12.

1680 Words
—Haz lo tuyo y luego despáchala —ordenó el hombre que recién había entrado. Tenía la voz áspera, ronca y pudo adivinar por sus movimientos mucho más pesados, que se trataba del tipo que acompañaba al de remera verde. Mientras tanto, el sonido peculiar de sus pisa—das se escuchaba cada vez más cerca de ella, por lo que se puso en alerta. —¿A ver, qué tenemos aquí? —dijo de manera asquerosa. —Esa es del Tony —contestó el chico, al darse cuenta de cuáles eran sus intenciones. —No le afectará si las toco un poco... ¿Cierto? Entonces, manoseó torpemente el cuerpo de la rubia, quien, al parecer seguía creyendo que pasar por moribunda le ayudaría en algo. —Está sabrosa la perra... —No quiero problemas, déjala en paz... —advirtió el chico, pero el temblor de su voz hacía que sus palabras se escucharan más como una súplica. —¿Cuándo viene por ésta? —dijo el tipo, restando importancia a sus palabras. —Solo él lo sabe. —Ve adelantándote, yo te alcanzo en diez minutos... —¡Será mejor que no hagas pelotudeces! — advirtió el chico, ahora con un tono más parecido al de una advertencia. —¡Será mejor que no te metas, chabón! Segundos después el sonido chirriante de la puerta al cerrarse cesó y el silencio en ese cuartucho se hizo presente. Mery sabía que aquel hombre estaba ahí, y por más que luchara para no sentirse aterrada, era imposible... Con toda su fuerza de voluntad cerró los ojos, lentamente se puso a contar hasta veinte, hasta que su propia mente la saque de ese estado. Hace mucho tiempo atrás… Cuando vio a Víctor por primera vez, sintió que deseaba, que debía ser parte de su vida para siempre. Sus ojos místicos, la hechizaban de una manera que nunca había sentido antes. De alguna forma, creía que solo él podría dar un motivo a su triste existencia. ¿Acaso eso no era amor a primera vista? Pero. Si tan solo hubiera escuchado a su padre al menos esa vez, estaría ahora mismo a lado suyo. En ese momento, un grito ensordecedor hizo que se estremeciera hasta el tuétano de sus huesos, y le trajo de vuelta a la realidad. Notó que su cuerpo sudaba y aunque se esforzara ya no podía pensar en nada más. No lograba hacer oídos sordos e ignorar lo que estaba pasando. Sin embargo, algo dentro de ella comenzaba a moverse, a molestar. Ese algo ya lo conocía y ahora quería, le exigía de alguna forma salir de su cuerpo. Era algo así como una especie de rugido. Sabía que eso pasaría en algún momento. Había vivido por mucho tiempo aterrada, temiendo que ese día llegara, porque era consciente de lo que exigía. Y mientras abría sus ojos, su respiración se aceleraba. Esta vez tenía la mente completamente en blanco, cuando saltó hacía aquel tipo, era como si la cadena que atara a su pie se hubiera estirado. Ahora, trepada en su espalda, con las piernas entrelazadas en este, como si se tratara de una garrapata, le propinaba golpes, con una fuerza extraordinaria que nunca creyó poseer. Pero el hombre, ni corto ni perezoso, no tenía ningún problema en devolverle cada golpe suyo, lanzando codazos una y otra vez. Lo había cogido por sorpresa y eso le había enfurecido al máximo, asi que el tipo, ahora, con los pantalones bajos estaba en desventaja, así que con todo el peso de su ancho cuerpo se lanzó de espaldas hacia la pared, logrando que ambos cayeran al suelo. El hombre se incorporó sin dificultad, casi de inmediato, subiéndose rápidamente los pantalones dio media vuelta para ver al fin a la pequeña bastarda que se había atrevido a atacarle. La vio en el piso, inmóvil, como se lo imaginaba. Tendida como un perro. Satisfecho suelta una carcajada ensordecedora. —Mirá, a la perra esta... ¿Estás loca, creías que tenías alguna oportunidad conmigo? Con toda su furia de macho humillado le propinó una patada en el vientre, contemplando luego cómo se retorcía del dolor. Complacido ahora se dirigió hacia la mujer rubia. Mery, ahora tendida en el suelo, sentía sabor metálico de su propia sangre en los labios, pero aquel sabor metálico no era nuevo para ella. Lo que le llamaba la atención en ese preciso instante era el suave aroma a jazmines que iba impregnando a toda su piel. Abrió sus ojos preguntándose a sí misma ¿Cómo rayos podían crecer jazmines en esa tierra infértil? Pronto, recordó al tipo que la había derribado y lo buscó con los ojos, esperando, suplicando por dentro que ya no estuviera más. Pero ahí estaba, cerca suyo ocupado con Yoli. Luchó para incorporarse. Esta vez lo consiguió, sintiendo que la cadena que ataba su pie ya no estaba tersa. Haló para comprobarlo. De hecho, en la envestida se había partido en dos. Supo que era momento para huir. Notó que la puerta estaba entreabierta y sintió al instante la inmensa necesidad de huir, sin mirar hacia atrás. Pero sus ojos se enfocaron nuevamente en aquél hombre que no había notado que ella se incorporaba lentamente. Por fin sus ojos se habían acostumbrado a la escasa luz y pudo comprobar que el tipo comenzaba a golpear a Yoli, lanzándola hacia el suelo. Aquella escena era intolerable, dolorosa para ella. Sin saber muy bien lo que estaba a punto de hacer, se sacó el retazo que quedaba del pantalón, envolviendo cada extremo en sus manos, como si fuera una cuerda. De inmediato, saltó trepándose nuevamente al tipo, quién nunca se lo había esperado, y con demasiado esfuerzo logró apretar el grueso cuello. Los golpes de codo que recibía no serían suficientes para que desistiera. —¡¿Qué haces loca?! —El hombre volvió a gritar a penas. Pero ella no escuchaba nada, ambos tambaleaban de un lado a otro, hasta que el tipo logró lanzarse hacia la pared, como lo había hecho la primera vez. Solo que esta vez ella se hizo a un lado justo en el momento preciso. Lo consiguió, el hombre yacía tendido en el piso, inconsciente. A Mery, su cuerpo débil le exigía descansar, pero sabía muy bien que era lo último que debía hacer. De inmediato, se puso a buscar algo con qué romper la cadena del pie de Yoli. En la mesa encontró unas tijeras oxidadas, las cogió y de inmediato se puso a forzar la cadena. —¡Ya va a venir el otro! —balbuceó apenas Yoli, adolorida. —¡Vamos a salir de aquí, antes! —¡Dijo que solo tardaría diez minutos, y pasó más, ya volverá! —gritó ahora nerviosa. Desistió de las tijeras, buscó otra herramienta. Llegó hasta el maletín de color marrón, que parecía pertenecer a un cirujano. Volvió sus ojos al bulto que el muchacho había dejado en el centro, creyendo por un instante ver que algo se movía adentro, pero no tenía tiempo para investigarlo. Tomó del maletín una especie de cuchilla. Al volver con Yoli se dio cuenta que era una mala idea. —¡Sácame de aquí de una puta vez, me va a matar! —gritaba la rubia descontrolada mientras absurdamente halaba la cadena de su pie para zafarse ella misma. Mery se dio cuenta que no habría forma de romper la cadena. Ella había tenido suerte, pero Yoli no, sin embargo, no quería rendirse a pesar de que conforme pasaba el tiempo, una fuerte necesidad de huir de inmediato comenzaba a tentarle. Estaba a punto de volver al mesón donde aún quedaban herramientas, pero escuchó a los perros ladrar y supo que el muchacho ya estaba cerca. Echó un vistazo a la rubia, quien estaba llorando y que de manera histérica arañaba la cadena del pie. —¡Me hiciste creer que lo lograrías! Justo en ese momento alguien abrió la puerta. Mery retrocedió apenas unos pasos, conteniendo la respiración. Los segundos se hacían eternos. La gotas de sudor que bajaban de su frente caían haciendo demasiado ruido delator. —¡¿Pero, qué demonios?! El chico casi gritó al ver el cuerpo de su compañero tendido en el suelo. Creyó que estaba muerto. Sus ojos no lograban acostumbrarse a la oscuridad del lugar y de inmediato quiso girar para ver a las mujeres, pero el frío y filoso metal que amenazaba con cortar su cuello no se lo permitió. Respiraba con dificultad y nervioso se puso a rezar, pensaba que le había llegado la hora. Cuando él pudo notar que aquella mano que le amenazaba era pequeña, débil y que además temblaba. Se dio cuenta de lo que estaba pasando. —¡Lo mataste, perra! —acusó. —Suelta a mi amiga —ordenó Mery con la voz temblorosa. —No puedo... —¡Hazlo! —¡No tengo las llaves y aunque las tuviera, van a ir por ustedes, las cazaran y las matarán como a unas miserables perras! —¡Suéltala ahora mismo! —¡No lo haré, si quieres mátame! ¡Hazlo, porque igual me matarán si las dejo huir! Al instante el chico se las arregló para darse la vuelta y forcejeando desesperadamente logró arrancarle el cuchillo de las manos. De inmediato, Mery se lanzó a él, pero no pudo evitar que la derribe. Nuevamente en el suelo, Mery se retorcía de dolor. Mientras aquel muchacho se había quedado inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. —¡Dejanos ir, te lo ruego! —suplicó, ahogándose del dolor y sin perder esperanzas. —¡Mataste al Sapo y estabas a punto de matarme! ¡Estás loca si piensas que lo haré! Entonces, con el retazo del pantalón que encontró en el suelo, él la ató de las manos y se las ingenió para volver a encadenarla con lo que quedó de la cadena. —Con esto ya no tienes chance —se apartó hacia la puerta, sacó del bolsillo del pantalón un celular y llamó—. Necesito que vengas…
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