Lo que no se olvida**
La mañana llegó envuelta en un silencio extraño, interrumpido solo por la lluvia suave que aún caía.
Valeria despertó primero.
Se levantó despacio, procurando no hacer ruido. Tomó su ropa y fue hasta el pequeño espacio junto a la ventana para cambiarse. Estaba de espaldas a la puerta, concentrada en no pensar demasiado.
En ese mismo instante, Sebastián regresó a la habitación.
Empujó la puerta sin llamar.
El tiempo se detuvo.
La vio.
No fue más que un segundo.
Suficiente.
Valeria se giró de inmediato, sobresaltada, cubriéndose con los brazos.
—¡Perdón! —dijo él, cerrando la puerta con rapidez—. No… no sabía que…
—Está bien —respondió ella, con la voz agitada—. Fue un accidente.
Sebastián apoyó la frente en la puerta cerrada.
Respiró hondo.
—Lo siento mucho, Valeria.
—Ya pasó —dijo ella desde dentro—. Dame un momento.
Él se alejó unos pasos, intentando recomponerse.
Pero no pudo.
La imagen se había quedado atrapada en su mente sin pedir permiso.
No por lo que vio, sino por cómo lo vio: natural, vulnerable, real.
Nada de eso debía estar allí.
Nada de eso debía importarle.
Cuando Valeria salió, vestida y con el cabello aún húmedo, evitó mirarlo directamente.
—Ya estoy —dijo.
—Gracias —respondió él, demasiado serio.
El silencio se hizo incómodo. Denso.
Salieron del hospedaje poco después. El mecánico ya trabajaba en el auto. Todo parecía volver a su cauce.
Excepto ellos.
Sebastián no volvió a mirarla igual.
No porque quisiera…
sino porque ya no podía.
Y Valeria, sin decirlo, sintió que algo invisible había cambiado entre ambos.
Hay encuentros que no se buscan.
Miradas que no se planean.
Y momentos que, aunque duren un segundo, permanecen para siempre.
Lo que no se dice**
El viaje de regreso fue distinto.
El auto avanzaba por la carretera húmeda mientras el cielo empezaba a despejarse. Valeria miraba por la ventana, concentrada en el paisaje, como si así pudiera ordenar lo que sentía. Sebastián conducía en silencio, con ambas manos firmes sobre el volante.
Ninguno mencionó la mañana.
Ninguno mencionó la noche.
—El mecánico dijo que el problema no volverá a repetirse —comentó él, rompiendo el silencio—. Llegaremos directo a la empresa.
—Está bien —respondió ella.
Nada más.
Pero el aire entre ambos estaba cargado de cosas que no se atrevían a nombrar.
Sebastián la observaba de reojo. Cada gesto de Valeria le parecía distinto. Más cercano. Más peligroso. Se recordó a sí mismo que era su asistente. Que tenía una vida. Que tenía novia.
Apretó la mandíbula.
Valeria, por su parte, sentía una mezcla extraña: vergüenza, confusión… y una cercanía que no sabía cómo deshacer.
Cuando llegaron a la empresa, cada uno retomó su papel. Profesional. Correcto. Distante.
Demasiado distante.
⸻
Renata no tardó en enterarse.
—¿Cómo que pasaron la noche fuera? —preguntó, cruzada de brazos, en el apartamento.
—El auto se averió —respondió Sebastián—. No fue planeado.
—¿Y no había hoteles cercanos?
—Era lo único disponible.
Renata lo observó con atención. Demasiada.
—¿Solos?
Sebastián dudó apenas un segundo.
—Sí.
Ese segundo fue suficiente.
—Nunca habías hecho eso —dijo ella, alzando la voz—. Nunca llevaste a nadie contigo. Nunca te quedaste fuera por trabajo con una asistente.
—Renata…
—¿Qué pasó entre ustedes? —interrumpió.
—Nada —respondió con firmeza—. Absolutamente nada.
Ella rió, sin humor.
—Claro. Nada —repitió—. Pero mírate… estás distante. Y no soy tonta.
Sebastián guardó silencio.
Ese silencio fue peor que cualquier confesión.
—Ten cuidado —dijo Renata, acercándose—. Porque yo no pierdo lo que es mío sin pelear.
Él la miró, cansado.
—No es una guerra.
—Entonces no me des razones para empezar una.
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Esa noche, Valeria habló con Camila.
—Algo cambió —dijo en voz baja—. No sé qué, pero lo siento.
—¿Y te asusta o te gusta? —preguntó su amiga.
Valeria tardó en responder.
—Las dos cosas.
Camila sonrió al otro lado del teléfono.
—Entonces prepárate. Eso nunca pasa sin consecuencias.
Valeria colgó y se recostó en la cama, mirando el techo.
Sebastián, en otro lugar, hacía lo mismo.
Y Renata, despierta, planeaba.
Porque cuando el amor se siente amenazado…
no todos reaccionan con dignidad.
Algunos reaccionan con furia.