Lunes, ¿pero a qué costo?

1432 Words
Lois miraba despreocupado su teléfono, era un mañana de lunes como cualquier otra, rutinaria y aburrida. Agosto se le había vuelto extremadamente largo, pero se sintió complacido por los últimos eventos dentro del clan. - Agh, lunes, ¿pero a qué costo? – Dijo Prisco en un tono lastimero, quien se acercaba a la mesa donde estaba sentado Lois. Estaban en la casa de Lois, un lugar grande y con muchos adornos de vidrio. A Prisco le resultaba que cada hora que pasaba hacia más y más lenta la mañana, anhelaba que llegara la tarde, deseaba tener algo por hacer. - ¿Qué recuerdas de Wann? – Preguntó Lois sin despegar los ojos del teléfono. Prisco se sorprendió, no solían hablar de él ni de ese… “suceso”. - Era extraño, pero un gran guerrero. – Respondió Prisco, haciendo un gesto para restarle importancia. - ¿Cuándo murió? - Hace… cinco años, ¿no? – Trató de recordar, no estaba del todo seguro. - Sí, ¿cuánto tiempo lleva Lydie aquí? – Seguía deslizando el dedo por la pantalla. - Seis años. – Prisco se encogió de hombros. - ¿A qué viene el interés? - ¿Wann y Lydie alguna vez se cruzaron? - Pues, no… Ya para ese momento, Wann estaba en el infierno, pasaba mucho tiempo allí. Recuerdo muchos rumores, pero… - Prisco sacudió la cabeza. – No lo sé, no entiendo a qué quieres llegar, Lois. - Nada en particular. – Murmuró. Wann evitaba a Lydie, y era extraño pues muchos decían que Wann habitualmente se juntaba con Rebeldes para ayudarlos. Era el hombre que siempre estaba callado, que se encogía de hombros y volteaba a otro lado, pero lo más mínimo que considerara injusto, iba tras ello a involucrarse y ayudar sin meditarlo mucho. Salvó a varios Caníbales de no perder su forma humana, aquellos que, en ese blando cascarón, iban perdiendo la cordura. Lois recordaba los actos de misericordia de Wann, y le parecían absurdos. ¿Por qué un Caníbal se detendría de cortarle la cabeza a una Bestia, a un Rebelde, o a cualquiera que se atravesara en su camino? Lois que había visto poco del Infierno, sintió que eso no encajaba en ese contexto. Un Kudya Munthu podía estar a la altura de una Bestia, un perro de guerra que después podían reemplazar. Y Wamm, callado, misericordioso y un poco desinteresado del mundo humano, era Jefe de los Deamonium. No podía recordar desde cuándo, pero Lois había jurado que, si un día lograba ser Jefe, jamás volverían a estar seres tan inútiles y piadosos como Wann, o el mismo Adel. Quien se fue detrás de Lydie buscando su muerte. Esos dos hombres le generaban cierto repudio difícil de ocultar, pero que siempre tuvo que tragarse. Prisco bostezó, se recostó de la mesa del comedor para dejar descansar su cabeza sobre sus brazos cruzados. Su piel blanca resaltaba sobre la mesa de vidrio con madera. Era un hombre fornido, un Kudya Munthu impresionante. Su corto cabello rubio y su rostro serio, causaban que varios demonios se sintieran intimidados cerca de él. Era joven, pero tenía suficiente experiencia demoniaca. En sus 105 años como demonio había servido fielmente al clan, Lois le reconocía que a pesar de ser un Caníbal, podía actuar casi con tanta inteligencia como él. Un mensaje llegó en el teléfono de Lois, sonrió ligeramente, sus labios gruesos murmuraban el contenido del mensaje con cierta emoción. ¿Cómo podía el moreno simplificar esa sensación de gloria? Él iba a obtener todo lo que deseaba, pero antes debía sacar algunas personas ineptas de la ecuación y todo podría ser suyo. Compartir no estaba en su idea, él sería quien se sentaría en el gran trono donde juzgaban a los peones, a los perros inútiles, a las burdas Bestias que había descuartizado en algunas de sus batallas. 127 años demoniacos le hacían sentir que estaba en la cima, ¿quién podría quitarle de allí? Había planes, sí; pero él tenía sus propias ideas al respecto. - Andando, buscaremos a Farid en su casa. – Anunció Lois antes de levantarse. – Amigo, no tienes idea… ¡Lo que queremos, finalmente, lo obtendremos! – Dijo con ánimos a Prisco, quien sonrió genuinamente. - Bien, vamos. No hay tiempo que perder. – Prisco se levantó, sacó las llaves de su bolsillo delantero y antes de salir de la casa, se volvió a Lois con un gesto un poco más serio. – Sé que Wann merecía morir, Lois, pero a veces me pregunto cuales fueron las verdaderas razones de su muerte. ¿Tú no? - Los Guardianes hicieron lo que él mismo se buscó, ¿no lo crees? – Dijo Lois, colocando su mano sobre el hombro de Prisco, apretado ligeramente en una señal de que debía dejar ya ese tema. – Wann era un Jefe descuidado, a él no le importaba la integridad del clan, rompía todas las reglas que mantenían el orden de nuestra r**a… ¿Recuerdas ese rumor, - se acercó a Prisco bajando la voz, no había nadie alrededor, pero igual mantuvo la discreción, - donde todos los demonios decían que Wann estuvo con una humana? Lois se carcajeó sin ánimos, pero sonaba tan real que Prisco asintió con una sonrisa confusa pues él recordaba ese rumor, la risa de Lois le hacía sentir que no había algo respetable en el antiguo Jefe. - ¿Manchar el nombre del Clan Deamonium, por una mujer humana? – Lois negaba con la cabeza, la ironía en su voz reconfortó a Prisco. - Já, sí… Tienes razón. Había muchas razones para que Wann ya no fuera parte del Clan. Un hombre así no podía representar a nuestra r**a. Caminaron hacia el auto de Prisco, el cual estaba estacionado sin mucha delicadeza frente a la gran y rustica casa de Lois. El rubio encendió el auto sin apuro, Lois volvió a ver su teléfono, marcó un número en la pantalla, y esperó. Al otro lado de la línea se escuchaba la voz de Farid, quien discutía con su gemela. Lois le avisó que pasarían por él, riendo un poco al escuchar los gritos de la pelea. Los gemelos pelirrojos eran jóvenes, apasionados y necesarios para él. Lois veía como cada pieza en su enorme tablero jugaban un papel importante, hasta la perra Rebelde, quien había cambiado un poco el rumbo de sus planes, resultaba necesaria. No le hacía gracia alguna tener que ser tan pacifico, quería atacar de frente, pero no resultaría en nada bueno pues era un movimiento estúpido y él, un Seele, no podía actuar como una Bestia. La mujer de pelo azul oscuro lo había mencionado antes, y él coincidía en sus ideales. El poder era necesario, pero lo realmente importante del poder, era lo que hacía una persona con ello. Había hombres a lo largo de la historia que no valoraban su posición, su privilegio por sobre muchos; Lois había visto en los ojos oscuros de aquella sensual y peligrosa mujer, que ella apreciaba su lugar y a quienes tenía bajo su mando. Los últimos dos años que se habían visto, notaba como había tantas personas que le debían, y Lois aprendió a actuar con el mismo tono calmado con el que ella llevaba a cabo cada movimiento para envolver a una pobre victima en su red. Ella gestaba una enorme red, cazaba con agilidad, hasta aquel que Lois veía como un inútil, la mujer de pelo azul lo exprimía hasta consumir de su ser todo lo que ella deseara y considerara útil. “Siempre recuérdalo, cielo, todos y cada uno de los rostros que mires, son útiles, necesarios, casi indispensables. Trátalos con el amor que suplican sus ojos, y siempre se arrastraran volviendo a ti rogando por más, ¿qué harás tú, eh? ¿Complacerlos? ¡No! Negociarás, por supuesto. Pues el intercambio “justo” es necesario para el adicto, aunque ya no reconoce qué es lo más justo para él mientras obtenga lo que desea”. Desde ese momento, Lois entendió que no estaba cediendo, sólo estaba alquilando el puesto a los rostros necesitados, a los ojos llenos de deseos, y él les entregaba un poco, ¿por qué no? Una probada del poder supremo de toda una r**a, puede causar adicción… Esa era la red que estaba tejiendo, para él era innegable el placer que le causaba ver a tantos caer. ¡Finalmente! Hasta Los Guardianes, se arrodillarían ante él. Ese último pensamiento le hizo sonreír, y no pudo contener el resoplido de satisfacción de su perfilada nariz.
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