Donde todo empieza de verdad
El fin de semana llegó como un respiro necesario.
Valeria pasó la mañana del sábado en casa, ayudando a su madre con lo de siempre: ordenar, cocinar, conversar sin prisa. Rieron, compartieron silencios cómodos. Todo parecía en su lugar.
Excepto ella.
Mientras Elena hablaba de cosas simples, Valeria asentía… pero su mente regresaba una y otra vez a la misma persona. A su voz. A su mirada. A ese segundo que no había podido borrar.
—Estás distraída —dijo su madre, observándola con atención.
—Un poco cansada —respondió Valeria—. La semana fue intensa.
No era mentira.
Pero no era toda la verdad.
Por la tarde se encontró con Camila. Caminaron, tomaron café, hablaron de todo… y de nada.
—Lo estás pensando —dijo su amiga, sin rodeos.
—No puedo evitarlo.
Camila sonrió.
—Entonces deja que pase lo que tenga que pasar.
Esa noche salieron juntas. Un lugar tranquilo, música suave, luces bajas. Valeria no esperaba nada. De verdad no.
Hasta que lo vio.
Sebastián estaba allí, de pie junto a la barra. No estaba solo… pero tampoco parecía acompañado. Sus ojos se cruzaron.
Y todo se detuvo.
No hubo sorpresa exagerada.
No hubo sonrisas amplias.
Solo una mirada larga, intensa, que decía demasiado.
Camila lo notó de inmediato.
—Voy al baño —dijo, levantándose—. O mejor… creo que vi a alguien que conozco.
Valeria la miró.
—Camila…
—Tranquila —respondió, guiñándole un ojo—. No tardo.
No volvió.
Sebastián se acercó despacio.
—Hola.
—Hola.
Se sentaron frente a frente. El ruido alrededor parecía lejano.
—Nunca pensé que volveríamos a encontrarnos así —dijo él.
Valeria sonrió, nerviosa.
—Nuestro primer encuentro tampoco fue el mejor.
Él rió.
—Eso es decir poco. Me insultaste.
—Me gritaste primero —respondió ella—. Y llegaba tarde.
—Aun así… fui bastante duro.
—Yo también —dijo ella—. Quería disculparme desde hace tiempo.
Sebastián la observó con atención.
—Acepto las disculpas —dijo—. Aunque, siendo honesto, me alegra que haya pasado así.
—¿Por qué?
—Porque si no… tal vez nunca te habría conocido.
Valeria bajó la mirada. Luego la alzó de nuevo.
—Yo también lo creo.
Hubo un silencio.
La conversación se había ido apagando sola.
No porque no tuvieran qué decir…
sino porque ya no hacía falta hablar.
Sebastián la observaba en silencio. No era una mirada suave. Era firme. Atenta. Como quien ya ha tomado una decisión y solo está midiendo el momento exacto.
Valeria lo notó.
—¿Qué? —preguntó, nerviosa.
Él no respondió enseguida. Se inclinó apenas hacia ella, apoyando un brazo en la mesa, invadiendo su espacio con naturalidad.
El beso aún ardía cuando Valeria reaccionó.
Fue ella quien dio un paso atrás primero.
Luego otro.
—No… —dijo, casi para sí—. Esto no está bien.
Sebastián intentó hablar, pero ella ya negaba con la cabeza.
—Tienes novia —añadió, con la voz quebrándose—. Y yo… yo no soy eso.
Tomó su bolso con manos temblorosas.
—Valeria, espera —dijo él, avanzando un paso.
Pero ella ya estaba de pie.
—No puedo —respondió—. No hoy. No así.
Y salió.
Cruzó la puerta casi corriendo, sin mirar atrás. El aire frío de la noche la golpeó de lleno, pero no la detuvo. Caminó rápido, como si quedarse un segundo más pudiera hacerla caer.
Sebastián se quedó inmóvil.
No la siguió.
Se pasó una mano por el rostro y cerró los ojos. Todo empezó a encajarle con una claridad incómoda.
El sábado en la mañana.
La lluvia.
La habitación compartida.
La imagen que no pudo borrar.
La distancia con Renata.
El beso.
No había sido un impulso.
Había sido una suma.
Se sentó, exhalando con fuerza.
—Maldita sea… —murmuró.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió en control. No era deseo solamente. Era algo más profundo. Más peligroso.
Valeria, mientras tanto, caminaba sin rumbo fijo. El corazón le latía desbocado.
Pensó en su madre.
En Camila.
En la mujer que quería ser.
—No así —se repitió—. No de esta manera.
Pero también sabía algo que le dolía admitir:
No había huido por falta de sentimiento.
Había huido porque lo sentía demasiado.
Esa noche, ambos llegaron a casa con la misma certeza silenciosa:
Lo que había empezado no se podía desbesar.
Ni deshacer.
Ni fingir que no existía.
Y cuando el amor aparece donde no debe…
la verdadera trampa no es sentirlo,
sino decidir qué hacer con él.