7.

620 Words
Después de un rato ya estaba tranquila de verdad y no hacía falta seguir contando hasta cien. Buscó un lugar para quedarse a dormir al aire libre, pero ahí todo parecía riesgoso. Sin quererlo había dejado pasar el tiempo, hasta que se animó a tocar el timbre de una de las casas que tenía al frente de la plaza en la que descansaba, donde hace poco había llegado a ver a una anciana regando sus flores. —Disculpe que la moleste, pero necesito pedirle un favor... –le dijo Mery. —¡No tengo plata!-la anciana gritaba detrás de la puerta, desconfiada sin la intención de abrirle. —No, no es eso, lo que pasa es que esperaba al bus que va a Chaco, pero es feriado y no tengo dónde quedarme. ¿Puedo quedarme en su jardín? —¡No. Lárgate! —Yo le pagaría... —Mery insiste creyendo que la va a convencer. —¡Aquí hay muchos chorros, nada ni nadie me asegura que vos no sos chorra! —No soy de aquí, escúcheme por favor... —¡Te ruego que te vayas! —Tengo dinero, si quiere se lo enseño... —¡Andate, hija de puta o voy a llamar a la policía! Mery pensó que no tenía otra opción y tuvo que desistir. Entonces volvió a la misma plaza de antes sintiéndose decepcionada. Creía que al menos tendría un banquillo donde podría sentarse y esperar a que amaneciera. Amaba ser testigo de ese milagro, donde la oscuridad luchaba contra su eterna rival, y justo en ese preciso momento, donde reinaba el caos, nada más importaba. El mundo entero era tan pequeño como un insecto. Pero para ese momento especial, faltaban muchas horas y tenía demasiadas urgencias, como darse un buen baño. Quería dejar de respirar, sumergiéndose desnuda en la bañera, con el agua caliente y muchas burbujas. Contar hasta veinte y de una salir y respirar. Amar cada molécula de aire que ingresaba a sus pulmones y sentirse viva una vez más. Aquel ritual significaba mucho para ella, porque le ayudaba a sentirse en armonía, despojando de su mente todo sufrimiento, volvería a nacer y volvería a creer. De repente, abrió sus ojos y lo vio frente a ella. Le pareció que solo había cerrado los ojos un par de segundos nada más, después de todo estaba cansada, su cuerpo le había traicionado, quedándose dormida. —¡Aléjese de mí! Sabía que estaba totalmente indefensa, mientras intentaba incorporarse. Y sin embargo era demasiado tarde, porque sintió un par de brazos empujándole violentamente al suelo. Desde esa posición solo pudo ver las manos de aquel hombre, apropiándose de su bolsón, y que se esfumaba. Al menos solo le interesaba robar. Sintió mareos, sabía que iba a sucumbir, había perdido todas sus pertenecías. Su vida reducida en un bolsón, pero eso solo lo sabía ella. Había dicho a su padre que se iría por algún tiempo, pero la verdad era que no pensaba regresar nunca más. Por eso, todo lo que para ella poseía un valor moral y sentimental, se lo llevaba consigo en aquel bolsón. Sintió una fuerte punzada en la nuca al recordar el celular, como un reflejo de su cuerpo palpó en el bolsillo de su jeans. Ahí estaba, intacto. Suspiró quedándose inmóvil por un largo tiempo. Esperaría ahí mismo, sentada hasta el siguiente día, para llamar a su padre y contarle toda la verdad, del hurto que había sufrido y de todo lo demás. ¡Cómo quería ella estar con Víctor, en ese mismo instante! Pensaba en las horas que se lo estaba perdiendo y comenzaba a arrepentirse, si tan solo no se hubiera bajado del bus, si tan solo se hubiera defendido.
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