La voz de Matthew se coló entre sus huesos y aunque no lo vio, pudo darse cuenta de las intenciones que él tenía. Un hilo eléctrico recorrió la piel de Barbara desde la nuca hasta la punta de los dedos; el sonido de aquella voz la desarmaba y, a la vez, la encendía de pavor. Su perfume la invadía aun desde la distancia, una mezcla amarga de tabaco y madera vieja que traía memorias que ella creía enterradas; cada inhalación lo acercaba más, como si el aire mismo conspirara para unirlos.
Sabía que no había escapatoria. La casa de Connor tenía ventanas que miraban al jardín, muebles que hablaban de dinero y control, y pasillos que se alargaban como veredictos. Allí, en ese escenario opulento, los recuerdos se volvían más nítidos, más dolorosos. La famélica esperanza de encontrar una salida se le hiciera diminuta, casi ridícula, frente a la certeza de que Matthew había venido con intenciones que no podían ser buenas para ella.
—Iré a casa —murmuró ella, queriendo correr hacia la puerta.
La frase salió de su boca como una plegaria, el intento torpe de quien piensa que la huida puede resolverlo todo. No fue una orden, ni siquiera una súplica clara; fue apenas un sonido para rellenar el vacío entre dos respiraciones. Pero cuando pronunció la palabra “casa”, su cuerpo ya conocía la mentira: no volvería a la seguridad de su hogar, no mientras Connor respirara en la misma ciudad, no mientras ese imán oscuro que era Matthew la mirara con apetito disfrazado de ternura.
—Barbara, no.
La voz de Connor la detuvo de golpe; tuvo la dureza de un muro. No era solo una indicación, era la marca del territorio, la imposición de un nombre que lo definía todo en ese espacio: suya. El sonido estaba cargado de posesión, y en él había una promesa silenciosa de que no renunciaría a nada sin pelear.
—Por favor —le imploró ella, nerviosa, sabía que Matthew se acercaba cada vez más.
Supo, en ese momento, que cada paso que él diera sería una herida antigua reabierta. Cada centímetro que Matthew ganaba en el terreno de la sala era una cifra en la cuenta de lo que ella había perdido y aún así no había confesado. La sensación de estar desnuda ante dos depredadores se volvió insoportable.
—No te irás, tú y yo hablaremos y me darás una respuesta a mi propuesta.
Las palabras de Connor rebotaron entre las paredes con una caricia venenosa; la “propuesta” era un fantasma que volvía a exigir su presencia. Barbara sintió las piernas flaquear, no por falta de voluntad, sino por un cansancio profundo, por la certeza de que estaba atrapada en un juego en el que las reglas las había decidido él. La sangre le golpeó las sienes y un mareo la obligó a apoyarse en el marco de la puerta, tratando de recuperar un control que la emoción le negaba.
—Connor, ¿no piensas presentarme a tu invitada?
La pregunta fue un corte seco en medio de la tensión, una forma de nombrarla como si fuese un objeto nuevo que Connor había traído a su casa. El comentario dejó el aire espeso; la forma en que Matthew pronunció “invitada” la hizo sentir como una pieza desplazable, algo que se colocaba y se movía según conveniencia.
Connor le dedicó una mirada llena de odio a su hermano.
—Aléjate.
La orden de Connor no admitía repreguntas. Era un mandato que contenía amenaza y furia a partes iguales. En sus ojos, la calma se había convertido en un filo. Barbara observó la escena con la sensación de que dos mundos colisionaban: el de la violencia tranquila de Connor y el de la arrogancia sin límites de Matthew. Estaba entre ambos y no había salvación aparente.
—Solo trato de ser amigable.
La respuesta de Matthew sonó ligera, casi despreocupada, pero en esa frivolidad había filo. Era como si se burlara del peligro; como si su modo de acercarse fuera una forma de juego cruel.
—¡Dije que te alejes!
La voz de Connor estalló entonces, contundente, arrastrando consigo la promesa de violencia latente. En el silencio que siguió, Barbara oyó su propio corazón golpear el pecho con ritmo desacompasado. Todo se veía más pequeño, más crispado: la lámpara colgante que tiraba sombras alargadas, el reflejo de las copas sobre la mesa, las miradas contenidas de cualquiera que se encontrara en la sala. La casa parecía contener el aliento, como si supiera que algo irreparable estaba por ocurrir.
Barbara apenas pudo contener las lágrimas, ¿le habría Matthew dicho a Connor acerca del pasado que ambos tenían?
La pregunta tronó en su mente con la urgencia de un relámpago. Si Matthew lo había contado, no había regreso posible. Connor no era un hombre que perdonara; Connor no era un hombre que mostrara piedad. Si el secreto se volvía público, si las piezas del pasado encajaban en la mirada de Connor… ella tendría un enemigo más… y uno muy grande.
—Solo quiero conocer a tu invitada.
Las palabras de Matthew, una vez más, llegaron con esa suavidad que sabía a veneno. La intención no era inocente; era una manera de reclamarla, de nombrarla frente a los demás y hacerla tangible. Barbara sintió que la tierra se abría bajo sus pies.
Connor se paró con firmeza.
—Te juro que te romperé la cara si no te alejas de mi mujer.
El aviso de Connor sonó más como una sentencia que como una advertencia. En su rostro había un músculo tenso, en su voz la promesa inquebrantable de la violencia. Barbara vio la decisión en sus ojos: si Matthew no retrocedía, Connor no dudaría en usar la fuerza. Esa posibilidad la llenó de terror y, por extraño que sonara, de una extraña protección. Ser “la mujer” de Connor le daba, en ese instante, un escudo contra la humillación pública, pero no contra el precio que tendría que pagar.
Matthew rió, casi se carcajeó.
—¿Tu mujer?
La burla de Matthew fue un aldabonazo que resonó en lo más hondo de Barbara. En esa risa había desprecio y desafío, la confirmación de que conocía demasiado para jugar limpio. Era la risa de quien no teme al daño porque ha causado el suyo antes; la risa de quien puede mirar al precipicio y no sentirse culpable.
La arrogancia con la que hablaba le dejó saber a Barbara que si no le había dicho sobre lo de ellos, no faltaba mucho para que lo hiciera.
El pensamiento fue un puñal. Cada segundo que Matthew permaneciera allí era un riesgo nuevo. Su mente se llenó de escenarios terribles: confesiones en voz alta, acusaciones, golpes que cerraran puertas y vidas. Todo se agolpaba en su pecho como una tormenta.
—Sí, mi mujer.
La afirmación de Connor fue en silencio un juramento; en sus labios, esas palabras eran propiedad, territorio delimitado. Barbara notó que, en la curva de esa frase, había miedo y desafío, una mezcla peligrosa que la dejó sin aliento.
—No lo creo —murmuró Matthew, sonriendo.
La sonrisa de Matthew no admitía clemencia. Era la certeza de quien conoce el triunfo antes de obtenerlo, la seguridad del que sabe que puede destruir con una palabra. Barbara retrocedió un paso, intentando ganar distancia, intentando recuperar control sobre su cuerpo y su respiración.
—Me tengo que ir —susurró ella, al borde de las lágrimas.
La urgencia en su voz era evidente; cada fibra de su ser clamaba por huir. Pero incluso al intentar moverse, el espacio se volvió más pequeño, las salidas más lejanas.
—Espera, Barbie, por favor.
Ella se congeló.
Habría esperado aquellas palabras de Connor.
Pero quien las dijo había sido… Matthew.
El nombre cayó en el aire como un estampido. El pánico la atravesó; no sabía si desear que su voz la persuadiera o la destruyera. Miró de uno a otro, buscando una r*****a por donde escapar.
—¿Qué dijiste? —preguntó Connor, al borde de un brote de ira—. ¿Cómo la llamaste?
La pregunta rasgó el silencio. La culpa, la vergüenza y el miedo se enredaron en su garganta. Sus manos temblaron; el mundo se redujo a la distancia entre esos dos hombres y el secreto que podía desatar la peor tormenta de su vida.
Barbara caminó con rapidez hacia la puerta.
Pero el impulso fue truncado en seco por una voz que lo cambió todo.
—¡Barbara, de aquí no sales hasta que me digas por qué mi hermano sabe tu nombre!