***Años atrás ***
—Por favor, es una buena oportunidad.
—De ninguna manera, estudiaras aquí, no te iras a vivir sola a otra ciudad, no tienes la capacidad de cuidar de ti.
—Si la tengo, además, fui aceptada con la mejor beca, nunca les he pedido nada, solo quiero esta oportunidad.
—No iras, te quedarás aquí, no puedes estar lejos de nosotros.
—Prometo venir tanto como pueda y ustedes también podrían ir...
—No entiendo tu obsesión por estudiar en otra ciudad, suficiente fue que accedimos a que estudies odontología y pretendas pasar tus días viendo bocas.
Por supuesto, hay un fuerte motivo para que Anastasia quiera irse a estudiar lejos de sus padres, la realidad es que se siente asfixiada de estar con unos padres controladores, ansia salir de esa casa y vivir en libertad, hacer lo que las señoritas de su edad hacen sin tener que dar tantas explicaciones y sobre todo sin tener que escuchar las constantes críticas.
Después de varios meses de rogar por la oportunidad de estudiar en la universidad donde fue aceptada, sus padres acceden a dejarla ir y al fin está llegando al que será su departamento por los años que dure su carrera.
—Esto es una pérdida de tiempo, no durarás aquí —asegura Mariano antes de salir del departamento en el que instalaron a Ana.
—Tu padre tiene razón, regresarás a casa pronto, solo te estamos dando la oportunidad para que te des cuenta que sin nosotros no eres nada, vendremos por ti en cuanto nos pidas que quieras regresar — y así, con esas palabras salen de departamento dejando a su única hija con una sensación de pesadumbre en el pecho, pero que en cuanto cierra la puerta del departamento esa sensación es reemplazada por una gran sonrisa, coloca su mano en el pecho, cierra los ojos, inhala profundamente y vuelve a abrir los ojos pero esta vez con ambas manos en la boca por la desconocida sensación de libertad que está experimentando en los pocos minutos que lleva ahí.
Las clases comienzan y aunque al principio le es difícil relacionarse con los jóvenes de la universidad, después de un año al fin acepta salir con sus compañeros de clase, todos juntos llegan a un famoso bar cerca de la escuela y cerca también de su pequeño departamento.
—Anda, bebe algo, no perderás la conciencia, solo te relajarás —sus compañeros la convencen de tomar una cerveza y ella por primera vez prueba ese liquido que logra quitar la terrible sed que sentía en el momento.
Ya más relajada de estar en un lugar como ese, se levanta de la silla para bailar con las chicas, después de algunos minutos, observa al joven que prepara bebidas en la barra, su atención es absorbida completamente por él, lo mira mientras sirve vasos poniendo diferentes líquidos de botellas que ella no tiene idea de que son, no puede dejar de ver como sus brazos se mueven mientras más vasos y tarros son puestos en la barra, como si se tratara de un imán, Damián levanta la vista y se encuentra con los ojos gris de Anastasia, sonríe y ella le devuelve el gesto de la manera más tímida posible, continúan con el contacto visual por algunos segundos hasta que un corpulento hombre llega a la barra con dos tarros vacíos en las manos y pide que sean rellenados.
Después de algún rato, los amigos deciden retirarse del lugar, Ana voltea una última vez hacia la barra y sonríe está vez con más confianza hacia el joven que ha detenido sus movimientos para observarla salir del bar.
—Nos vemos después —una vez fuera de su edificio se despide de sus compañeros de clase, entra en su departamento y recarga la espalda en la puerta, cierra los ojos y puede ver la sonrisa del joven en la barra, el brazo izquierdo lleno de tatuajes que no pudo distinguir las formas y esos profundos ojos enmarcados por abundantes pestañas y cejas pobladas.
—Por Dios es lo mejor que he visto —exclama la inexperta, a pesar de tener 19 años, nunca ha tenido novio, sus padres han sido tan extrictos que nisiquiera la dejaban salir con amigos, únicamente Claudia, al ser su vecina, pasó toda su infancia con ella y prácticamente fue su única amiga y confidente.
—Mis papás me matarían si supieran a donde fui —se ríe divertida y eufórica de conocer cosas nuevas para ella pero comunes para los de su edad—. Jamas me arrepentiré de estudiar lejos de ellos.
***
—Ana, hoy iremos de nuevo al club al que fuimos semanas atrás, sabemos que no te gustan mucho esos lugares, pero igual estas invitada —Habla Teresa, no convencida de que la más lista y dedicada del salón quiera salir con ellos de nuevo.
—Si voy, me divertí mucho ese día —contesta apresurada y así es como comienza una rutina de salir con sus compañeros y poder ver al joven que sirve bebidas detrás de una barra y que le regala sonrisas cuando aparece en su campo de visión.
—¿Cuándo le vas a hablar? —indaga una de las chicas.
—¿Cómo? —la pregunta la toma desprevenida.
—Al de la barra —señala con la mirada—. Solo te le quedas viendo, cada que venimos te la pasas observándolo y esperando a que te note.
—¿Yo? —la pregunta sale apresurada y todos ríen al ver su expresión—. No, yo... No sé de que hablan.
—Toma, no esperes a que venga un mesero, ve tú misma a la barra y rellena tu tarro —sugiere otra de las jovenes.
—Pero ya no quiero más —responde Ana con inocencia.
—No importa, tú solo ve y pide más cerveza —uno de los chicos le pone el tarro en la mano y le señala la barra. Tomando una fuerte bocanada de aire, se levanta de la silla, camina lentamente y se sienta en uno de los bancos frente a la barra, se muerde el labio inferior incapaz de decir palabra alguna, solo obseva al joven que está concentrado en su trabajo aún sin notar su presencia, a esta distancia, detalla los tatuajes en su brazo y al fin logra ver las figuras en el, una luna llena rodeada de abundantes nubes, una cabaña que da la impresión de estar muy lejos y abandonada, la tinta logra crear un efecto nostálgico y solitario, Ana aprieta el ceño mientras analiza las formas en el antebrazo sintiéndose extrañamente conmovida.
—¿Te molestan los tatuajes? — la áspera voz la hace salir de sus pensamientos para levantar el rostro y ver al dueño del brazo que espera una respuesta.
—¿A mi?, ahh no, solo estaba, yo... lo siento — nerviosamente logra decir unas cuantas palabras llenas de inseguridad —solo me dio curiosidad.
—Anastasia, ¿cierto? — Damián sonríe al verla tan nerviosa y continua llenando tarros de cerveza.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Últimamente vienes mucho por aquí y he escuchado como te dicen tus amigos.
—Eres muy observador — responde Ana sintiendo que las palabras salen menos temblorosas.
—No, no lo soy —esa respuesta la descoloca, no sabe que pensar al respecto, se pregunta si será posible que él le preste especial atención a ella—. ¿Venias por más cerveza?
—Ehh, si, claro, a eso vine —extiende el tarro que nisiquiera recordaba.
—Nunca terminas el primer tarro, y ahora hasta pides otro... —Damián toma el recipiente y rosa la punta de los dedos de Ana.
—Hoy hace más calor —responde sintiendo el rubor extenderse por todo su rostro.
—Si claro, aquí tienes —devuelve la bebida y ella la toma con rapidez derramando un poco sobre la barra y bajando rápidamente del banco para regresar a su mesa. Damián sonríe ampliamente viendo como la chica de aleja con rapidez.
—Por Dios, que vergüenza —murmura mientas avanza.