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928 Words
Habían pasado dos días desde que Matthew le había hecho aquella amenaza. Cada amanecer desde entonces se había sentido como una sentencia que la perseguía y la agotaba. Ella, que antes encontraba en las mañanas una promesa de reinicio, ahora despertaba con la pesadez de un nombre que se repetía en la garganta. Se había asustado y había decidido no responder; había bloqueado su número y eliminado cualquier rastro digital que lo conectara con ella, aunque sabía, en lo más hondo, con la certeza de quien conoce las constantes del peligro, que él encontraría la manera de dar con ella de nuevo. Siempre lo hacía. Cuando estuvieron juntos, su persistencia fue una de las cosas que en algún momento la atrajo y después la condenó. Barbara se preparó para otro día con una mecánica que ya no era rutina sino supervivencia. El reloj marcaba las siete de la mañana y la luz colaba su indiferencia por la cortina raída. Los pocos ahorros que tenía se le agotaban como arena entre los dedos; cada moneda era un pellizco de futuro que se esfumaba. Debía buscar un trabajo de la manera que fuese, aunque eso implicara vender lo que quedaba de su orgullo. Dudaba que alguien la contratara; su reputación, la había visto caer como un edificio devastado por rumores que nunca pidieron permiso. Aun así, debía intentarlo: la necesidad se presentaba con el filo de la urgencia y no daba tiempo a la duda. Salió de su casa envuelta en una bufanda que no ocultaba la fatiga de sus noches; pidió un taxi y llegó al lugar al que había enviado su hoja de vida con la angustia de quien despide una última esperanza. La fachada del edificio tenía la frialdad administrativa que siempre la había intimidado; el mostrador era un muro de cristal y miradas que ponderaban sólo lo útil. —Buen día, mi nombre es… La recepcionista la miró como si hubiera entrado con una mancha visible en la piel. La expresión en el rostro de la mujer no tuvo piedad; no fue una mirada de curiosidad, sino de rechazo institucionalizado. —No —fue lo único que dijo—. El señor no está disponible para entrevistas. Barbara, por un segundo, quiso pensar que todo era un malentendido, que su correo había llegado en la chiquita cajita de la equivocación. —Pero él me escribió un correo y me dijo… —intentó explicar, aunque las palabras le sonaron a excusas de quien ya había perdido la credibilidad. —Algo se le presentó, tuvo que salir. La respuesta fue un cierre automático. En el gesto seco de la recepcionista hubo algo más que una negativa puntual: hubo el peso de las mil pequeñas puertas que se cierran cuando un rumor se instala. Barbara comprendió, con una punzada que le atravesó las costillas, que su reputación estaba tan dañada que nadie la contrataría. No era solo este trabajo; era un sellado social que la excluía de toda posibilidad. Pero la pregunta más cruda persistía: ¿con qué dinero iba a mantenerse? La estufa no perdonaba la moral, y los anuncios de trabajo no esperaban la dignidad. —De acuerdo —dijo Barbara, retirándose del lugar y sentándose a esperar el autobús. Eligió la estación más vacía, como si la soledad fuera un abrigo que amortiguara miradas. Tal vez tardara más en llegar a casa, pero no quería estar entre la gente que la repudiaba con la distancia de quien cree que el contagio social es real. Los bancos de la parada eran fríos y estériles; el viento llevaba consigo un rumor de ciudad que no perdona. Se deshizo en lágrimas ante su nueva realidad. Lloró sin ruido, con la sensación de que cada sollozo comprimía un pasado que no podía exhibir. Entonces marcó el número de su amigo Marcos con manos que temblaban. Él contestó de inmediato, como siempre: su voz era un refugio, aunque las palabras de consuelo fueran insuficientes para hacer que algo, de verdad, fuera a salir bien. Le contó lo sucedido con una voz que trató de sonar neutra para no desmoronarse. Marcos escuchó. Hubo un silencio al otro lado, ese silencio que pesa cuando la amistad se debate entre la impotencia y la oferta de ayuda. Lo último que ella quería era parecer dependiente, pero la desesperación tiene maneras de desnudar el orgullo. La conversación tomó un tono práctico, porque entre amigos a veces la b********d es la forma más honesta de ayudar a pensar. —… Y la única manera de conseguir ese dinero es entregándome a Connor… La frase escapó como una confesión amarga, el reconocimiento de que el camino fácil existía y era espantoso. Barbara notó en la voz de Marcos una sorpresa que no ocultó el juicio, pero tampoco lo sustituyó por un reproche. —¿Y por qué no lo has hecho? La pregunta de su amigo llegó como un golpe seco. Barbara se quedó paralizada. No era por falta de cálculo; no había sido por orgullo únicamente. Había capas de razones que la sospecha no atravesaba: miedo, dignidad, el acto de convertirse en propiedad; había algo de ella que no quería intercambiar por la seguridad comprada. Se dio cuenta, con el frío de la verdad, de que la pregunta de Marcos no era solo curiosidad sino un espejo que la obligaba a mirarse: ¿Por qué no has aceptado la propuesta de Connor si esa es la única manera de salir de esta situación? ¿Por qué? … ¿Por qué, Barbara?, se preguntó a sí misma…
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