10.

1401 Words
Mery sentía el dolor más intenso que en toda su vida había soportado. Por algunos minutos volvió a perder la noción del tiempo y del espacio, pero el agudo dolor en la pierna derecha le devolvía a ratos la lucidez. No tardaría en sentir que su cabeza iba a explotar. Ignoraba cuánto tiempo había transcurrido desde que el coche diera el vuelco de campana. Pero era consciente de que se encontraba debajo de los asientos del coche, aunque ya no sentía sus piernas, solo una fuerte necesidad de beber agua invadía su mente. Podía escuchar unos murmullos. Las personas que hablaban estaban demasiado cerca de ella. Quiso moverse para ver de qué se trataba, pero en la posición en la que se encontraba lo único que podía ver era el cielo nublado. Entonces, trató hablar, pero ni una sola palabra o ruido salía de su boca; sin embargo, se alegró, al menos la suerte no le había abandonado del todo porque los estaban rescatando. Se esforzaba por no cerrar nuevamente los párpados, solo que no tenía ya control sobre ellos y en esa lucha interna ya no podía distinguir aquellos murmullos. Ya no los podía escuchar nada, pero estaba segura de que le habían tocado las manos para sentirle el pulso. Pronto iba a perder la batalla, quizás y la vida, lo sabía. Era como si estuvieran bajando el telón del mundo, para ella. Sentía que estaba perdiendo la consciencia. —La otra está más muerta que viva... —¿Son familia o qué? No se parecen en nada ¿Hola, ahí adentro? —¡Sácale igual! Cuando el rescatista logró mover con gran esfuerzo parte del carro que estaba encima de Mery, se dio cuenta de que ella aún estaba con vida. Se apresuró en hacer camino para arrastrarla. No se veía en tan mal estado como lo estaba la otra mujer, por lo que intentó no hacer ruido para no despertarla, porque no quería dar explicaciones de nada. Pero lo que él no sabía, era que Mery había despertado por tercera vez y que estaba intentando hablar. No estaba del todo segura de lo que ocurría en realidad, horas antes se había dado cuenta de que no se trataba de médicos ni mucho menos, pero aquellas voces ahora le parecían conocidas. Quería saber de quiénes se trataban e intentó a toda costa mover la cabeza y con mucho esfuerzo pudo distinguir la silueta de uno de ellos. Sus ojos emblanquecieron por el miedo que le causó ver de nuevo al hombre que le había violado en el mugroso baño del bus. No lo podía creer. Debía estar teniendo una pesadilla. —¡Arrastrala al coche! —ordenó el que tenía la remera verde. Mery movió la cabeza a pesar del tremendo dolor que el causaba hacerlo y logró ver cómo el tipo que la había violado, halaba de los hombros a Yoli, quién al parecer estaba sin vida. Le causó impresión ver el pelo que antes fuera rubio brillante, ahora teñido de sangre. Inmediatamente el otro hombre, de quién solo recordaba sus ásperas manos, la tomó de los hombros y la haló, esta vez con cuidado. No se enteró para nada que ella estaba consciente y que además le estaba observando. Mery podía incluso ver el sudor en su frente y lo sucio que estaba, bañado en un fuerte tufo a alcohol barato, como la primera vez. La cargó con los brazos y la dejó en el suelo frío y húmedo del jeep color beige. Al despertar, Mery sintió la dureza del suelo y el frío calándole los huesos. Bastaba con sentir aquello para tener la certeza de que no estaba en ningún hospital ni en algo parecido. Pero no estaba sola, escuchó la respiración de alguien más, o eso creía, pero no tenía forma de saberlo, porque no podía moverse. Intentó hablar y escuchó salir de su garganta adolorida su voz debilitada. —¿Dónde estoy? -trataba desesperadamente de ponerse en pie, pero lo único que conseguía era más dolor. Se encontraba en una especie de garaje demasiado desordenado, mohoso y en penumbras, por lo que no podía ver casi nada, y quién estuviera ahí con ella, no parecía que tuviera ganas de contestarle. Así que comenzó a hacer más ruido. —¡Holaaaaa! —gritó con toda la escasa fuerza que poseía. A lo lejos, solo los ladridos de un perro se escuchaban en respuesta, luego el silencio reinó nuevamente. Con mucho esfuerzo consiguió ponerse en pie, luego intentó dar un paso, pero esta vez tambaleó y cayó de vuelta al suelo, causándole al momento un agudo dolor en la pierna. Y al sentir por primera vez el frío del metal que colgaba de su pie sano, lloró. No se lo creía, qué hacía ella con eso en la pierna, comenzaba a jalar para tratar de romper, pero era imposible, estaba desesperándose, y de manera ilusa se puso a luchar contra la cadena para soltarse, forcejeaba sin descanso, pero cuanto más jalaba, la cadena que la retenía, apretaba aún más, asi que hiciera lo que hiciera el resultado era siempre el mismo. Parecía que el metal le decía "No te soltaré" A esa altura, Mery dudaba de su cordura. ¿Cómo era posible que aquél inerte pedazo de metal le estuviera respondiendo? Sacudió la cabeza adolorida. Justo en ese preciso instante escuchó el chirrido oxidado de la puerta. Levantó la cara y quiso mirar, pero sus ojos se le cerraron, cegados por la luz que se colaba por la puerta. Apenas pudo distinguir la silueta de un chico, que paso a paso se iba acercando hasta ella. —¿Dónde estoy? —se apresuró a preguntar. Al escucharla despierta, el chico sorprendido dio un salto ligero hacia atrás. —¿Hace cuánto llevas despierta? —preguntó pero no esperó respuesta, se puso a revisar la cadena en ambos extremos. —¡No lo sé! ¿Por qué estoy aquí, por qué tengo esto en la pierna? —gritó nerviosa. —Shhh, la despertarás —respondió tranquilo, mirando hacia el otro lado del cuartucho. Mery miró hacia el mismo lado, pero todavía le costaba distinguir una silueta en el suelo. —¡Yoli! —dijo en voz alta, más como una revelación. —Está más muerta que viva —dijo el chico, que se frotaba el brazo. Los mosquitos se habían congregado alrededor de las manchas de sangre en la ropa de Yoli. Mery se sentía asqueada al darse cuenta de que lo mismo debía estar ocurriendo en ella. —¿Qué pasó con el esposo? —El tipo murió al instante... —¡Por Dios! ¡Escucha, debes llevarnos al hospital con urgencia...! —Shhh, cállate, mejor quítate eso de la cabeza... —¡¿Pero, por qué?! —Porque ellos no lo permitirán. —¿Quiénes son ellos? -Mery se esforzaba para ver mejor al chico, pero ella ya sabía la respuesta. Una punzada en la nuca le devolvió las imágenes que antes había reprimido. En su mente, ahora podía ver las imágenes de aquellos dos hombres en el bus... —Me ordenaron que no hable con vos —dijo ahora el chico rascándose con mayor intensidad el brazo. —¡Te pido por favor que me saques de aquí! ¡Esos tipos, no sé qué es lo que quieren de mi...! —No puedo... —¡Escuchame, debo ser atendida por un médico! —Ya dije que no. —¿Por qué?, ¡Escuchame yo te puedo gratificar muy bien, si me ayudas! —Antes me meterás a la cana —dijo burlándose. —¡No, no, nada de eso! Pero es posible que pierda la pierna si no me llega a atender un médico... —No es nada grave —dijo él haciendo una mueca. —¡Me duele demasiado! —Solo está luxado... —¡¿Cómo lo sabes, acaso eres un doctor?! —Yo no. —¡Entonces, no lo sabes! El chico hizo un gesto de desagrado y dio media vuelta para salir de ahí. —¡Perdoname! Solo que me duele demasiado. ¡Ayúdame, por favor, te prometo que no voy a decirle a nadie, ni a la policía, solo sácame de acá! —Eso es lo que dicen siempre... —respondió, restándole importancia. Desvió la mirada y cruzó la puerta, con el portazo se llevó la luz con él.
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