ayudar —dijo con una calma envenenada, la voz densa como el humo de un incendio.
—No —respondió ella, tajante, hiriente—. Solo quieres agrandar tu ego y hacerme sentir que te debo algo. Además, si pago el dinero que todos creen que me robé, comprobarán que sí lo hice, cuando tú y yo sabemos que no.
La confesión salió de sus labios como un grito desesperado, una verdad que parecía perderse en el aire envenenado que los rodeaba.
—Pero al menos te dejarán en paz —contraatacó él, con una lógica fría, como si la paz fuese un objeto que pudiera comprarse con monedas manchadas.
—¡No lo harán! ¡Claro que no! —chilló ella, con la garganta rasgada por el dolor y la furia.
El golpe de frenos llegó como una bofetada brutal. El auto se sacudió, el aire se comprimió dentro, y ella casi perdió el aliento. El silencio posterior fue aún más violento, tan denso que parecía devorar el oxígeno. Connor se inclinó hacia ella con una brusquedad que le arrancó un sobresalto. Su rostro invadió su espacio personal, los labios de él quedaron a un suspiro de distancia. Podía sentir su respiración, caliente, irregular, como una amenaza contenida.
—No te dejarán en paz de ninguna forma —susurró, y cada palabra se le incrustó en la piel como un cuchillo—. Así que… ¿por qué no solo aceptas?
Barbara tembló. Lo miró con nerviosismo, con la angustia tatuada en la mirada. Bastaba un movimiento, apenas una inclinación, y él la besaría. Y sabía lo que significaba ese beso: un viaje vertiginoso hacia el cielo y el infierno al mismo tiempo, un pacto de condena disfrazado de placer.
—No —respondió con un hilo de voz, aunque se obligó a mantener la firmeza—. No te daré el gusto.
El rechazo fue un látigo que resonó en el aire. Barbara abrió la puerta del carro con un movimiento brusco, como quien busca escapar de un incendio, y salió de este con una determinación desesperada. El frío de la noche le golpeó la piel, devolviéndole un respiro. Estaba dispuesta a caminar lejos de allí, a huir sin importar a dónde la llevaran los pasos.
Pero pronto lo notó. La escena que se desplegaba ante sus ojos no era la carretera que esperaba. No había luces lejanas, ni el eco del tráfico nocturno. No. Se encontraba frente a un terreno más oscuro, con una arquitectura imponente que se alzaba como una sombra contra el cielo. No había huido a ninguna parte: estaba en la casa de Connor.
El corazón le dio un vuelco. Sus piernas respondieron con urgencia, llevándola a buscar la salida como una presa desesperada. Avanzó con rapidez, pero la realidad era cruel: ningún movimiento suyo podía ser más rápido que la voz que emergió desde la penumbra, desgarrando el aire y escudriñándole las entrañas con la fuerza de un recuerdo imposible de borrar.
—Hermano, veo que has llegado y has traído una invitada.
El sonido fue como una sentencia. Barbara se detuvo en seco, su cuerpo se tensó al borde del colapso. Giró lentamente, como si temiera que el movimiento acelerado pudiera despertar demonios dormidos. Y entonces lo vio.
La figura surgió desde la penumbra con la calma peligrosa de un depredador. La voz, inconfundible, pertenecía a Matthew… aquel hombre que había marcado su piel y su memoria, el que alguna vez fue… su amante.