11.

1340 Words
Creyó escuchar a más de una voz. Ignoraba cuánto tiempo había pasado inconsciente. Abrió los ojos e intentó dar un vistazo alrededor. Entendió que la puerta estaba abierta porque claramente pudo reconocer a uno de los tipos del bus. ¿Qué hacía ahí? ¿Acaso la seguían desde antes? Haciéndose esas preguntas intentaba ponerse de pie. Agudizó sus oídos para escuchar mejor, pero era algo inútil. Aquel tipo la miró restándole importancia. Mery notó que este tenía algo en la mano, era algo así como una fotografía, en la que, de alguna forma pudo reconocer una silueta idéntica a la de Víctor en ella. ¿Pero, cómo podrían saber de él? Temió que le hicieran daño por culpa suya, gimoteando con nerviosidad llamó su atención, ya no le importaba que la hirieran, si tan solo pudiera sacarse de encima, esa duda. El tipo de antes se acercó con fastidio. Se le veía cansado, y parecía que no deseaba estar ahí mismo. —¿Qué quieres? ¡Si tienes que usar el baño, hazte encima! —Eres el del bus... –dice Mery, segura de sí misma. —Sí, ¿y qué? —¿Solo quiero saber por qué a mí? —¿Realmente importa? —Sí importa. A mí me importa… asi que, por lo que más quieras ¿No tienes una hija? esto le puede pasar a ella un día yo nunca podré ver a mis padres. El hombre parecía incómodo y comenzó a hablar. —Escucha, esto no es lo mío, solo necesitaba la guita -comenzaba a excusarse, como si de alguna forma sintiera remordimiento, parecía que tenía una lucha interna. Pero algunos segundos después, el hombre simplemente abandonó el cuartucho. Y entonces, el silencio gobernó una vez más. Mery estaba sola, realmente estaba sola y comprendió al fin la diferencia. Pensaba en su familia, en Víctor y en todo lo que había dejado atrás. Pero ella no quería morir, no quería que su vida terminara de esa forma y entre sollozos, sabía que de alguna forma era su castigo. Sus piernas comenzaban a perder las fuerzas para seguir corriendo y, aun así, sabía que no podía, no debía detenerse por nada. Las hierbas salvajes que le llegaban hasta las rodillas, le dificultaban avanzar, iban rozándole la piel dejando pequeñas y dolorosas rasgaduras. Llevaba encima un vestido corto de color azul. Azul como los jazmines que había descubierto ese mismo día. El aroma de los jazmines lograban subirle el ánimo. La primera vez que había tenido esa sensación era al cumplir los doce, justo el día de sus cumpleaños, cuando aún tenía una vida. El abuelo Tomás, que aún vivía, había organizado una fiesta familiar en la hacienda donde acostumbraban pasar las vacaciones de fin de año, pero ese día, el día que cumplía los doce, era diferente… Mery volvió a experimentar aquella sensación de abandono, como un hueco, un vacío muy profundo en su ser que se abría paso y se alojaba en ella. Abrió los ojos, consciente de que todo lo anterior era solo un sueño más. Uno de los tantos que, a lo largo de su vida, volvían para atormentarla y que siempre le dejarían aquella sensación de vacío, que difícilmente lograba ignorar. Consciente ahora de que podía mover el cuello, echó una mirada al lugar. Lo primero que notó fue que el cuerpo inerte de Yoli ya no estaba. Por instinto giró de golpe la cabeza a un costado y la vio entre las sombras. Llevaba la ropa rasgada y manchada con su propia sangre, que, a esa altura, ya solo eran manchas naranjas, acostada en el mismo suelo en el que ella misma se encontraba, mirándola en silencio. —Pensé que estabas muerta… —dijo como si nada, la rubia. —Yo pensé lo mismo de ti —respondió Mery, un poco aliviada al saber que no estaba completamente sola. Haló el pie inconscientemente, y sintiendo el peso de la cadena. Una sensación de angustia invadió una vez más su cuerpo—. ¿Por qué nos hacen esto? —preguntó alterada. —Porque son unos hijos de puta ¿Por qué más’. —Debe haber una forma de salir de aquí — insistió, Mery mientras revisaba a su alrededor. —Créeme, ya lo intenté, no hay salida —dijo Yoli fríamente. —No hay salida. ¿Cuántas veces escuchó decir esas palabras en su vida? En realidad, lo detestaba tanto, nunca podría aceptar que fuera esa la única realidad. A sí que decidida comenzó a revisar cada parte de la cadena, buscando quizás una posible falla, una pequeña grieta, entonces, la luz tenue de esperanza aún seguiría encendida. Intentó incorporarse y lo consiguió apenas, intentó dar un paso, y lo dio, a pesar del dolor insoportable que sentía en el tobillo. Pero se dio cuenta que después de todo el chico decía la verdad. Si conseguía caminar, podría huir. —Yo que vos, me hacia la moribunda... —le dijo sin más la rubia desde su rincón. —¿Por qué dices eso? —¿Qué? ¿Acaso no viste lo que hacen estos hijos de puta? —No, no vi nada raro ahí -como si no fuera lo suficiente raro que ellas estuvieran ahí. —Desperté escuchando gritos. Ese hijo de puta, no se dio cuenta que lo estaba viendo todo. ¡Pero sí que lo hice! Lo vi a ese hijo de puta follándose a la piba. —¿Dices que la violó? —Mery preguntó inquieta, recordando lo que le habían hecho en el bus. —Violar es decir poco, lo que le vi hacerle es una aberración... Al escucharla, Mery se contuvo. —¿Y dónde está la piba?-ella misma lo notaba en su propia voz, que en realidad no quería escuchar la respuesta. —Se fue a una mejor vida... —¡Por el amor de Dios! ¿La han matado? —casi gritó, quería quitarse de la cabeza que todo aquello era su culpa. —Fue lo mejor —dijo la rubia con frialdad. —¿Pero, quiénes son? ¿Por qué nos hacen esto? —Qué se yo. Por gusto será. —¡Debe haber otra solución, yo puedo convencer al muchacho! —dijo alarmada, sin darse cuenta que estaba gritando. —Escuchame nena, estos tipos no secuestran mujeres para usarlas y dejarlas libres, así por—que sí. Mejor anda y hazte a la idea de que estás muerta... —Debe haber una salida —repitió Mery, intentando no escucharla. —Escuchame, nena, con estos ojos vi cómo torturaban a esas pobres pibas y no fueron solo un par de veces... ¿Cuántas veces crees que lo han hecho, desde que desperté? Por un momento reinó el silencio, hasta que Yoli logró tranquilizarse. —A veces en el mismo día, traían a tres pibas drogadas... Cómo quería sentir de nuevo el aroma de los jazmines, ver el azul de sus pétalos... No sabía por qué pensaba eso, en ese preciso momento, en el que tenía que estar pendiente de todo. Un golpe seco y pesado le advirtió que alguien, fuera quien fuera, estaba a punto de entrar. —Shh, hacete la dormida... —la escuchó susurrar, ahora desde el suelo. Mery volvió de inmediato al frío y húmedo piso. Intentó hacerse la dormida, pero no pudo evitar abrir los ojos al escuchar un ruido molesto. Era el mismo muchacho de antes, que arrastraba con esfuerzo una especie de bulto grande y pesado, que dejó en el medio del cuartucho para luego volver a salir. Por un instante evitó respirar el olor a metal que provenía del peculiar bulto. Del cual también creyó escuchar un sonido débil pero era un absurdo, tal vez era su mente jugándole sucio. De inmediato, volvió el muchacho, esta vez tenía una especie de maletín marrón entre las manos. Lo dejó en la mesa que se encontraba a la derecha de ella, y comenzó a tararear alguna melodía desconocida, como si se estuviera completamente solo en aquel cuartucho. Mery era consciente de que si lo hacía todo bien podría convencerlo para que le ayude. Estaba decidida y a punto de hablarle, solo que al instante ingresó alguien más. Por acto reflejo cerró los ojos. Quien quiera que fuera, traía consigo un asqueroso y fuerte tufo a orines.
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