6.

1165 Words
Cuando llegó a la terminal de buses estaba vacía, como si Dios o algo superior se habría dado el trabajo de raptar a la gente, que habitualmente se encontraría trabajando o aguardando para viajar. Mery se sentó en un banco de concreto. Aquel lugar despoblado, le daba un aire diferente y, extrañamente hacía que se sintiera tan bien, tanto que tuvo el impulso, la necesidad de extender sus brazos, dar vueltas, girando sobre sí misma, una y otra vez, sin parar. Aquel regocijo duró solo un instante en el tiempo y espacio, porque un ruido inesperado la sacó bruscamente del deleite estado. No estaba sola después de todo. Una mujer con overol gris, barría el piso y poco a poco se acercaba hacia donde ella estaba. Mery, de manera inconscientemente se puso en alerta. Tenía que preguntarle. —¿Cuándo sale el bus que va a Chaco? —A las seis —contesta en seco y sin mirarle a la cara. Continuaba su labor sin detenerse a fijarse en ella. Pero, por su rostro, Mery podía sentir que por dentro padecía por algún motivo, quizás algún hijo, solo ella sabía, pero Mery no le dijo nada. No tenía forma de romper ese silencio. Sacó el celular y confirmó la hora. Eran las seis y cinco. —No entiendo, ya son pasadas las seis... –dijo Mery. Solo entonces, la mujer se detuvo en seco y la miró, y le dijo sílaba por sílaba, asumiendo que no hablaban el mismo idioma. —Ma-ña-na a-las seis-de la ma-ña-na. Mery sonrió. —Hablo de hoy... —Hoy es feriado y no hay buses –la mujer, esta vez habló con naturalidad, viendo que Mery la entendía. Mery se fijó en el uniforme que llevaba, se trataba del personal de limpieza de la empresa que se hacía cargo de la terminal. —Es curioso, pero yo viajaba en un... —En la ciudad trabajan con normalidad, en un pueblo pequeño no —interrumpió con hostilidad, mientras se iba alejando de Mery. —Grandioso –suspiró profundo. Ya estaba preocupada. Comenzó a recorrer todas las estancias de aquella terminal, para comprobar lo que había dicho la mujer, y en efecto, no había rastros de ni un solo bus, menos de alguno que estuviera a punto de partir. —No puede ser… Comenzaba a desesperarse, quería de una vez por todas llegar a El Paraíso, con Víctor… Anhelaba estar frente a él y poder verle sonreír. ¡Cuánto le gustaba escucharle hablar! Pero antes debía buscar un hotel donde pasar la noche. Recorrió gran parte del pueblo, pero sin encontrar un solo hostal, menos un hotel, al final tuvo que desistir solo porque sus piernas ya no daban más y el frío le estaba jugando una mala pasada. Estaba claro que en ese lugar no encontraría dónde poder pasar la noche. Pero se lo tomó bien. No sería la primera vez que dormiría a la luz de la luna, aunque esta vez estaba completamente sola. En el otro lado del pueblo, la mayoría de las casas estaban a medio construir y otras eran demasiado pequeñas y pobres, aunque le daban la impresión de ser lo suficientemente acogedoras. Ella querría una casa así, desprovista de toda frivolidad y extravagancias, como la casa de sus padres. Le daba asco tanta ostentosidad, ¿para qué quería cucharas de oro? ¿no podían ser felices con solo ver al cielo y entender que todo era pasajero? Caminó pensando en todo aquello y no supo cómo pero al final había vuelto a la misma plazuela de antes. Alzó los ojos al cielo, fue consciente de que ya había anochecido y el frío había comenzado a recrudecer. Marcó al número de su padre. —Tardaste en llamar. ¿Llegaste bien? -la voz de su padre denotaba preocupación. —No, aun no llegué —Mery era consciente de que le lloverían preguntas innecesarias para ella y para él mismo. —¿Qué sucede, estás bien? Esta vez Mery sintió su nerviosismo, aun así no quiso mostrar que ella se sentía igual. —Sí, pá, todo va bien. Solo que no me sentía cómoda en ese bus y decidí quedarme en Florencia, hasta mañana —y mientras decía eso tronaba los dedos, tratando de sonar convincente para su padre. —Bueno, no sé si fue buena idea bajarte del bus cuando faltaba tan poco para llegar, pero si lo necesitabas supongo que está bien, eso es lo importante para mí —respondió con resignación, ya que estaba acostumbrado a las locuras de Mery, y para entonces, solo esperaba que llegara a salvo a su destino. Para Mery, escuchar esas palabras de alguna forma la conmovieron. Quiso decirle que lo quería mucho y que lamentaba todo, pero simplemente no podía. —Mañana cuando llegue, lo primero que voy hacer es llamarte para que te quedes tranquilo, salúdale de mi parte a mi mamá y al gordo. —Hija, ten cuidado. Estaremos esperando a que llames, no lo olvides. —Papá, te extraño —al pronunciarlo al fin, sintió el peso de lo que significaban aquellas palabras, notó que de sus ojos caían lágrimas. Con razón nunca las decía; necesitaba a su padre más de lo que pretendía aceptar. ¡Cómo quería contarle todas las desgracias, que le habían pasado en su vida! Pero también sabía que si lo hacía, destruiría no solo su existencia, sino la de toda su familia. —Yo también te extraño, aquí todos lo hacen... ¿Dónde te quedarás a pasar la noche? No creo que encuentres ahí uno, es un pueblo de paso, nadie se queda... —Tienes razón, pero encontré una especie de hotel, está barato. ¡No te preocupes! —le mintió. —Si tú lo dices hija. Sé que sabes cuidarte muy bien, pero soy tu padre y... —No hace falta que te excuses, pá. ¡Gracias por todo, te quiero! —colgó sintiéndose mejor. Escuchar la voz gruesa de su padre la hizo sentirse protegida y no pudo reprimir su melancolía. En los últimos meses no pasaba día sin que discutieran por algo, la mayoría de las veces era cosas triviales, y siempre que su papá se quedaba sin argumentos, siempre sacaba temas como: ¿Cuándo vuelves a la universidad? ¿Ya conseguiste trabajo? ¿Por qué andas con gente de esa clase? Y ella siempre le decía que nada de eso era realmente necesario en la vida. Que no pensaba retomar la carrera, que no pensaba trabajar como él lo hacía sometida por jefes déspotas y un horario abusivo. Y que los amigos con los que andaba eran mejores que todos ellos. Incluso mejor que él. Y luego dejaban de hablar por varios días, incluso semanas, y cuando, por un motivo externo que los obligara a dirigirse la palabra, siempre los intercambios entre ellos creaban un ambiente tenso, y eso enfermaba a su madre, que no lo toleraba y terminaba recurriendo a sus pastillas para la depresión.
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