15.

875 Words
Hace unas semanas atrás… Mery contemplaba esos hermosos ojos oscuros, resistiéndose por dentro, al impulso que luchaba dominar su cuerpo, desde aquel primer encuentro, pero esta vez era diferente y lo sabía muy bien; sentía que no podría guardárselo por más tiempo, debía decirlo. —Víctor, te amo... —Yo también te amo, pero también amo a Susane. Lo sabes, ¿cierto? —sin esperar respuesta la tomaba de la cintura, para luego estrechar su delgado cuerpo... —Sí, lo sé... —Mery ocultaba demasiado bien el dolor que le causaba escuchar esas palabras. —Y si me amas como yo a ti, tendrás que compartirme con ella. Ella ya lo hace, entiéndelo. Mery ya no lo resistía más. Sabía que debería pensar mejor las cosas, pero no le importaba ya, si lo que necesitaba era sentir su cuerpo, tenerlo encima de ella. Amaba sus misteriosos oscuros ojos, amaba su pelo rebelde y tan oscuro como la noche, en definitiva, Mery amaba lo que él era y no importaba nada más. Ahora. Mery tenía que hablar. Era ese momento o nunca. —¿Odias a las mujeres, por eso lo haces? —Mery observaba al hombre atando con excesiva fuerza sus dos manos. —¿Piensas que soy un homosexual reprimido que odia a las mujeres? ¿Estás loca? Tengo una familia. ¿Y sabes una cosa? Hago a mi mujer muy feliz... —¡Pero le mientes! —Todos mienten... ¿tú no? —¿Entonces por qué haces esto? —¿Realmente lo quieres saber? —el hombre se detuvo y agachó la mirada para encontrarse con sus ojos. —Sí. —Porque me divierte. Esto solo es un juego, una diversión más, como el fútbol. —¿Me matarás, cierto? —Sí —pero el hombre comenzaba sentirse incómodo por la forma que Mery le hablaba, había algo en ella que le intranquilizaba. —¡Eres un psicópata, demente! El hombre se volvió nuevamente hacia ella. —Mal, muy mal. Nunca, pero nunca le digas a un loco que lo está... —¡Mátame de una vez! Eres mejor eres un puto cobarde. —Sh, vas a despertar a... no, a nadie, los muertos no despiertan ¿cierto? —dijo señalando el lugar donde Yoli había sido masacrada. El hombre continuó—. Escuchame bien. No funciona así. ¿Sabes una cosa? Se me ocurre algo nuevo para ti... —caminó hacia ella y con la misma expresión en la cara comenzó a desatarla—. Te daré la oportunidad que no suelo dar a nadie... Mery sentía cómo sus brazos lánguidos agradecían ser libres, al menos por un momento. No sabía lo que estaba a punto de hacer aquel hombre, pero su cuerpo ya no tenía la fuerza para luchar. —Vete, ¡huye! —gritó ahora— ¡Corre, porque si te encuentro, te mataré! Mery notó que sus ojos brillaban, sabía que le había llegado el momento de morir y al comprenderlo, comenzó a sentir cómo las lágrimas bajaban por sus mejillas. Su cuerpo débil, lánguido, no se movía de su posición. Mientras ella luchaba por incorporarse, un grito de dolor salió desde su vientre, y cuando por fin lo consiguió, no le importaba mucho si aquel hombre le decía la verdad o solo era parte de su macabro juego. Tenía una sola oportunidad para huir y la tomaría. —Corre, Mery, corre —se dijo a sí, misma a modo de aliento. No quiso volver la mirada, pero lo hizo. Miró por primera vez aquel lugar donde había padecido, una casa desolada en el centro de la nada. El Sol que esta vez le quemaba los ojos y le impidió ver mejor al hombre que cruzados de los brazos, sonreía sin siquiera moverse de su lugar. El terror en sus venas al ver aquel macabro escenario había activado la escasa adrenalina que tenía reservada en su debilitado cuerpo. Estaba desnuda, pero eso era lo último que importaba, mientras sus pies ahora insensibles, seguían moviéndose como por voluntad propia. Huía. Su cuerpo le exigía vivir, deseaba vivir, un fuerte sentimiento de esperanza comenzó a crecer en ella, iba a sobrevivir, iba a luchar, merecía vivir. No permitiría que nadie le robase lo que era suyo, su vida. Paso a paso avanzaba, por segundos perdía lucidez, por momentos se exaltaba como exigiéndose regresar a la realidad. De repente alzó los ojos; al principio no le dio importancia pero cuando enfocó mejor la vista, admiró de cerca una masa brillante y plomiza, y sonrió, y luego río descontrolada. Esa masa plomiza era el brillo del concreto, al fin había llegado a la carretera. Quería detenerse, pero sus pies, que se movían como por voluntad propia no pretendían parar, hasta que el sonido de un bocinazo la aturdió y se quedó paralizada en el medio de la carretera. Mery pensaba que se moriría, tal vez había llegado su hora. Un carro se detuvo a centímetros de lastimarla. Escuchó que la puerta se abría, quiso huir, pero sus pies ya no daban más. Una luz resplandeciente fue lo último que vieron sus ojos. Luego la nada, y al fin sintió paz, y el dolor ya no estaba más. —Llamá al 911.
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