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1056 Words
No le quedaban ahorros; la mente le bullía de problemas y la barriga le rugía como un animal rabioso. Caminó la habitación con pasos cortos, la luz mortecina apenas delineaba las grietas de la pared. No sabía qué hacer. Todo le pesaba: la humillación, la amenaza, la sensación de que su vida se deshacía en un manojo de pequeños fracasos. Aquella pregunta de Marcos seguía retumbándole en la cabeza como una sentencia que no permitía réplica. Aunque le doliera aceptarlo, él había tenido razón. ¿Cuál era el sentido de resistirse si él se convirtió en la única salida? La razón se le escapaba entre los dedos como agua caliente; la dignidad no llenaba estómagos ni pagaba cuentas. Por la noche, cuando el silencio la envolvía, la idea se colaba con frío: ceder y acabar con la deuda. No era valentía lo que la detenía, sino una mezcla de orgullo herido y un remanente de temor que no sabía nombrar. En la semioscuridad, con la cortina dejando pasar una franja de faroles, Barbara tomó el teléfono con manos que parecían de otra persona. Marcó el número de Connor y esperó con el corazón martillándole el pecho. La pantalla mostró el nombre y, tras la vibración, la voz emergió en el auricular sin tiempo para prepararse. —¿Barbara? El sonido de su propio nombre, pronunciado por él, la desarmó. Hubo en aquella sílaba una mezcla de rutina y reclamo, como si el interrogante llevara incorporada la expectativa de una sumisión. —… El silencio fue su respuesta deliberada. No quiso darle el don de la conversación, no aún. Guardó la respiración como quien contiene la última palabra. —Háblame, dime algo. Había en la petición un matiz distinto: no era solo curiosidad, había una impaciencia contenida, un intento por rasgar la coraza de su silencio. Ella no respondió; la decisión de colgar fue instintiva. Necesitaba tiempo para pensar, para no decir lo que después la obligaría a pagar. Ella colgó. «No» se dijo. No podía perder lo único que le quedaba. —Mi dignidad. La frase quedó suspendida en su mente, más dura que un cuchillo. Sabía que si cedía, perdería algo que no sabría recuperar: la sensación —mínima, frágil— de ser dueña de su cuerpo, de su nombre. Pero la dignidad no pagaba deudas ni pedía cuentas por la mesa. La contradicción la devoró y la dejó agotada. Por su lado, él volvió a llamarla para atrás, pero ella no respondió. Cinco intentos; cinco timbres que se clavaron en el aire del salón como advertencias. Connor terminó rindiéndose, quizá sorprendido y algo irritado por la ausencia de la mujer que, por costumbre, solía atender su llamada. Se quedó en casa, inquieto, observando el paso de su hermano por el salón como quien mira una sombra que no termina de ubicarse. Desde el otro día, ambos no habían cruzado palabra. Había en el aire una tensión que se espesaba con cada movimiento. Matthew, sin saber por qué, parecía estar enojado; su rostro tenía una rigidez que no le era natural y sus manos hablaban con brusquedad en cada gesto. Algo ocurría y Connor no llegaba a entender la naturaleza del malestar. Lo percibía como un humo que no lograba traspasar, una sensación vaga que prendía en su estómago. —Creo que hay algo que quieres decirme —dijo finalmente Connor, luego de pensárselo por varios minutos—. Puedo leerte como un libro. La frase cayó con la tranquilidad de quien cree tener el control. Connor siempre se creyó capaz de descifrar a los demás; esa confianza le daba una máscara de autoridad que rara vez se quebraba. Pero la mirada que Matthew le devolvió no fue la de quien se deja leer con facilidad. Matthew lo miró, casi con odio. No era un hombre de enfadarse, pero se sentía furioso porque él había besado a su mujer. —Que sea la última vez que la beses. Las palabras salieron sin pensarlo, crudas y cortantes. Fueron como piedras arrojadas a un lago que hasta entonces parecía calmo. La petición no llevaba sutilezas; era una orden en forma de celos ajenos, un reclamo que olía a territorio invadido. Connor alzó una ceja, sorprendido. —¿Qué? Su sorpresa se dibujó con claridad. No esperaba la vehemencia, ni mucho menos que Matthew, su hermano, se atreviera a imponer condiciones que rozaban la intromisión. Por un momento pareció evaluar si la petición tenía alguna base razonable o si era la reacción exagerada de un hombre herido. —Lo que escuchaste. La respuesta fue un simple subrayado de lo evidente. Matthew no se extendió en explicaciones. Sus propios gestos eran acusatorios; sus ojos, nítidos, hablaban de algo que había instalado en su pecho una inquietud difícil de nombrar. Matthew intentó salir de la casa, pero Connor lo jaló bruscamente por el brazo. —¿A qué te refieres con eso? ¿Por qué no puedo besarla? La tracción del brazo fue más que un gesto físico: fue la manifestación de una curiosidad que hervía en Connor y que necesitaba respuesta sin demora. Quería entender la intemperie que cruzaba a su hermano, necesitaba que lo confrontaran con palabras y no con silencios. —… El silencio del otro era un muro. Matthew había elegido la retirada como estrategia, la evasión como respuesta a una pregunta que, tal vez, le dolía en lo profundo. —¿Hay algo que quieras decirme, Matthew? —lo retó Connor, dispuesto a pelear—. ¡Dímelo, ya! La amenaza verbal fue una ráfaga que pretendía romper la contención. Connor mostraba el instinto de quien no tolera vacíos: necesitaba la certeza, la línea que separa la sospecha de la verdad. —No todo es lo que piensas, hermano. La frase de Matthew fue una confesión a medias, una barra de humo entre las manos que no revelaba la forma del fuego. Habló como quien intenta no abrir una herida que aún sangra: con cuidado, con la intención de evitar que algo peor se corporice. Y se fue, sin decir nada más. Connor se quedó mirándolo sin comprender. La puerta que Matthew cerró tras de sí parecía borrar también la posibilidad de respuestas sencillas. ¿De qué hablaba su hermano? ¿Por qué parecía ocultar algo que tenía que ver de alguna forma con… Barbara?
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