Cuando el camino se detiene
El día transcurrió sin eventualidades.
Correos, reuniones breves, llamadas que no dejaron huella. De esos días que parecen pasar sin importancia, como si estuvieran esperando algo.
Casi al final de la tarde, el teléfono de Valeria sonó.
—¿Puedes pasar por mi oficina? —preguntó Sebastián—. Tenemos que ir a ver a unos clientes.
—Claro.
—Es un poco retirado —añadió—. Iremos y volveremos hoy mismo.
Valeria tomó su bolso y lo siguió hasta el estacionamiento. El cielo estaba gris, cargado, como si también esperara.
El auto avanzó por la carretera casi vacía. Campos, árboles, silencio. Valeria revisaba mentalmente los puntos de la reunión.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—No mucho —respondió él—. Media hora, quizás.
No llegaron.
Un sonido seco interrumpió la calma. El volante vibró apenas y luego el auto perdió fuerza hasta detenerse por completo en la orilla del camino.
Sebastián apagó el motor.
—No puede ser…
Bajó del auto. Valeria lo siguió. El viento era frío. La lluvia empezó sin aviso, primero suave, luego insistente.
—¿Está muy mal? —preguntó ella.
—Más de lo que parece —respondió, revisando—. No arranca.
Miró el celular. Sin señal.
La lluvia se intensificó.
—Tendremos que buscar dónde pasar la noche —dijo—. No es seguro quedarnos aquí.
Valeria asintió sin discutir.
Caminaron por la carretera oscura, la lluvia empapándolo todo. Sebastián se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros a Valeria.
—Te vas a mojar —protestó ella.
—Yo aguanto.
Ella apretó la chaqueta contra su pecho. Olía a él. A algo sobrio y familiar.
A lo lejos, una luz.
—Mira —dijo Valeria.
Caminaron hacia ella. Era una casa pequeña, antigua, con un letrero apenas visible: Hospedaje.
Sebastián tocó la puerta. Una mujer mayor apareció, los observó con curiosidad y comprensión.
—Tenemos una habitación libre —dijo—. No es grande.
—Está bien —respondió Sebastián—. Solo necesitamos pasar la noche.
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La habitación era sencilla. Dos camas separadas. Una ventana por la que se colaba el sonido constante de la lluvia.
—Lamento esto —dijo él—. No era el plan.
—A veces los planes cambian —respondió Valeria—. No pasa nada.
Se sentó en la cama, aún con la chaqueta sobre los hombros.
—Gracias —añadió—. Por cubrirme.
Sebastián la miró un segundo más de lo necesario.
—No fue nada.
Pero ambos sabían que no era cierto.
La lluvia seguía cayendo, marcando el tiempo de algo que aún no se atrevía a suceder.
Esa noche no pasó nada.
Ni palabras de más.
Ni gestos indebidos.
Solo dos personas compartiendo un espacio inesperado, entendiendo que algunas cercanías no se eligen…
se aceptan.
Y a veces, basta con eso para que todo empiece a cambiar.
La lluvia seguía golpeando la ventana con insistencia.
Sebastián estaba en el baño, hablando por teléfono en voz baja, intentando conseguir ayuda para el auto.
Valeria se sentó en la cama, todavía con la chaqueta sobre los hombros.
La tomó con cuidado, como si devolvérsela fuera romper algo.
Sacó el celular.
Había señal. Poca, pero suficiente.
Marcó.
—¿Valeria? —respondió su madre casi de inmediato—. ¿Pasó algo?
Escuchar su voz le aflojó el pecho.
—Estoy bien, mamá —dijo—. Solo… no voy a llegar hoy.
Hubo un silencio breve.
—¿Dónde estás?
—En la carretera. El auto se averió y está lloviendo mucho. Vamos a pasar la noche en un hospedaje.
—¿Sola?
Valeria dudó un segundo.
—No. Con mi jefe.
Elena exhaló despacio al otro lado de la línea.
—¿Estás segura ahí?
—Sí —respondió—. Es un lugar tranquilo. Él se ha portado muy bien conmigo.
—Siempre lo haces sonar correcto —dijo su madre—. Pero eso no es lo que te pregunto.
Valeria apretó el teléfono.
—Estoy tranquila —repitió—. Solo quería avisarte… para que no te preocuparas.
—Gracias —respondió Elena—. Y Valeria…
—¿Sí?
—No olvides quién eres cuando alguien te cuide. A veces una cosa se confunde con la otra.
Valeria cerró los ojos.
—No lo haré, mamá.
—Descansa. Mañana hablamos.
—Te quiero.
—Yo más.
La llamada terminó, pero la calma quedó unos segundos más.
Valeria dejó el celular sobre la mesa de noche.
Se quitó la chaqueta con cuidado y la dobló.
En ese momento, Sebastián salió del baño.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —respondió—. Llamé a mi mamá.
Asintió.
—Conseguí un mecánico para mañana temprano —dijo—. No tendremos que quedarnos más tiempo del necesario.
Valeria sonrió apenas.
—Está bien.
Se acomodó en la cama, mirando el techo.
Sebastián apagó la luz principal, dejando solo la lámpara encendida.
—Buenas noches, Valeria.
—Buenas noches, Sebastián.
El silencio volvió.
La lluvia seguía cayendo.
Valeria pensó en las palabras de su madre.
En el cuidado.
En la confusión.
Y entendió que no era el lugar lo que la inquietaba…
sino lo cómoda que se sentía allí.