Mery soltó un bostezo, mientras aguardaba a que contesten al otro lado de la línea. Eran las siete y media de la mañana y su cuerpo estaba demasiado adolorido por la dureza del banquillo. Así que movía el cuello para que sus articulaciones pierdan la rigidez.
Pero al otro lado del teléfono, nadie contestaba y le mandaron al buzón de mensajes. Era la tercera vez que lo intentaba, y desistió.
-Seguro se está duchando, ¿y por qué no contesta mamá o el gordo’ –a esa hora, en su casa, todos, excepto su papá, siguen en la cama, y que no le contestaran la llamadas le parecía extraño. Va a intentarlo más tarde. No era la gran cosa, solo que la batería del celular estaba a punto de agotarse. Inmediatamente le mandó un mensaje de texto.
Sintió una leve alegría al comprobar que la terminal de buses estaba con vida. No podía imaginar de dónde salían tantos pasajeros, si un día antes el pueblo era un desierto, pero ya no le importaba en lo más mínimo. Solo quería subirse a un bus —a cualquiera— y salir de ese lugar de una vez por todas.
—Cincuenta y cinco —le respondió la mujer de la boletería. Esperando como respuesta recibir el dinero en la palma de la mano.
Mery buscaba en sus bolsillos, en todos, buscó en su chaqueta, en los pantalones, pero no encontraba su billetera. Comenzaba a temblarle las manos, en el intento de encontrar sus tres mil pesos que llevaba consigo. Y recordó que los había guardado en el bolsón que llevaba consigo un día antes.
—¿Va a comprar? Está perjudicando a los pasajeros —chilló la mujer, sin pestañear.
Sabía que detrás se formaba una larga fila esperando que termine su turno. Pero no lo podía creer después de todo lo vivido. ¡También se había quedado sin un centavo!
Sentía que se estaba formando un nudo en el centro de su vientre. No sabía si iba a reír o ponerse a llorar, pero justo a tiempo se contuvo. Decidió hacerse a un lado para que la fila avanzara y mientras comenzaba a alejarse estrechó el celular entre sus dos manos, aferrándose a ese objeto frió y sin vida, porque era el único instrumento que le permitiría salir de la situación en la que se había metido.
—Bien, solo sé una nena buena, llama a papi y pedile que te mande un remís, o un taxi— Mery murmuraba para sí misma, y mientras lo hacía, el ring, ring, ring de su teléfono, la ponía mucho más ansiosa.
Aunque lo estrechara con fuerza, no conseguiría que le contesten las llamadas. Estaba dispuesta a decirle toda la verdad, pero su papá no contestaba.
Sentada en un banco de la terminal veía a la gente abordando alegremente a los buses y marchándose de ese pueblo. ¿Por qué ella no tenía esa suerte? El día anterior, cuando abordó al bus que la trajo hasta ese punto, lo último que había sentido era alivio, solo el mismo vacío en su interior que le aquejaba desde siempre y que, a pesar de que su semblante engañara a los demás, ella sabía la verdad.
Cambió de opinión. Después de todo, creía que si contaba toda la verdad y lo que le había ocurrido en las últimas veinticuatro horas, su padre iría personalmente hasta ese mismo lugar para buscarla y en contra de su voluntad la llevaría devuelta a casa. Y era eso lo último que deseaba que pasara. Además no quería causarle nuevas angustias. Así que al final decidió que lo mejor era llamar a Víctor.
A Víctor le había conocido un par de mes atrás, en su clase de yoga. Desde que su amiga Lea les presentara, ambos se habían sentido curiosamente atraídos el uno por el otro.
—¡Una maravilla ver que se llevan tan bien! —decía la misma Lea, contenta de ser la Cupido.
Dos meses después, Víctor le invitaba a pasar un tiempo en su rancho El Paraíso, allá en Chaco, donde pasaba mucho tiempo con un grupo de amigos, los cuales según él, le mostrarían la verdadera senda hacia la armonía interior. Para Mery aquello significaba una nueva experiencia de vida, de superación espiritual, y por eso mismo aceptó alegremente su invitación. Además que anhelaba formar parte de algo realmente verdadero, donde lo mundano careciera de importancia, era eso lo que siempre había buscado.
Ahora.
Cuando escuchó la voz de Víctor pudo sentir que su corazón comenzaba a latir fuera de control, incluso sus manos sudaban.
—Te imaginé en la puerta de casa... –Víctor sonaba somnoliento.
—Tuve inconvenientes.
—¿Estás bien?¿Qué te sucedió?
—Luego te lo contaré. Oye, necesito que me pidas un taxi, he perdido mi billetera...
—¿Dónde estás?
Nunca se había fijado en el nombre de las calles, por lo que de inmediato se puso a buscar algún cartel. Vio a una mujer algunos metros de ella, comenzó a caminar hacia esta, para consultarle.
—¿Mery estás bien, responderme?
—Es que, no lo sé... estoy en Florencia, pero no sé el nombre de esta plaza...
—Pregúntale a alguien.
Mery observó un cartel viejo que apenas se podía leer el nombre de la plaza.
—Es Cristóbal Colón.
—¡Muy bien, buena chica! Estoy llamando a un taxi ahora mismo. Te llamo en unos minutos, no te preocupes.
—Te lo agradezco —dijo, Mery aliviada.
Buscó el mismo banco en el que había pasado la noche anterior y se sentó en este. Al menos había logrado solucionar el problema del transporte.
Desde que conoció a Víctor sentía la necesidad, la urgencia de estar cerca de él. Con solo tenerlo cerca bastaba para encontrar la paz y todo lo que la perturbaba desaparecía como un acto de magia, y eso para ella era el milagro que había esperado toda su vida. Aunque una relación con él era un imposible, porque tenía una esposa a la que amaba con locura, eso al principio la destrozó, pero ya no le preocupaba en lo más mínimo porque ya había sentido su cuerpo junto al suyo, el mismo día en que le había aceptado su invitación.
Sonó el celular.
—Bueno, amor el taxi va para allá.
—¡Te lo agradezco de corazón! —contestó, ella emocionada.
—Te doy el número de la patente, por si no se da fácil, GHL...
—Faltan los números...
Aguardó por algunos segundos, pero ya no escuchó nada más. Miró la pantalla del celular apagarse y sintió que iba a morirse de ansiedad.
Calculó que al menos tardaría un par de horas en llegar el taxi, eso si iba a máxima velocidad, cosa que ni ella lo creía posible ya que estaba convencida de que quienes respetaban la ley eran los conductores contratados y no los particulares.
De pronto, a unos cuántos metros vio una silueta idéntica a uno de los tipos del bus. Reconoció la remera verde que llevaba el que le había violado.
Al principio no se lo creyó.
—Son… demasiadas coincidencias— se dijo, incrédula, pero aquellas siluetas que nunca más podría sacarse de la cabeza se iban acercándose poco a poco a ella. Se le erizaron los vellos, sentía miedo y estaba a punto de desmayarse. Agitó la cabeza y reaccionó, se levantó de golpe y comenzó a caminar torpemente, sin rumbo fijo.
Cuando al fin logró salir de la plaza se dirigió hacia el supermercado chino, a toda prisa. Agitada y para agraviar sus temores se dio la vuelta, confirmando que la seguían. Se arrepintió por primera vez por no llevar consigo sus anteojos, no tenía buena vista, pero estaba convencida que nadie en aquel lugar podría vestir como aquel tipo.
Pero el supermercado estaba cerrado. Ignorando el letrero de cerrado, comenzó a golpear la puerta con desesperación, pero no conseguía nada. Quiso volver sus pasos, pero ellos estaban mucho más cerca, cada vez.
Corrió como pudo al otro lado de la calle y mientras corría comenzó a llorar. De pronto, cuando ya no pudo más, paró de golpe. Notó que una mujer mayor la observaba desde el balcón de su casa. Quiso pedirle ayuda, pero por el desprecio que expresaba su rostro, perdió toda esperanza.
No detuvo su paso y siguió caminando hasta llegar a la carretera.
Aquella sensación de ardor en la garganta comenzó a aumentar conforme avanzaba. Su cuerpo se debilitaba. Se dio la vuelta solo para ver si aún la seguían, pero esta vez, no había nadie detrás de ella.
Cuando pudo calmarse y razonar, consideró que lo mejor era viajar al dedo, porque no pensaba volver nunca más a aquella plaza.
El sol se había puesto en el centro del cielo. Al menos ya no hacía frío. Había avanzado algunos kilómetros o al menos eso sentía, pero no había conseguido parar a ningún coche. Aunque solo lo había intentado si comprobaba que el conductor era mujer. De las pocas que pudo ver que lo era, ninguna se detuvo.
El estómago le exigía comida y tenía demasiada sed, estaba sofocándose con la chaqueta y aun así se negaba a desprenderse de ella, por lo que tal vez al verla así, las personas dudaban de su cordura. Y su mente comenzaba a divagar por la falta de alimento.
Cuando escuchó la bocina de un coche que había aparcado a medias, para ver qué le pasaba. Mery se detuvo y se acercó al comprobar que se trataba de una pareja.
—Hola, necesito llegar a Chaco –les dijo.
—¡Sube, también vamos allá!-contestó el hombre quien era el que conducía. Mery abordó.
—¿No sos de por acá? –preguntó la mujer, que le veía por el retrovisor. Mery calculó que tendría unos treinta y cinco años o más. La mujer se dio vuelta para observarla mejor, aguardando alguna respuesta.
—¡Gracias por subirme! Vengo de Buenos Aires.
—¡Lo sabía! —dijo la mujer, guiñándole un ojo— ¿Vos no hablas mucho, he? Soy Yoli y este es Mateo, mi esposo —aclaró para que no le quedaran dudas.
—Hacen una linda pareja.
—Sí, es lo dicen siempre —respondió Yoli con orgullo—. ¿Y tú sos...?
—Mery Delia, un gusto conocerles.
—Así que Mery, anda, cuéntame algo tuyo —sugirió Yoli.
—¿Cómo qué?
—¿Cómo que qué?¡Cómo a qué te dedicas! -Yoli hablaba con impaciencia, y parecía tener un carácter conflictivo.
—Soy promotora de ventas —respondió Mery y se quedó callada.
Yoli no se veía contenta con sus pocas ganas de hablar.
—¿Qué, no te gusta hablar? ¡Vaya! ¡Paramos porque me aburría y yo solo quería hablar con alguien más! —dijo ofendida.
—Estás siendo grosera —le dijo pacientemente el esposo. Sin quitar los ojos del camino, pero Mery, en una de esas se dio cuenta que a ratos la miraba con disimuló por el retrovisor. El hombre era algunos años más joven que su mujer.
—¿Y qué quieres que diga?, ¡Si tu solo me hablas para pedirme comida o una mamada! —acusó Yoli, ofendida y sin pelos en la lengua.
—Estás exagerando...
—Vos más que nadie sabes que cuando te hablo de algo que a mí me importa, es como hablarle a la pared, ¡Ya te lo he demostrado! —se defendió Yoli, que esta vez estaba a punto de llorar, y con la mano temblorosa sacó un cigarro de su cartera y se puso a fumar.
—¿Qué haces? —protestó ahora el esposo.
—¿Tú qué crees? —respondió Yoli, inhalando el humo del cigarro.
—¡Sabes que no debes fumar, apágalo! —ordenó.
—¡Oblígame! —ella respondió desafiante.
Por unos segundos reinó un silencio hostil, los esposos se lanzaban uno al otro miradas frías, que en cualquier momento, pensaba Mery, podría derivar en un nuevo pleito. Se sentía demasiado incomoda, pero no quería por nada volver a la carretera, así que solo se concentró en encender el celular. Y cuando lo consiguió, vio que apenas tendría batería para hacer una sola llamada. Lo pensó mejor y se dijo que mejor usaba el de ellos, que seguro tenían. Pero la tensión entre la pareja aumentaba. Minutos después, ambos habían comenzado a discutir de nuevo y al parecer esta vez era el esposo quién empezaba a perder la calma...
Entonces Yoli volvió a atacar.
—¡Seguro pensaste que te la podrías coger a esta mina, por eso aceptaste subirla! —acusó.
—¡Estás loca, deja de joder, dejá de fumar que estás embarazada! ¡Por amor de dios ya no te aguanto!
—¡Va demasiado rápido! —alarmó Mery, al ver que perdía el control del volante.
—¿Pero, qué haces? ¡Pará que nos vas a matar, pelotudo! —gritó Yoli, pero más que ayudar, sirvió para que el hombre perdiera el control total del volante.
Cuando vio que no funcionaba, el hombre pisó con toda sus fuerzas el freno.
Mery vio al frente una luz blanca cegadora. Fue lo último que vieron sus ojos.