Lo que se confiesa
Valeria llegó a casa con el corazón desordenado.
Cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera delatarla. Dejó el bolso en el sofá y se apoyó un momento en la pared. Respiró hondo. No funcionó.
Tomó el teléfono y marcó.
—¿Camila? —dijo apenas escuchó su voz—. ¿Puedes venir?
No explicó más.
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Camila llegó media hora después con una bolsa de comida y esa mirada que siempre sabía leerla antes de que hablara.
—Empieza —dijo, sentándose frente a ella.
Valeria no lloró. Todavía no.
—Nos besamos.
Camila alzó las cejas, pero no sonrió.
—¿Y?
—Yo salí corriendo —continuó—. Porque tiene novia. Porque no está bien. Porque no quiero ser eso.
Se llevó las manos al rostro.
—Pero fue distinto, Cami… —dijo con la voz rota—. No fue un beso cualquiera. Fue como si todo lo que había sentido antes no contara.
Camila se inclinó hacia ella.
—¿Te hizo sentir pequeña?
—No —respondió de inmediato—. Me hizo sentir vista. Y eso es lo que más miedo me dio.
—Hiciste lo correcto —dijo Camila—. Aunque duela.
Valeria asintió.
—No me fui porque no quisiera quedarme —susurró—. Me fui porque sí quería.
El silencio las envolvió.
—Ahora —preguntó Camila—, ¿qué vas a hacer?
Valeria respiró hondo.
—Nada. Seguir con mi vida. Si él tiene que decidir algo… no me toca a mí.
Camila sonrió con orgullo.
—Ahí está la Valeria que conozco.
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Sebastián estaba en un bar, sentado frente a su mejor amigo, con un vaso intacto entre las manos.
—¿Desde cuándo te quedas mirando el alcohol sin beberlo? —preguntó Andrés.
Sebastián soltó una risa seca.
—Desde que me besé con alguien que no debía.
Andrés lo miró con atención.
—¿La asistente?
Sebastián no respondió enseguida. Luego asintió.
—Fue un beso —dijo—. Solo eso.
—Ajá —respondió Andrés—. Y estás así por eso.
Sebastián apoyó los codos en la mesa.
—Nunca —dijo, serio— había sentido algo así con ninguna mujer.
Andrés no bromeó. No esta vez.
—¿Y Renata?
Sebastián apretó la mandíbula.
—Con Renata todo ha sido… correcto. Fácil. Ordenado.
—¿Y con Valeria?
Sebastián levantó la mirada.
—Con Valeria fue como perder el control sin querer perderlo.
Andrés bebió un sorbo.
—Entonces no fue solo un beso.
Sebastián negó despacio.
—No. Fue una advertencia.
—¿De qué?
—De que no puedo seguir fingiendo que mi vida está bien solo porque funciona.
Andrés lo observó unos segundos.
—Ten cuidado —dijo—. Porque si no decides tú… alguien más lo hará por ti.
Sebastián miró su vaso por fin y bebió.
Esa noche, en lugares distintos, dos personas pensaban en el mismo beso.
No como un error.
Sino como una verdad que ya no podía ignorarse.
Y a veces, el amor no llega para quedarse…
llega para obligarte a decidir.