Rapto.

1047 Words
Caminó con tranquilidad por el supermercado, tomando varias cosas de los estantes. Lydie no quería su nevera y alacena vacía, ofrecer comida era su medio confiable para relajar un poco el ambiente que se tensaba cada vez más en el Clan. Aunque el mundo seguía su curso, los demonios se andaban con cuidado. Notaba que hasta los Rebeldes que hacían su vida cotidiana dentro de las calles mundanas, tenían una actitud extraña. - ¡Mami, por favor! – Chilló un niño. Tenía un paquete de dulces en las manos, pero su madre se negaba a comprarlo. - Basta, Jeremy. Déjalo donde lo encontraste, ve rápido que ya debo ir a pagar. – Dijo la madre, una mujer joven con un carrito no muy lleno de productos. Vio a Lydie y le sonrió apenada. - ¡Ah, niños! Todo lo que ven, lo quieren. Ni siquiera le gustan esos caramelos. Lydie sonrió, el niño volvió corriendo con su mamá y pasaron a la caja para pagar. Fue por algunas cosas más en la sección de congelados, dio una vuelta más por el mercado verificando que había tomado todo lo que quería y necesitaba. Caminó con tranquilidad hacia una de las cajas que estaba sin clientes, sintió que era una mañana de lunes como cualquier otra, pero algo vibró en su interior. Volteó buscando a la mujer y su hijo, ¿ya habían salido? ¿Dónde estaban? Escuchó la risa de un niño, volteó y vio que estaban caminando hacia la salida. Lydie pagó lo más rápido que pudo, metió todo dentro de un gran bolso n***o y se fue unos pasos más atrás de la mujer. - ¿Harás papas fritas, ma? – Preguntó el niño, quien llevaba una de las bolsas. - Puede ser, sólo si alguien promete comer todos sus vegetales en el almuerzo. – Sentenció la madre. – Veremos una película y haré las papas con queso como te gustan, Jem. El niño rió de satisfacción, Lydie se mantenía muy atenta a todas las personas que pasaban. Había algunos demonios colgados de los brazos de humanos, susurrándoles cosas subidas de tono, haciendo sonrojar a algunos y reír a otros. Iban a hacerse las 12, así que era un lunes donde mucha gente salía de sus trabajos para almorzar o hacer algún recaudo rápido antes de volver a sus oficinas. - Jem, toma mi mano, no te alejes. - Sí, mami, ¡pero yo puedo solo! – Aseguró el pequeño. Algunos demonios, noto Lydie, miraban al niño y ladeaban la cabeza, examinando al pequeño Jeremy, otros le sonreían con los ojos muy abiertos. El niño apenas lo notaba, pues la madre se aseguró en apresurar el paso, lejos de todo aquel mar de gente en trajes caros. - ¡Catherine! – Gritó alguien entre la multitud. La mujer se detuvo y volteó hacia la voz. Era una mujer un poco mayor quien se acercó a la familia, Lydie sintió en su pecho nuevamente la alerta. Entrecerró los ojos y permaneció parada unos metros distantes, susurró un conjuro para aguzar su vista y su oído. — Oh, pues el pequeño Jeremy ya no es tan pequeño, ha crecido mucho en estos últimos meses. — Aseguró la mujer. — ¿Te veré en la reunión de padres, Catherine? Retomar clases nos da un pequeño respiro de los niños, ¿no lo crees? Ambas rieron, Catherina un poco incómoda. — ¡Deberías darme tu número! Perdí mi teléfono, tengo uno nuevo y pues, me encantaría mantener el contacto contigo. — Dijo la mujer. — A Fred le gustaría jugar con Jeremy. — Eh, claro, deja que busque mi teléfono... — Catherine dejó una de las bolsas del mercado en el suelo, soltó la mano del niño y empezó a buscar dentro de su cartera su teléfono. El niño vio algo a lo lejos, y sintió esa llama de la curiosidad creciendo en él. Lydie lo notó. Querían al niño. ¿Esa mujer era una deudora de Larisa? Lydie se mantuvo atenta a cualquier movimiento, aunque el andar de las personas le dificultaba la tarea pues le tapaban la vista por segundos. Un segundo puede cambiar muchas cosas, y era más que suficiente para que Jeremy fuera tras eso brillante que veía a lo lejos mientras su madre anotaba el número telefónico de esa mujer. Quería tenerlo en sus manos, era algo pequeño y reluciente de color verde, así que soltó la bolsa del mercado con intenciones de ir tras ello. Aunque prefería ver qué demonios estaban tras ese secuestro, no podía arriesgar la vida del niño. Caminó rápidamente, le detuvo el paso al colocarse delante de él. El pequeño se sorprendió, e hizo un gesto de desagrado. — ¡Pero...! — Protestó. — Nada de peros, debes estar cerca de tu madre. — Dijo Lydie caminando devuelta hacia Catherine. — Creo que este pequeño es muy curioso, señorita. — Tendió la mano del niño a su madre, y se sorprendió nuevamente apenada. — Oh, Dios, es mi culpa, me distraje. ¿Jeremy que ibas a buscar? Toma la bolsa. — Se apresuró a guardar el teléfono. — Señora Leslie, nos vemos en la reunión de padres, adiós. — Apretó el bolso contra su cuerpo, y tomó con fervor la mano de su hijo. — Y gracias, yo... Gracias. — No es nada. — Dijo Lydie, mientras veía el paso apresurado y marcado de la señora Leslie, quien llevaba los puños apretados a los costados. Pues sí... Hasta los Demonios Rebeldes estaban inquietos en la ciudad. Lydie buscó con la mirada el objeto que había llamado la atención de Jeremy, pero no había rastros de nada ni de nadie. El olor podía delatar a los de su r**a, y en esa calle cesó tan rápido como había aparecido el olor a azufre y jazmín mezclados en una extraña proporción. Ninguno se opacaba. Era difícil de ignorar, pero por más que lo intentara detectar, había desaparecido. Volvió a mirar a las personas que pasaban por la calle, no había ojos extraños ni olores nauseabundos, sólo humanos. Suspiró, caminó devuelta al supermercado y fue a por su moto en el estacionamiento. El bolso de compras no le pesaba en los hombros, era la cantidad habitual de comida que llevaba devuelta al bosque.
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