Ahora, en encerrada en algún lado, el sudor que caía por su rostro se mezclaba con las lágrimas que derramaban sus hinchados ojos. No podía sacarse de encima aquella pestilencia que había borrado por completo el extraño aroma a jazmines que anteriormente disfrutó.
Aquellas manos ásperas la tocaban como en el bus, con torpeza extrema, tanto que era inevitable retorcerse del dolor. Tendida sobre su vientre, ella estaba en el mismo rincón de antes, sucia y desnuda.
Los gemidos de dolor no lograban traspasar por su garganta y como no lograban salir, el hombre la lastimaba mucho más.
Tal vez y después de todo morir era lo mejor que le podría pasar.
¿Quién querría vivir después de semejante atrocidad? Una noche antes le había dicho que su error era haber huido del bus como un pobre conejito. Que aquello había despertado su instinto.
—La próxima serás tú... —le había dicho aquel hombre de la remera verde, con la mirada fría.
Era una crueldad porque fue ella misma quién le diera esperanzas de salir de ahí a Yoli. Ahora la rubia estaba muerta y ella seguía viva, pero no por mucho. Pensaba en sus padres y en lo mucho que los extrañaba, como se extraña lo que ya no se tiene.
Debía haber huido cuando pudo.
Debía no haberle seguido aquella vez al cumplir los doce, cuando pudo ir con sus padres...
Pero era demasiado tarde para arrepentirse y arrepentirse era perder y ella no era una perdedora.
Escuchó el ruido de un carro detenerse. Era un vehículo particular, lo dedujo por el sonido del motor y de las llantas, aunque ignoraba cómo, pero estaba segura que era el jeep en el que las habían traído la primera vez.
Pronto se abrió la puerta y el chirrido hizo que su corazón latiera con mayor fuerza, pero no escuchó ningún otro ruido, ni siquiera de pasos.
Respiraba con dificultad. Las lágrimas ya se habían secado hacía mucho tiempo.
—Tiemblas como un conejo.
Se quedó inmóvil y no lograba respirar. La vibración de aquellas palabras demasiado cerca de su oído ponían a su mente en blanco.
—¿Qué pasa, estos giles te cortaron la lengua? ¿O quizás me tienes miedo?
El tono de aquella voz de por sí le causaba escalofrío. No se trataba de una voz que inspirase temor, pero podía sentir en ella la maldad pura.
Tenía la cabeza completamente en blanco y su cuerpo perdía algo de su escasa fuerza en cada gota de sudor, mientras el hombre que la miraba con frialdad, disfrutando quizás de aquel retorcido espectáculo, para luego sonreír.
Mery quería verle la cara al causante de todo, y aunque luchó consigo misma, la penumbra se encargaba de segarle aquel derecho. Debía ser una noche sin luna, pensaba, porque más allá de su nariz no podía distinguir nada.
—¿Querés huir?
Parecía una pregunta sincera, pero, aunque quisiera, no podía responder.
El hombre simplemente no dijo nada más y como si ya se hubiera aburrido de ella, dio unos cuantos pasos apartándose, hasta llegar al centro del cuartucho, donde Mery podía contemplarle mejor.
No era ni gordo ni flaco. Se notaba que cuidaba de su cuerpo, el pelo lo tenía demasiado corto, como un militar; debía medir, según ella, un metro ochenta y lo tenía ahí, de espaldas.
Había perdido la oportunidad para huir y se habían asegurado de que no lo volviera a in—tentar. Sabía que en cualquier momento llega—ría su turno, la usaría como un objeto s****l y llegado el momento la matarían. Su cadáver sería sepultado en un lugar baldío y su familia viviría en sufrimiento.
¿Pero, qué diferencia había, si igual había tenido la intención de abandonarles?
¿Cuántas veces había gritado sin temor que los odiaba y el desprecio que había demostrado todo el tiempo? ¿Quién era en realidad el monstruo?
Sabía muy bien la respuesta.
Pero ahora no se trataba de admitir que se había equivocado otra vez; se trataba de sobrevivir y enmendar sus culpas.
¡Qué no daría para tener otra oportunidad para rehacer su vida!
Pero así no funcionaba este mundo; aquí se aprende viviendo y si te equivocas no hay paso atrás, solo te comprometes y vives las consecuencias de tus actos.
Y la conclusión de una vida con demasiados errores, tal vez era la que estaba a punto de conocer.
Aún consciente de todo eso, ella no iba a aceptarlo. Nunca iba aceptar un "así será". Lo odiaba, ella iba a pelear porque era una tigresa luchando por lo que merecía; y ella merecía vivir, aunque el hombre que tenía por delante, estuviera a punto de hacerle daño.
—¿Sabes lo que te pasará, cierto? —preguntó disfrutando del dolor que le causaba.
Después de algunos segundos Mery respondió.
—Me matarás...
—Sí, pero antes, antes te haré disfrutar.
Entonces, sin un poco de compasión la cogió de los pelos, arrastrándola mientras la escuchaba gemir de dolor, hasta soltarla en el medio del cuartucho, donde su cuerpo podía rozar aquel bulto.
—Al menos merezco saber el nombre de mi asesino —dijo apenas.
—¿Crees que voy a caer en tu juego? ¿Sabes que te puedo dar uno falso? —la miró como si se tratase de un insecto repugnante.
—¡Merezco saber el motivo, merezco saber algo!
—Me sorprende lo tonta que puede ser una mujer. Por tu atrevimiento fácilmente puedo cortarte la lengua— sonrió al ver que sus palabras cobraban efecto en ella.
El hombre se acercó demasiado a su rostro, sujetándole nuevamente de los pelos, mientras con la otra mano acariciaba su mejilla y cuando llegó a acariciar sus labios, torpemente le abrió la boca introduciendo un par de sus dedos.
Mery tosió, pero a él no le importaba; lo que quería era tocar su lengua.
—Sé niña buena, a menos que quieras perder tu hermosa lengua —amenazó sin cambiar su expresión, pero ella no se lo hacía fácil.
—¡Necesito saber!
—¡Sos una perra malcriada!
El golpe que le propinó la dejó inconsciente.
Como un grito de apoyo, su mente le traía agradables recuerdos, como aquella vez junto a Víctor.
—¡Te encantará, es otro mundo, debes venir conmigo Mery!
"Mery"
Nunca le había gustado tanto escuchar su propio nombre, sin embargo, pronunciado de la manera en que Víctor lo hacía, lograba excitarla e inevitablemente sonrojada bajaba la mirada.
Él era consciente de ello, sonriendo la tomaba de la mano y le besaba con suavidad. Era el hombre de su vida, no podía equivocarse.
—Creo que estoy lista para ir contigo...
—¡Qué felicidad! No te arrepentirás, querida. Estoy seguro que la hacienda te va a cambiar de manera radical, conocerás la verdadera felicidad, yo te enseñaré a ver el mundo de manera diferente. ¡Te enseñaré a ser feliz!
—Contigo...
—Conmigo y con todos allá...