13.

904 Words
Años atrás... Hace más de media hora que estaba ahí, parada frente a su madre, la que solo le miraba de a ratos, preguntándole con la mirada. ¿Qué era lo que la detenía?, ¿por qué seguía ahí? Mientras sorbía té caliente en la tacita de porcelana que había heredado de su familia. Se encontraban en el medio del jardín y eran pasadas las tres de la tarde, el sol lastimaba sus sensibles ojos. A Mery le incomodaba mucho verla actuando de esa manera tan superficial, sumergida en un mundo de glamour y de lujos, que era lo que precisamente aborrecía de ella. Tanto que era inevitable tener aquella expresión en el rostro, por lo que tanto le recriminaban. —¿No ves lo hipócrita que es todo esto? ¡Vivimos rodeados de riquezas! ¡Cuando allá a fuera viven personas que no tienen ni un solo pan para comer! No es justo, mamá… Pero su madre, siempre volcaba las acusaciones hacia ella. —Lo único que veo es a ti haciendo la vida imposible a tu pobre padre, con lo que se es fuerza para que nunca te falte nada. —¡Pero me hace falta él! ¡Nunca está y cuando está es como un ser ausente! —¡Por lo que más quieras, hija, deja ya de hacer la vida insoportable! ¿Dime qué quieres? —Lo que quiero es... es... —¡No sabes lo que quieres, eso es lo que pasa!-sorbió con aparente frialdad un poco del té, mientras veía cómo Mery, hastiada con todo eso salía huyendo, como lo hacía siempre. —No podrás huir siempre... —no podía comprender que su hija, quien un día fuera una muchacha feliz y alegre, que pasaba el tiempo dando besos y abrazos en especial a ella, se pudiera convertir en alguien tan insatisfecha y amargada. Y eso le dolía demasiado, pero no sabía qué hacer, si al menos una sola vez confiara en ella y le abriera su corazón, pero ya lo había intentado antes, hablarle de madre a hija, incluso había hecho todo para ser su amiga, pero la realidad le propinaba una cachetada, porque cada vez que lo intentaba, era despreciada y sentir aquello era terriblemente doloroso e insoportable. Pero tenía que ser fuerte y no permitir que eso arruinara su felicidad y mucho menos a su familia, por eso la obligó a ir con una psiquiatra. Al principio notó una gran mejoría en su comportamiento, podían conversar sin que se desatara ningún melodrama, incluso podía contar con ella en los días en que recibía a su grupo selecto de amigas. No tardó en darse cuenta de lo que en realidad había conseguido era ponerse una máscara, con la cual si bien ya no causaba o buscaba pleitos, la apartaba de todos, mostrando una felicidad artificial, pero en el fondo el problema seguía presente dentro su hija y se lo dijo a su esposo quien, como era de esperar, se hacía siempre a un lado. —Es la edad, solo es eso, no hay por qué preocuparse —le repetía, queriendo suavizar la amarga situación de su hija. Veía a su esposo de reojo, bebiendo a sorbos un poco de agua, intentando sonar tranquilo. —Yo no estoy de acuerdo, Mery necesita ayuda y no se me ocurre otra cosa, ya le hice cita con un buen psiquiatra —dijo un poco nerviosa y a la vez avergonzada. —¿Estás loca? ¡Mi hija no lo necesita, déjala en paz! Si quiere ser rebelde, déjala que lo sea. —No asiste más a la escuela... —reveló intentando sonar tranquila. —Bueno, con lo que gano no necesitará de un trabajo en el futuro —ahora se sentaba al lado suyo, un poco impaciente. —Creo que te equivocas, no se trata de trabajar o no, ella debe ocupar su mente con algo sano, pero no me escucha, incluso me ha gritado que me odia... —dijo secándose de inmediato las lágrimas de los ojos. —Bueno, tendré que hablar con ella —respondió él, ahora elevando la ceja derecha, como lo hacía cuando le importaba algo en verdad. Lo cierto era que la madre de Mery nunca hablaba con ella, no hizo algo para sacarla del hoyo n***o en el que se encontraba su pequeña, sumergida siempre en sus propios asuntos, incomprensibles para ella. La última vez que ella la vio fue un día antes de su partida; la encontró sentada en el mismo banquillo de siempre, en el jardín trasero de la casa. Mery tarareaba una melodía desconocida para ella y no pudo evitar sorprenderse al descubrir ese brillo en sus ojos. No dudó en ir abrazarla. —¡¿Pero, qué haces?! —se quejó al darse la vuelta un poco exaltada. —Abrazo a mi hija. —Avísame, mamá, te habría dado un golpe sin querer —le respondió un poco molesta. La madre de Mery iba a preguntar el motivo, pero no quería borrar esa aparente felicidad. Sabía que lo mejor era callar y limitarse a disfrutar de ese lapso de paz en ella. La verdad era que se veía reflejada en su hija; demasiado sensible, demasiado rebelde. Con ese pelo alborotado. Y al ser consciente de ello, por un instante sintió paz. Era ella misma mirándose en el pasado, ¿o quizás, era ella el futuro de su hija?
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