Le temblaban aún los pies, incluso sabiendo que ahora se encontraba a salvo. Pero… ¡si tan solo pudiera sacarse del cuerpo la pestilencia de aquellas manos!
No.
Ya no iba a pensar en ello, iba hacer como si nada de eso hubiera sucedido. Comienza a mentalizarse, a respirar profundamente, y mientras el aire llena sus pulmones, va contando del uno al diez.
—Solo fue una pesadilla, nada más. Sólo fue una pesadilla, nada más… —se repetía a sí misma, como si pudiera borrar por completo todo lo ocurrido.
Mery tenía la facultad de concentrarse tantísimo que en algún momento dejaba de pensar; el término mente en blanco sería apropiado en ese caso. Ya desde chica sabía usar esa virtud, que para ella era un poder, y con ese poder conseguía olvidar todo lo que le hacía daño.
Ahora se encontraba en medio de la nada y por donde contemplara, la carretera se imponía con los automóviles, que en su ida y venida la dejaban atrás.
El bus le había dejado cerca de una intersección con otra carretera de tierra y que, al parecer, era poco transitada, y para coronar el día, a esa hora era la única persona en ese lugar, y no veía a nadie a quien consultar dónde estaba. Eran primeros días de otoño, y el frío era insoportable, incluso para ella que acostumbraba a vivir al aire libre sin acondicionador ni calefacciones, ni nada de esos artefactos que solo gastan electricidad y arruinan el medio ambiente. Pero ahora, frotándose las manos de manera automática, lograba calentarse un poco. Se sentó al borde de la carretera, estiró las piernas y se dispuso a descansar un poco. ¿Qué haría luego? Desde donde estaba no veía cerca alguna parada de bus, ni siquiera un solo cartel que indicara algo.
Le tentaba sacar el celular y hablar con su padre. Luego de pensárselo varios minutos al fin se decidió. Marcó el número. Iba a hablarle de lo que sea, quizás inventarse algo tonto, porque lo único que quería era escuchar su vos.
—Rayoooos... —pero descubrió que en ese lugar no tenía cobertura. No tenía caso y desistió de llamar.
Después de varios minutos se incorporó. Estiró las piernas y las manos y volvió a contemplar todo a su alrededor.
—Pucha, esto es re hevy… —dijo ella, como si alguien más pudiera escucharla, en ese desolado lugar, porque de alguna forma la situación le recordaba a una película que había visto hace mucho tiempo atrás.
—¿Cómo era el título? Era “Una carretera…” No, no…
Un par de carros frenaron, invitándole con la mano a subir. Pero Mery los rechazó amablemente. Sin embargo, no se percató de que uno blanco se había detenido demasiado cerca de donde estaba ella.
Solo cuando se dio cuenta retrocedió de manera inconsciente.
El conductor sacó la cabeza por la ventanilla, como para hablar con ella. Mery se fijó. Era un hombre de la edad de su padre; de hecho, se parecía en algo a él. Este hombre le llamaba con las manos y de la misma forma, que el anterior la invitaba a subir. Mery decidió acercarse esta vez.
—¿Subís?—le ofreció el tipo.
Mery retrocedió un paso.
—No gracias, prefiero esperar al bus —dijo ella, con naturalidad.
—Aquí no paran buses. Tenés que ir al pueblo caminando. Ahí en la terminal hay como cuatro buses que salen.
—¿Queda muy lejos?
—Sí, yo diría que tenés que caminar como cuatro kilómetros hasta llegar a una estación de servicio, que tiene un mini mercado a un lado, luego te será fácil ubicarte. Si querés te dejo cerca, no tardaremos en llegar —sugirió el hombre amablemente, pero Mery ni siquiera se tomó el trabajo de considerarlo, y lo rechazó de una.
—No gracia, prefiero caminar...
Pero el hombre no intuía que ella no deseaba subirse a su carro.
—No me molesta llevarte... –volvía a insistir. El hombre se fijaba sospechosamente, según Mery, en su bolsón que llevaba en la mano.
—Prefiero caminar, pero gracias por la oferta –contestó y se fue alejando con cautela.
—Te sugiero que tengas cuidado, se nota que no eres de por acá. Te lo digo porque me recuerdas a mi hija Martha —el hombre sonrió levemente.
—Estaré bien, gracias por todo —Mery sonrió agradecida, pero agradecida de que al fin el carro partía. Se sintió aliviada a pesar de que el hombre había sido muy amable con ella.
—Ah, ya recuerdo… se llamaba "Una chica en la carretera" Sí, estoy segura…
Se movía alejándose de la carretera de asfalto.
Se sentía optimista, al menos no llevaba demasiado equipaje, y decidió avanzar hasta dar con alguien.
—Quizás haya un negocio, tendría que haber uno... porque en todos lados hay kioscos, ¿no es así?
Esto es como aquella vez que me perdí en medio de la nieve.
Había caminado sin detenerse y llegó a un kiosco, desde esa vez tenía la seguridad que siempre que se perdía, tenía que caminar hasta llegar a uno. Estaba en la misma situación. Seguro llegaría a un kiosco y conseguiría un bus que la lleve hasta Chaco. Víctor la esperaba y se moría de las ansias de tenerlo junto a ella. Sonreía al recordar esas tardes en las que, tendidos en el pasto, contemplaban las nubes en el cielo.
—Cuando vivamos juntos. Esta será tu vida junto a mí.
—Sueño porque llegue ese día, Víctor.
—Oh, llegará, te lo aseguro.