Amina
Una mano deslizándose por mi espalda desnuda me da un sobresalto. Me doy la vuelta para encontrar al tío de Emiliano, Henry, dedicándome una sonrisa pícara. —Amina, te ves impresionante— dice, y no es solo un cumplido general. Las palabras van acompañadas de una mirada persistente en mi pecho que me pone los pelos de punta.
—Gracias— digo suavemente, retrocediendo, fuera de su alcance. —Y felicidades. Por el aniversario—
con la esposa de tu hermano muerto.
Henry mira a su alrededor. —¿Y dónde está mi sobrino? —
—Se supone que debe reunirse conmigo aquí, pero no creo que haya llegado todavía—
—Por supuesto— Henry responde con sorna. —Ese chico siempre tuvo tendencia a ser poco cuidadoso con el tiempo de los demás—
—Estoy seguro de que está ocupado con algo importante— respondo, no para defender a Emiliano, sino para ver si puedo sacarle de quicio a Henry. Definitivamente hay fricción entre ellos, y quiero acentuarla. —Hace un trabajo tan bueno en la empresa— añado, alegremente. —No es de extrañar que todos lo adoren—
La sonrisa de Henry se vuelve frágil. —Qué forma tan interesante de decirlo. Por otra parte, hay una delgada línea entre el respeto y el miedo—
—¿En serio? — pregunto, sonando inocente. —¿Y cuál sientes por Emiliano? —
Henry parpadea, sorprendido por la pregunta. Entonces la sonrisa pícara regresa. —Bueno, ciertamente no tengo nada que temer de ese hombre…—
Interesante. Por lo que he visto, no hay un hombre en Londres que no tiemble al pensar en la ira de Emiliano, así que ¿Qué hace que Henry tenga tanta confianza?
Siento una oleada de consciencia recorrer mi piel, y sé que estoy siendo observada. Al girarme, veo a Emiliano abriéndose paso entre la multitud hacia nosotros, sus ojos oscilando entre Henry y yo.
—Ahí estás— lo saludo alegremente. —Justo estábamos hablando de ti—
Cuando Emiliano llega a nosotros, me rodea la cintura con un brazo y me acerca lo mas posible. Siento como si estuviera reclamando algo sobre mí.
—¿De verdad? — pregunta, dándole a Henry una mirada fría y evaluadora.
—Todo bien— añado, divertida. —¿Lo arreglaste todo en el trabajo? —
Asiente rápidamente.
—Es amable de tu parte unirte a nosotros— dice Henry, —Odiaría ver que decepcionaras a tu madre. Otra vez—
Ouch.
—Bueno, ya sabes cómo es— responde Emiliano con indiferencia. —Dirijo un negocio. Siempre hay un desastre que limpiar estos días, con todas las interferencias. Gente metiendo las narices donde no debe—
Doble Ouch.
La sonrisa de Henry se tensa. —Creo que agradecerías la ayuda. Wilder Capital es uan gran responsabilidad. Un legado que mantener—
—Si. El legado de mi padre— dice Emiliano, áspero.
—Como otros— Henry responde rápidamente.
Miro de un lado a otro, rastreando cada comentario mordaz y señal de tensión. Siento que debería comer palomitas de maíz ahora mismo, por el espectáculo que estos hombres están ofreciendo.
—Así es— dice Emiliano con desprecio. —Hay que pensar en tu breve mandato. Es curioso cuantas malas decisiones se pueden tomar en tan poco tiempo. ¿Sabías, cariño, que? mi tío dirigió la empresa durante un tiempo? —
Parezco inocente. —¿En serio? —
—Por supuesto, “dirigió” es ser generoso— continúa Emiliano. —Lo único que hizo fue que casi la hundió antes de que yo tomara el control—
—Fui firme— responde Henry sonando enojado.
—Jugaste a lo seguro— responde Emiliano, casi burlándose. —Pero esta siempre fue la diferencia entre tu y mi padre, ¿no? Él estaba dispuesto a correr riesgos y hacerse un nombre, en lugar de aprovecharse del éxito de alguien más—
—¿Y cómo le fue con eso? No lo veo aquí esta noche, ¿y tú? —
Vaya.
Parpadeo ante el insulto. —¡Me muero de hambre! — suelto, interrumpiendo rápidamente. Pongo una mano en el brazo de Emiliano, sintiendo la tensión encogida en sus músculos. —Vamos a comer algo—
Emiliano no se mueve.
—¿Cariño? — le susurro, tirando suavemente.
—No montemos una escena— murmuro en voz baja. Efectivamente, la gente me mira, leyendo claramente el lenguaje corporal, incluso si nadie puede oír su conversación.
Emiliano asiente bruscamente.
—Bien—
Le sonrió falsamente a Henry y alejo a Emiliano.
—Bueno, es un maldito imbécil— maldigo alegremente, llevando a Emiliano a un lugar tranquilo, lejos de la multitud.
Me mira y luego suelta una risa de sorpresa. —No puedo creer que acabas de decir eso—
—Bueno, lo es— me encojo de hombros. —Se que es de la familia y todo eso, pero aún así…—
Emiliano parece relajarse un poco con eso. Su mirada me recorre y se vuelve apreciativa. —Me gusta este vestido— dice, trazando el escote.
—Bien— le devuelvo la sonrisa. —Tú lo pagaste—
—Vale la pena cada centavo— dice inmediatamente. —Compra diez más—
Me río. —¿Sabes que más compraste hoy? — digo bajando la voz. —La lencería que llevo debajo—
Esperaba que eso apartara por completo todos los pensamientos sobre su familia de su mente, pero en cambio, Emiliano me mira pensativo. —¿Intentas distraerme? —
Atrapada.
—¿De qué podrías necesitar que te distraiga? — pregunto con ligereza. —¿Esta encantadora y nada extraña fiesta, llena de tus amigos cercanos y tu querida familia, que claramente adoras? —
Resopla de risa. —¿Cuánto tiempo crees que tenemos que quedarnos? — pregunta, rodeándome los hombros con un brazo y acercándome.
Siento un extraño resplandor, acurrucada en su abrazo mientras miramos la fiesta. Casi se siente como si fuéramos pareja. Juntos en esto.
—El tiempo suficiente para comerme mi peso en esos pasteles de cangrejo— respondo. —¿Las has probado? —
Le llevo uno a la boca y le da u mordisco.
—Son buenos— asiente. —¿Qué tal si hago un cheque al proveedor y hago que entreguen cien a domicilio? —
Me río. —¿Alguna vez te has encontrado con un problema del que no pudiste salir con dinero? —
Me mira directamente.
—Tú—
Mi corazón se detiene y el aire entre nosotros de repente crepita con intensidad. Él sostiene mi mirada, y hay algo allí, en las gélidas profundidades azules, que no creo haber visto nunca. Un atisbo de respeto y afecto.
Entonces se oye el tintineo de una copa y el mira hacia otro lado. El momento se pierde.
—Gracias a todos por acompañarnos a celebrar esta noche…—
Es Henry, junto al quiosco de música con la madre de Emiliano, Amanda, del brazo. Están radiantes juntos, claramente a punto de dar algún tipo de discurso.
Miro hacia atrás a Emiliano, que me observa con una expresión pétrea, todo su buen humor desaparecido de nuevo.
—Es difícil creer que esté aquí, celebrando mis doce años de felicidad con esta hermosa mujer— dice Henry, señalando a Amanda, quién lo mira con estrellas en los ojos. —No puedo evitar pensar en lo afortunado que soy. De todas las cosas, la tragedia nos unió. Puede parecer extraño, pero encontrar consuelo el uno en el otro nos dió un nuevo comienzo que necesitamos desesperadamente—
No puedo creer que realmente estén haciendo esto: enmarcar la muerte del padre de Emiliano como la razón por la que se juntaron. No puedo imaginar cómo se debe de estar sintiendo Emiliano, y aunque parece que solo está bebiendo su champán, asintiendo con la cabeza al ritmo del discurso, hay una tormenta formándose en sus ojos, una emoción que se agita bajo la superficie y que obviamente está tratando de ocultar. Un hombre como Emiliano Wilder siempre ocultará ese lado de si mismo. Lo conozco lo suficientemente bien como para saberlo.
Le aprieto la mano. —Salgamos de aquí— susurro. Parpadea sorprendido. —Ósea, tenemos el número del catering— añado. —¿Qué más necesitamos? —
Respira hondo y vuelve a mirar al escenario, donde Henry sigue con fuerza, hablando de asociación, amor y destino.
—Bien— dice, con casi un gruñido. —Vámonos—
Nos fundimos con la multitud y salimos discretamente por la entrada del hotel. Miro a mi alrededor. Todavía es temprano y estoy bien vestida. —¿Qué tal si nos vamos a cenar? — sugiero, mientras el coche se detiene.
—No…— Emiliano me lanza una mirada indescifrable. —Tengo otra cosa en mente—
De acuerdo entonces.
Nos subimos al coche y Emiliano se inclina hacia adelante para murmurarle una dirección al conductor. Luego saca su teléfono y escribe un mensaje, antes de guardarlo.
—¿Cuál es el plan? — pregunto.
Emiliano no me responde. En cambio, abre un compartimento en el coche y saca un delgado joyero n***o. —Tengo algo para ti— dice, entregándomelo.
Lo tomo, haciendo una pausa. Hay una mirada en sus ojos que no puedo descifrar, y la energía a su alrededor ha cambiado ahora estamos lejos de la fiesta. Es más nítido; alerta. Listo para algo.
Mi pulso se acelera al abrir la caja. Dentro hay un impresionante gargantilla de diamantes.
—¡Es preciosa! — exclamo, levantándola. Entonces veo que hay un anillo de plata colgando del frente, y… Una banda de cuero larga y flexible debajo, en la caja. ¿Eso es…? ¿Una correa?
Jadeo, lanzándole a Emiliano una mirada trémula. Me está mirando, todavía ilegible.
—Déjame verla puesta— dice en una orden silenciosa.
Hago lo que dice, ajustándome la gargantilla alrededor del cuello con manos temblorosas. Emiliano saca la correa de cuero de la caja y la sujeta cuidadosamente al collar. Envuelve el cuero alrededor de un puño, sosteniendo la correa ligeramente en su mano.
Mi correa.
Mierda.
Mi cuerpo se inunda de calor y de repente me quedo sin aliento por la anticipación.
Emiliano ajusta lentamente los diamantes y me dedica una sonrisa fría y criptica. —Listo Ahora estás lista—
¿Pero lista para qué? No tengo ni idea de que va a pasar después, pero oh, ya estoy mojada y me duele la entrepierna, sorprendida por su dominación casual y lo mucho que me emociona. Esta va a ser una noche que no olvidaré. Estoy cien por ciento segura.