5.

1571 Words
Iba distrayendo su mente, siguiendo las huellas que alguien había dejado antes que ella y pensó que si se ponía a seguir su mismo camino, quizás llegaría hasta esa persona. Parecía que por esos lados las infraestructuras de las grandes ciudades tardarían mucho en llegar. Conforme avanzaba, notaba que los ruidos de los carros poco a poco iban disminuyendo, hasta desaparecer por completo. Era una sensación única, la falta de ruido, el silencio era mágico, se sentía a gusto. A unos cuántos metros de distancia pudo divisar carteles de un supermercado. —Oh, sí, yo lo sabía –dice optimista. Lo primero que vio fue una especie de galpón, que, si no fuera porque al lado tenía una gasolinera, ella dudaría mucho en entrar. Se trataba de un supermercado chino. Adentro, quizás por la hora, estaba completamente vacío, ella era el único cliente en todo el negocio. De fondo se podía escuchar una melodía agradable para sus oídos. Trató de seguirla, de tararear al ritmo. Le salía fatal, pero se divertía. Siempre le había fascinado la música asiática, le parecía perfecta y a la vez mágica, tenía según ella creía un poder sobre los seres vivos, como la melodía que escuchaba en ese momento le daba paz. Tarareando fatal, paseaba por cada una de las góndolas, buscando algo para beber y comer, quizás unos caramelos, quizás unas galletas… Al final se decidió por una botella de agua mineral y algunos chicles de fresa. Al recibir el cambio se fijó en la cajera, se trataba de una joven china muy bonita y bastante amable, por eso se animó a preguntarle. —¿Me puedes ayudar? Necesito llegar a la plaza... —No —interrumpe, la joven, con timidez, pero sin levantar la mirada. Mery pensó que no le entendía. —Solo quiero saber… —insistió, pero la joven se negaba agitando vehementemente la cabeza. —No. Mery, decepcionada por tal respuesta, logró verle a los ojos, y llegó a notar que estaba a punto de llorar. Sin comprender nada decidió que lo mejor era agradecer y seguir adelante por su cuenta, después de todo el hombre de hace rato le había dicho que sería fácil encontrar la plaza. Mery se dispuso a dejar atrás el supermercado, pero de alguna forma se sentía culpable, ignoraba qué había hecho para ofender de esa forma a la joven, y por más que repasaba mentalmente sus acciones, no supo responderse. Ya cuando estaba de salida, se cruzó con otra mujer, quien de inmediato notó que algo andaba mal, al ver a la joven asiática llorosa. La mujer comenzó a gritarle en su idioma, y la joven huyó hacia una de las esquinas, hecha un ovillo, como si fuera un cachorrito indefenso. Mery se detuvo, sin comprender absolutamente nada, estaba perpleja, dudaba si intervenir o no, luego lo pensó mejor, tal vez se trataba de la madre, aunque no se parecían en nada. Se hizo a un lado, esquivando la mirada de la mujer. Sabía por experiencia propia que no se podía razonar con los chinos, solían ser demasiado cerrados cuando se trataba de sociabilizar. Nunca supo el motivo, aunque Nay le había comentado más de una vez que eran personas con mucha presión social, y que eran todo lo contrario a lo que ella representaba: La libertad absoluta. Estaba a más de una cuadra y aún tenía el mal sabor en la boca por lo ocurrido con la joven del supermercado. Intenta abrir la botella para beber un poco de agua, trataba de relajarse, y respiraba muy hondo… Y cuando eso hacía, creyó ver a lo lejos, dos siluetas similares a los tipos del bus. —No, por favor… —se detuvo de una. Los vellos de la nuca se le erizaban ante la posibilidad de tenerlos nuevamente cerca. Le faltaba el aire y no podía respirar más. Dio media vuelta y regresó al supermercado. Sacó el celular, y comenzó a marcar, pero estaba indecisa, no se decidía si llamar o no a la policía, lo último que quería era que su familia se enterara sobre lo que había pasado en el bus. Se arrepintió, y lo guardó rápidamente en el bolsillo. El simple hecho de imaginar los rostros de sus padres, y lo que pensarían de ella… Incluso se lo podía imaginar. Ellos dirían: —Te lo dijimos. Imaginar sus rostros severos, hizo que desistiera. —Nunca les contaré nada. Nunca. Pasó varios minutos, parada en la puerta del supermercado. No había rastros de los tipos, quizás no estaba pensando bien, y todo era obra de su imaginación, fruto de su estrés por lo vivido. Ahora la mujer de antes la miraba de reojo, desconfiada y amenazante, balbuceaba algo en chino. Mery trataba de no prestarle importancia, y volvió a sacar su celular. Eligió un número al azar, uno de los que tenía en acceso rápido. Mientras tanto, la mujer del supermercado permanecía observándola, ahora mucho más nerviosa todavía. Al otro lado de la línea nadie contestaba, Mery desistió, y se fue del supermercado. Iba atravesando las calles con suma cautela, miraba hacia todos los lados para que, si los tipos la esperaban pudiera zafarse. Pero no, afuera no se veía a nadie, en esas calles de tierra no rondaba una sola mosca y eso le hizo sentir como una tonta. —Ah, sólo es mi imaginación… Respira hondo, muy hondo, trata de recuperar el optimismo perdido, pero no había forma. En ese lugar el suelo era de tierra, no había asfalto en las calles, era todo rústico, y tal como era ella, debería sentirse cómoda, pero no lo estaba y todo aquello que le fascinaba, en ese momento pasaba ignorado. No podía negar que todo el nerviosismo que había sentido en el bus había vuelto y con mayor fuerza e intensidad. Avanzó un largo trecho, por lo que se sentía demasiado cansada y además le dolía la cabeza. Pero le subió el ánimo al ver que había llegado a un pueblo. Quizás ahí conseguiría un taxi, o lo que sea que la lleve a Chaco. En ese pueblo las casas eran antiguas, una que otra estaba descuidada, pero la mayoría, eran casas bien cuidadas. Algunas contaban con un pequeño jardín delantero. La vista era divina. —Si hay casas, hay personas –se dice, contenta, con la ilusión de que su aventura, llegara a su final y pudiera retomar su viaje. Buscaba a alguien a quien consultar. Pero las calles están desiertas. En realidad, ese pueblo parecía abandonado, de no ser que las casas se mantenías pulcras no lo dudaría pero no veía a nadie por ninguna parte, pensó que tal vez para sus habitantes el día terminaba cuando el sol se ocultaba, igual que para ella. Atravesaba las estrechas calles a paso lento, pero mucho más relajada, de esa forma llegó a una plazuela. Decidió sentarse en un banco para descansar lo necesario. Volvían a su mente todo lo que le había pasado en el bus. Respiró hondo para calmarse, pero al parecer, esas imágenes no pretendías dejarle en paz, sin embargo, su alma testaruda no iba a sucumbir ante el horror, tenía que pensar en otras cosas bellas, como en Víctor, como esas tardes veraniegas... Se hacía tarde y un leve viento traía consigo el sonido de un pálido murmullo. Mery, atenta, levantó la cabeza y girando a un lado vio a un anciano de escaso pelo blanco que iba caminando demasiado lento, parecía que cada movimiento que él hacía significaba un gran sacrificio para su frágil cuerpo. Era la primera persona que veía desde el supermercado. Sin dudarlo se dirigió hacia él, y cuando se puso en frente suyo, el anciano seguía hablando solo, como si no estuviera frente a él. —Disculpe señor, necesito saber por dónde pasan los buses que van a Chaco. Mery esperó la respuesta, pero el anciano apenas se dado cuenta de su presencia. Mery pensaba que tal vez le fallaban los oídos y tenía que hablar un poco más alto. —¡Disculpeee! ¡Necesito saber si...! El anciano la interrumpió abruptamente. —¡No sé dónde está la plata, hijo de puta! Mery retrocedió del susto, cuando comprendió lo que sucedía intentó explicar al anciano que la confundía con alguien más, pero era inútil. Llena de perplejidad miró a otro lado como buscando ayuda. Y de inmediato vio a un par de niños que corrían hacia ella y enseguida supo que habría un gran malentendido. Tenía que adelantarse. —¡No le hice nada, lo juro! —¡Es mi abuelo! —la pequeña niña le sostenía la mano del anciano, quién tampoco reparó en ella. —¡Está mal del coco, siempre nos acusa de robarle plata! —se quejó el nene del pelo más oscuro, que llegó último. —Bueno, qué alivio. ¿Pueden decirme dónde tomar el bus que va a Chaco? —preguntó ahora mucho más tranquila. —¡Por allá! ¡Por allá! —le indicó con la mano derecha el nene de pelo oscuro. —¡Vamos a casa! ¡La mamá se va a enfadar! —interrumpió la nena, que la miraba con demasiada desconfianza. Entonces, ambos niños comenzaron a llevar al anciano, sujetándole cada uno de un brazo, mientras este seguía balbuceando. —¿A dónde me llevan? ¿Dónde está mi dinero? ¡Ustedes me han robado…!
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