Caminó a su casa sin apuro, pero deseaba con intensidad darse un baño. Sentía que últimamente todo se estaba quedando dentro de su cabeza, y eran contadas las palabras con coherencia las que soltaba. Sentía que estaba deambulando sin rumbo, mas se encontraba en el camino correcto hacia su hogar. Deseaba ver a Nouk, tal vez él podría ayudarla en lo que necesitaba. En ese momento más que nunca antes, quería aclarar su mente, y su amigo podría darle ese respiro que deseaba. También deseó por un instante ver a Vikeo, sentía en las puntas de sus dedos podría volver a trazar su rostro con cuidado sobre el papel; respiró profundo, vio su casa y avanzó un poco más a prisa para dejar el recuerdo del Seele atrás.
Cuando llegó a la entrada, la puerta estaba forzada. Recordó que habían entrado a su casa a registrarla mientras ella estaba en la ciudad, en Frinville. Lydie entró sintiendo como el frío de la calle se quedaba atrás y el calor de su pequeño hogar la recibía. Ese agosto no había sido caluroso, el bosque la abrigaba y la humedad templaba el espacio. Se quitó los zapatos a tirones, caminó descalza hasta la sala, encendió la luz y vio en su mueble la figura de una mujer.
- ¿Farah? – Susurró Lydie, acercándose a su amiga.
La luz hizo que la pelirroja se removiera en el mueble, estirándose con cuidado de no caerse, se sentó y miró a Lydie, aún somnolienta. Cuando enfocó mejor, sonrío con emoción, se arrojó al cuello de Lydie para abrazarla.
- ¡Lyd! – Exclamó Farah. – Esperaba por ti, no quise arreglar la puerta hasta que estuvieras aquí pero tampoco quería dejar la casa sola. Vine de inmediato al finalizar el juicio. – Dijo un poco preocupada, como si fuera un dilema muy grande dejar la puerta sin una cerradura funcional.
Lydie se sentó junto a ella, con cierta felicidad de ver a su amiga. Era una amistad honesta, sin importar las diferencias. Se sintió apoyada con la pelirroja allí, quien le contó lo que había pasado mientras ella estuvo en la casa de los Jefes. Farah se veía cansada, pero también compartía el gesto de felicidad por la presencia de la pelinegra sentada junto a ella.
- Sé que tuvo que ser duro sentarse y ser juzgada como una traidora a los ojos de todos. – Murmuró Farah, con cierto pesar.
Pero para Lydie no lo era, ya no. “Traidora”, esa era la etiqueta con la que diferenciaban a un Rebelde y jamás había logrado arrancarla de su cuerpo. Todos, hasta lo que confiaban en ella, tenían esa incomodidad de cuándo sería el momento en que sacara las uñas para atacar. Notó que Farah quería acercarse a ella, lo cual no le molestaba para nada, sólo que en ese instante entendía que era por lastima.
- Estoy bien, Farah. Créeme, no es la primera vez para mí. – Dijo Lydie, sacudiendo la cabeza para restarle importancia.
- Detesto que te miren así… - Susurró. Tragó saliva y la miró fijamente. - ¿Cómo te puedo ayudar, Lydie? ¿Qué haremos estos siete días? Ya hay que empezar a movernos, ¿cierto? Trazaremos un plan, encontraremos a los culpables y devolveremos el libro a ese molesto Hexu.
- Lo primero es descansar, lo segundo es preguntar a todos los demonios posibles si vieron algo, lo tercero es que le daremos uso a los condenados teléfonos porque tomaremos fotos de todo, la memoria no va a bastar en esta ocasión… Y por último, pero no menos importante, debo contactar con unas personas al menos antes del miércoles.
- ¿Te acompaño?
- Son Rebeldes.
- No me importa, sí me necesitas, allí estaré, Lyd. – Aseguró Farah, quien finalmente se decidió por tomar sus manos para darle un ligero apretón entre las suyas.
- Farah… Ni siquiera deberías preocuparte tanto. – Dijo Lydie. Hace mucho que alguien demostraba tanto interés en su bienestar. Le dolió un poco el pecho al sentir el nombre de Vikeo pasar frente a sus ojos.
- Lyd, te están deseando muerta de la manera más horrible e injusta. Yo no quiero permitir eso, no puedo. Te considero mi amiga, tú me has apoyado en muchas cosas, yo quiero hacer lo mismo por ti. – Expuso.
Lyd sintió ganas de llorar, esos últimos tres días habían sido caóticos y todo sucedía muy deprisa. Miró a Farah con cierta tristeza, luego bajó la mirada hasta las manos de Farah donde aún acunaba las suyas, suspiró y se dejó caer más en el mueble.
- Gracias. – Murmuró. – A veces creo que debo enfrentar todo sola, me he sentido así mucho tiempo. Aún con Adel cerca, apoyándome, he pensado que debo solucionar todo por mi cuenta o tomar decisiones rápidas que me favorezcan. – Sus ojos fueron cediendo al peso del sueño, estaba realmente cansada, pero sentía muchas ganas de agradecerle a Farah.
- Estás medio dormida, Lyd. – Observó con gracia. – Vamos, te llevo a tu cuarto, yo dormiré aquí en la sala. No puedo negar que es muy cómodo tu mueble.
Farah siempre había sido así de espontanea, era algo que a Lydie le conmovía. Sentía en ella a una persona alegre, despreocupada y con los “problemas” más sencillos de resolver que cualquier persona se habría podido imaginar. Lydie no sentía celos ni envidia de ella, desde el fondo de su palacio mental, le causaba cierto gusto rodearse de aquella tranquilidad que le transmitía la pelirroja. Farah tenía la vida que siempre había deseado Lydie, y ver en ella todas esas cosas le daba la esperanza de que existía una mínima posibilidad de que podría lograrlo, podría obtener lo que anhelaba.
Se levantó del mueble como pudo y Farah caminó delante de ella, conocía la casa y llegó rápido a la habitación para encender la luz, buscarle algo cómodo para que se cambiara, para dejarla allí descansando. Lydie no protestó por la ayuda, le tendió su celular y Farah lo tomo para ponerlo a cargar. Lydie no tenía incomodidad en cambiarse delante de Farah, nunca sintió esa vergüenza que demostraban los humanos al cuerpo desnudo de otros delante de sí, le costaba entenderlo. Dentro de su cabeza, apagó las luces de su palacio mental, y se rindió en su cama del sueño que cargaba desde hace tres días.
Farah la miró, estaba completamente dormida. Apagó la luz del cuarto antes de salir, caminó hasta la sala y se hizo casi las mismas preguntas que Kir: ¿Por qué tendría un hechizo para bloquear los recuerdos de su vida entre los Rebeldes? Ella misma, siendo Seele como Lydie, tenía problemas para conjurar magia avanzada. Y controlar recuerdos, no sólo es magia avanzada, es antigua, complicada, secreta. No quería ser parte de los que miraban a Lydie con duda, pero sintió mucha intriga después del juicio.
Era su amiga. Desde el primer día que la vio dentro del clan se había acercado a Lydie ya que sentía que podía confiar en ella sin ningún problema, pues le transmitía calma y cierto carisma, aún con lo seria que podía ser. Lydie se desenvolvía con ligereza, la gente se sentía atraída por ella, por su conocimiento, por su valentía y su destreza en la magia, las batallas y combates. Había ganado admiración y respeto de una gran parte del clan. El día que fue presentada a Los Guardianes, todos sintieron tranquilidad pues vieron que no había nada que temer de la Rebelde. Farah sintió ese día que su corazón se hinchaba de orgullo, veía en Lydie a una gran mujer, un demonio ejemplar, por ello no dudó ni un segundo que merecía el puesto de Jefa.
Farah trató de recordar el día que fue presentada para ser parte del clan… Lydie no levantaba mucho la mirada a Los Guardianes, Adel se mantuvo serio todo el tiempo, Umay estaba hastiada y Seth estaba en su mundo. Había un Guardián que buscaba los ojos de Lydie constantemente, pero ella mantenía la cabeza gacha, como si quisiera evitarlo a toda costa. Todo lo contrario a esta vez, que se sentía en su gesto tan altivo y orgulloso. Había dos Lydie, pensó Farah volviendo a acostarse en el mueble, y cada una mostraba lo necesario para encajará en el momento adecuado; ¿tenía que temer y dudar como todos los demás? Nunca lo sintió así, ni siquiera en ese momento que se preguntaba si conocía a profundidad a su amiga como para defenderla tanto, cuando se notaba que ella había estado años protegiéndose de todo y todos.
- Vikeo, - murmuró Farah en la oscuridad-, ese era el nombre del demonio que estaba el día que recibieron a Lyd en el clan… ¿Por qué lo esquivaba tanto?
La incógnita que surgió en medio de la noche, le causó un escalofrío a Lydie en su espalda que la hizo medio despertarse, pero continuó durmiendo. Tal vez era sólo el ajetreo y los recientes sucesos que perturbaron un momento su sueño.