Ella sintió cómo el miedo la atravesaba, frío y fino, como un animal que la devoraba desde adentro. Nunca había imaginado que el día en que su pasado saliera a mordisquear su presente llegaría tan pronto; sin embargo, Connor olfateaba el temor con la precisión de un sabueso: lo detectaba en la respiración, en el temblor apenas perceptible de las manos. Por eso ella supo de inmediato que debía mostrarse firme, aunque por dentro la sangre le corría en estampida y la cabeza le latía con demasiada fuerza.
—No sé —fue lo único que ella respondió—. No sé porque tu hermano sabe mi nombre. Seguro lo escuchó en las noticias.
Las palabras salieron torpes, envueltas en un intento de sarcasmo que apenas cubría la g****a del pánico. Barbara trató de poner distancia con la broma, de convertir la acusación en un episodio mundano y risible, pero la ironía no alcanzó: su propio interior se deshacía en ese momento. Podía explicar todo; podía decir que no había nada, que las piezas no encajaban como él imaginaba, pero conocer la furia de Connor era saber que ningún argumento podía detener a la bestia cuando los celos lo ceñían.
—Mientes —murmuró él, acercándose más a Barbara—. ¿Hay algo que deba saber?
La cercanía de sus palabras fue una presión en el pecho. Él hablaba con voz baja, contenida, y cada sílaba tenía el filo de una advertencia. Sus ojos eran pequeños volcanes; en ellos la sospecha se cocinaba hasta volverse humo ardiente. Barbara sintió la mano que la sujetaba, firme, autoritaria; el gesto no era sólo posesión, era un intento de anclarla a la verdad que él exigía.
—Claro que no, ¿Qué habría para saber? ¿Por qué intentas intimidarme? —gritó ella, mientras Matthew se mantenía en silencio, solo observando lo que sus acciones habían ocasionado—. ¿Qué es lo que insinúas?
El grito le salió como un arañazo; fue más desesperación que rebeldía. Matthew, ahí en la penumbra, era un testigo que no participaba sino que alimentaba la escena con su mutismo. La presencia de ambos hombres contra ella la hacía sentir desmontada, como si las piezas de su vida se hubieran colocado en una trampa y ahora giraran alrededor de su imposibilidad de escapar.
Connor levantó una ceja, la línea del asco y del deseo mezclándose en su gesto. Sujetó la mano de ella con una presión que dolía y acercó sus cuerpos con la intención de borrar la distancia entre lo que ella era y lo que él consideraba suyo.
—¿Debería de insinuar algo? —murmuró, acercando sus labios con furia.
La pregunta fue una amenaza con la forma de seducción. Él invadió su espacio como si reclamar pudiera convertirse en posesión inmediata. Barbara lo sintió todo: la respiración caliente sobre la piel, el latido acelerado que traicionaba su pavor, la cercanía que presagiaba algo peor que una afrenta verbal.
—Connor, no te permitiré que…
Ella no terminó la frase. Antes de que pudiera trazar la línea que marcara su rechazo con palabras, él la selló con un beso. No fue un beso de amor; fue un acto de dominio que delineaba territorio y humillaba. Sus labios la izaron y la ataron con una violencia antigua, una posesión que quemaba. Barbara reaccionó con la reacción primitiva del cuerpo: lo apartó de golpe, la palma de su mano chocando contra su mejilla en un estallido de furia y orgullo.
Lo abofeteó con fuerza; el impacto lo tambaleó por un instante, y ella gritó desde el centro de su alma:
—¡Mantente alejado de mí, Connor Anderson!
Las palabras fueron una exhalación liberadora, una especie de última resistencia. Sin esperar respuesta, salió de la mansión como si la casa misma la persiguiera. Las lágrimas le surcaron la cara, calientes y abundantes, y corrió sin rumbo, como quien huye de la combustión de todo lo que le había ocurrido en minutos que parecieron horas.
Corrió durante casi quince minutos hasta que las piernas le fallaron y el aliento se le volvió una laceración. Se dejó caer en un banco frío, solitario, y trató de ordenar los pedazos de su mente. El silencio de la noche parecía pensado para escuchar sus latidos.
Entonces, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, su teléfono vibró. Un mensaje, corto y punzante, iluminó la pantalla:
“Aquellos labios siempre me pertenecieron a mí”.
Barbara sintió el estómago encogerse. La palabra en pantalla era una daga de propiedad que se clavaba en recuerdos que ella creía dormidos. Escribió con los dedos temblando:
—Matthew —susurró ella, con la voz agitada.
Pero no era una llamada; era un intercambio de fuerzas. El remitente volvió a asestarle otra línea como puñal:
“O le dices tú o le digo yo… pero la próxima vez que mi hermano te bese frente a mí, no habrá alguien en toda esta cuidad que no sepa del pasado que tú y yo tuvimos”.