Una nota.

1220 Words
Tomó el viaje con calma. Aún no se sentía del todo convencida, algo seguía vibrando en su interior, la alerta seguía allí. "Debiste hablar conmigo ese día que apareciste en mi casa, Adel. Te fuiste con muchos, demasiados secretos... ¿Cómo descansas por la eternidad así?" Pensó Lydie. Llegó a su casa en menos de lo que había esperado. Era un lunes como cualquiera, largo, rutinario, aburrido. Cuando iba a meter la moto en el garaje, algo que hacía un movimiento extraño en su puerta le llamó la atención. Dejó la moto rápidamente en su puesto habitual, bajó con cuidado y se dirigió a la entrada principal. Una nota doblaba por la mitad estaba pegada en la puerta y la brisa la movía ligeramente. La despegó con cuidado, abrió la puerta y entró a la casa. Dejó el bolso en la isla de la cocina, fue a su cuarto y cerró la puerta. "Cuando Wann murió, cerraron una puerta a una posibilidad. ¿Lo conociste? Dio más de lo que siquiera se le exigió. Cuando Adel murió, abrieron todas las puertas para una nueva era, una nueva realidad. ¿Lo recuerdas? Él era realmente el callado. La muerte de Wann fue una consecuencia de los actos de Adel. Y lo pagó, era una deuda grande. Gracias Lydie, estás ejerciendo tu papel de manera increíble. Esperamos que no te salgas de los parámetros, no queremos que arruines tu carrera después de tantos años actuando a ser una buena chica". La nota estaba escrita en computadora. El discurso era absurdo. Ella no conocía a Wann, ¿qué había pagado él por Adel? "Más malditas preguntas que ya no sé cómo carajo responder..." Pensó Lydie. Tomó la almohada y hundió el rostro para gritar de frustración. Tomó su teléfono y miró la hora, se levantó hasta su armario para cambiarse. — La hora ideal para hacer almuerzo y cuestionar todas mis decisiones a lo largo de mi existencia. — Dijo mientras tomaba unos pantalones más cómodos para estar dentro de su hogar. En su palacio mental, Ladyn, llena de sadismo se reía, ¿cómo no iba a aguantar las ganas de burlarse? Si su hermana, que podía andar suelta por el mundo, ya pronto necesitaría defenderse de todo lo que la rodeaba, y por supuesto: tendría que dejarla salir. Ladyn, era el poder descontrolado, la rabia, el deseo cegado de controlar, el sadismo y la locura, era la mujer que le agradaba a Larisa, obviamente, la que siempre trataba de provocar para que se mantuviera a su lado. Larisa estaba locamente enamorada de Ladyn, pues esa era la Seele que habían condenado a estar con los Rebeldes, y por supuesto la peli azul lo agradecía. Le habían dado el mejor regalo que jamás hubiera imaginado en siglos. Ladyn era la Seele que podía quemar, destruir, descuartizar a todo aquello que se metiera en su camino sin una pizca de compasión. Y esos eran los recuerdos a los que Lydie le huía. Ladyn pasó años matando al lado de Larisa, quien se moría de excitación al ver cuánto caos podía causar ese demonio que llevaba la espada con tanta seguridad entre sus manos, con un leve susurro podía hacer la magia más compleja y nunca parpadeaba ante el espectáculo de sangre que la batalla le ofrecía. Su piel canela brillaba hasta parecer escarchada, sus ojos negros relucían de lujuria, su sonrisa siempre se ensanchaba; hasta que un día cesó. Lydie había tomado el control dentro del palacio mental de aquel cuerpo deseoso de sadismo, y se volvió más calmada. Seguía siendo una increíble guerrera pero ahora que pensaba con detenimiento sus estrategias, era mil veces más fuerte e invencible. Este cambio le agradaba a Larisa, hasta Kadet le envidiaba su destreza, pero dejó de causar furor cuando empezó a cuestionar las cosas que hacían dentro del pequeño clan de Rebeldes. Cuando Lydie empezó a preguntar, a pensar, a no ser una pieza sino una jugadora, todos la vieron diferente. Lydie había conocido a Vikeo en el Infierno, y él le mostró un mundo diferente al que ella no estaba acostumbrada. Esto logró que empezara a reconocer lo bueno y lo malo, lo justo y lo necesario, lo injusto y lo que ya sencillamente no tenía remedio. Vikeo era ese hombre que resaltaba por no encajar, y con ello logró cautivar a Lydie. Ladyn lo odiaba tanto o más que Larisa, pues le resultaba aburrido que un hombre con poder no se aprovechara de la privilegiada posición en la que se encontraba. ¡Ser Guardián, y no hacer lo que te provoque! Un total desperdicio, según lo que pensaba Ladyn. ¿Cómo alguien así podía ser tan bueno? Aunque a veces se equivocaba, la nobleza que lo rodeaba le daba arcadas del asco a Ladyn. Lydie sirvió la comida, tomó la nota y la dejó sobre la mesa. — ¿Por qué ahora meten a Wann en todo esto? — Dijo mientras se sentaba en su pequeño comedor. No había tenido noticias de Farah hasta el momento y le resultó extraño. Realmente era un lunes como cualquier otro, incluso más aburrido de lo que estaba acostumbrada. — ¿El mundo podría detenerse? Me gustaría bajarme... — Mencionó con la voz cansada. Siguió comiendo, pero sus ojos seguían viajando del plato a la nota abierta sobre la mesa. Lydie se sentía lenta. Ella no era así, era una mujer de palabra y acción, era temida por muchos cuando tenía su gran espada entre sus delicadas manos, trazaba planes de batalla que le aseguraban la victoria... Ella era más, mucho más que esa mujer sentada sobre una silla de madera clara, con un plato de comida, un jogger y una camiseta ancha, el cabello recogido en una cola alta... "Es que eres tan aburrida como ese imbécil Seele... ¡Jajajaja, no me impresiona que hayas llegado a eso!" Bufó Ladyn, desde el fondo de la habitación donde permanecía encerrada. "Vamos, Lyd, sabes que deseas tanto como yo buscar a Larisa. Se extrañan, se necesitan". — No, perra maldita, la necesitas tú, yo no. Larisa es una enferma... — Susurró. Entendió que la lentitud era sólo un efecto de la misma abstinencia después de años con una vida tan activa y sangrienta. Ella ya no era eso, no era esa desenfrenada necesidad de sangre y muerte. "A veces me das ternura, sinceramente, puedes ser tan débil y nadie notaría la diferencia... Pero sí yo estuviera a cargo nuevamente sabes que..." No logró terminar la frase, Lydie hizo un leve movimiento con su dedo índice y con un hechizo simple la hizo callar. — Hoy no, Ladyn. Hoy no. — Sentenció. Terminó su comida en silencio, llevo el plato al fregadero e hizo su día como cualquier otro. Seguía meditando contactar con Nouk, y esperaba que Dará la llamara en algún momento, pero seguían pasando las horas de ese lunes y nada ocurría. Miró el teléfono varias veces, ¿qué le diría a Nouk? "Por pura casualidad, ¿está el Mortarium Seele en el viejo edificio abandonado? Oh, más que eso, ¿siguen viviendo allí? Quiero creer que Kadet no sigue llevando señoritas de la noche hasta allí..." Sí, no era un mensaje simple de escribir, pero no sé atrevía a enviar algo así sin saber quién terminaría leyéndolo.
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