SEGUNDA PARTE
Mery despertó con un fuerte dolor en todo el cuerpo.
No sabía cómo había llegado a parar ahí, pero estaba agradecida, y algo adormecida, pero consciente de que se encontraba en la habitación de lo que parecía ser un hospital.
Sus ojos se detuvieron en los de su padre, unos ojos cansados que parecían haberse trasnochado, para estar ahí para ella y cuidarla. Mery miró para el otro lado recostada en el sillón, vio que su madre aún dormitaba, verla a ella y a su padre, luego de mucho tiempo le hacía sentir, por primera vez que las cosas estaban bien. Verlos una vez más era un regalo de la vida, era una gran bendición para ella.
Se esforzó para hablar y dijo:
—Papá, mamá, les quiero.
Su mamá de levantó como un resorte y apareció a lado suyo.
—Mi niña, te queremos mucho —la abraza, con mucho afecto hacia ella. Mery no puede controlar sus lágrimas, y ambas lloran.
Su papá también llora.
—Ven, acércate papá —le dice y los tres se abrazan y lloran. Mery podía intuir que su padre tenía muchas preguntas que hacerle, pero se controlaba, ese no era el momento para hablar.
Luego de una media hora entró César, su hermano mayor, por dos años, entró con una caja de alfajores favoritos de ella.
—Aquí estás, flaquita… —le dijo con cariño, como lo hacía desde que eran pequeños.
—Llegas tarde gordo —contestó, Mery, recibiendo su abrazo afectivo—. Pensé que no vendrías a verme –comentó, sabiendo que siempre la esquivaba por lo que había pasado hace un par de años atrás. Pero Mery, en ese momento, solo quería hablar con él, como lo hacía antes.
Luego se enteró que la habían encontrado una familia que iba de pasada y que había estado en coma, los dos últimos meses.
Luego de papeleos, su padre se encargó de que nadie, ni los agentes de la policía la perturbaran.
—Mañana mismo regresamos a Buenos Aires –le dijo dos días después.
—Pensé que estábamos allá ¿Dónde estamos?
Su padre titubea, pero se lo dice:
—Chaco, hija. Pero quédate tranquila que nos vamos en cuanto firmen el alta.
—Los policías querrán… —interrumpió su mamá.
—Los policías pueden esperar —dijo cortante él.
Mery los veía pelearse, pero ya no sentía la misma frustración de antes, o solo era debido a los analgésicos que tenía encima, pero en ese momento, incluso, escuchándose tratar mal, ella simplemente se sentía a gusto, no porque pelearan, sino porque podía verlos.
Ella sonreía a pesar de la discusión entre sus padres. En ese momento entró César.
—¿No deberían hablar de eso afuera? –les insinuó, pero sus papás eran sordos cuando se trataba de él, igual, César ya no le importaba ser ignorado, aunque hace tiempo, sufría por eso, al grado de haberse ido de la casa para vivir con sus amigos, pero estaba ahí por su hermana, no por ellos, así que se le acercó y le dio un beso en la frente.
—¿Qué tal, flaquita? ¿Ansiosa por salir de este lugar?
—Sí, en realidad, me lo paso bien —le dijo ella, y era la verdad. Desde que había despertado, parecía que vivía dentro de un sueño hermoso, donde todo era luz.
—Súper… entonces, cuando te den el alta, puedes venir conmigo a Los Ángeles…
—Yo contenta de ir a visitarte, quiero conocer a todos tus amigos.
—Pero nada de enredarte con ninguno, sabes que soy celoso de mi pequeña flaquita…
Mery, sabía de eso, de sus celos exagerados por protegerla, ese era uno de los puntos detonantes entre ellos. Pero para sus papás era adorable, que su hijo mayor cuidara a la pequeña de todos.
—Nuestros adorables padres me prohibieron preguntarte, pero al diablo. ¿Me contarás que pasó en ese lugar?
Esa pregunta detonó en ella una niebla que estaba ahí, latente pero que no parecía ser consciente de ello, y solo se quedó mirándole, sin una respuesta a su pregunta, de inmediato, Cesar, sonrió y cambió de tema.
—No importa, flaquita. Estás aquí, eso es lo que importa… —miró a sus padres que seguían discutiendo sin darse cuenta de que él estaba ahí—. Oye, flaquita… ¿Te siguen gustando los Marshmallow Buffys? Porque vi un paquete extra gigante y me recordó a vos.
—Claro que sí, me siguen encantando como siempre… es mi debilidad. Lo admito.
—Bien —se fija su celular y le dice—. Oye, flaquita, tengo que irme, son cosas importantes. Vendré en cuánto pueda, ¿ok? –le dio un beso en la frente y le despeinó el cabello.
Mery asintió con la cabeza y César se marchó sin ser notado por sus padres.
Para cuando ellos dejaron de discutir, se dirigieron hacia ella.
—Hija, no es necesario que aceptes la visita de ningún policía. Estamos para protegerte –le dijo con angustia en su vos, pero Mery no lo comprendía.
Por la noche, comenzó a meditar y recordó la pregunta de su hermano.
La verdad era que poco o nada recordaba. Recordaba haber subido al bus para ir a ver a…
Luego una nube sin recuerdos, pero recordaba una plaza, a un anciano y niños, y luego nada, hasta que una voz decía, llama al 911, llama al 911.
Su cuerpo estaba lleno de moretones, y pensó que era por el accidente que había sufrido y que no recordaba…
—Mejor así —se decía a sí misma, ¿para qué recordar algo tan terrible? Aquél accidente no era algo que uno quiera retener en la memoria, debía seguir adelante con su vida, como se lo repetía a diario su madre.